Colateral

Photo by Julián — St. Martin in the Fields — London

Hoy no iba a ser su día

Desde el despunte del alba y manoteando su celular para apagar la bendita alarma, algo le decía que no iba a ser su día. No tenía una certeza del 100%, pero son de esas intuiciones, del sexto sentido, del inconsciente. O del estado sobresaltado en que se despertó, como si hubiese tenido una horrible pesadilla y que ahora no podía recordar. ¡Cuántas veces intentamos recordar esa imagen previa a despertarse y nos es esquiva! Pareciera como si alguien hiciese swipe hacia los lados para eliminar las tareas en ejecución y así se va borrando la memoria reciente.

Luego de un revitalizado baño, un desayuno provechoso y una vestimenta que no combinaba (poco le importaba su apariencia externa), da un suave beso a su esposa para encomendarse al trabajo. Previamente, la mira y la admira. Cómo respira acompasadamente. Se ve tan dócil, tranquila, y extrañamente indefensa.

Ya en la oficina, todo era una locomotora fuera de control. Como si hubiesen hecho eclosión diversos planetas y todo fuese engullido por un agujero negro a una velocidad sorprendentemente intensa.

Todos allí tenían un día de pocas pulgas. Tan solo tocarlos daban descargas eléctricas del estado de exasperación reinante.

El día iba de mal en peor y su estado de ánimo redoblaba la apuesta. En un desliz adrede y literario, solo se le ocurrió poner por título a ese día como el «más peor».

Al final del día, en un estado interior en llamas, salir de la oficina no le renovó el aire. El tránsito era un caos, y por más que volviese caminando a casa (con la intención de hacer un poco de ejercicio a su estado tan sedentario de oficinista), las bocinas y los coches cruzados que debía esquivar, justamente no le eran esquivos.

Un momento, tan solo un momento fue determinante. Imitando a Michael Douglas en «Un día de furia», un coche se arrimó tanto a su humanidad que terminó por rebalsar la gota del vaso. Un certero golpe al espejo retrovisor del lado del conductor, fue su dictamen jurídico, su fallo unánime en un juicio expedito. ¡Pum! El espejo terminó rajado en el asfalto.

Su primer pensamiento fue si aplicaba el dicho popular de los 7 años de mala suerte por aquel espejo que le devolvía una imagen distorsionada, dividida, desconocida… inquietante…


Su mujer. Ella era su mujer y estaba agradecida del tierno marido que tenía cada día a su lado, compartiendo las mismas sábanas de intensidad.

Luego del beso alado que recibió esa mañana, solo demoró unos minutos más en levantarse. Su humor era diáfano y placentero.

Su día de trabajo transcurrió de maravillas. Recibió aplausos en diversas presentaciones importantes, le encomendaron un desafío propio de titanes y su jefe estaba contento vaya a saber uno por qué.

La calle la encontró arriba de su bicicleta. Hacía tan solo 2 meses que su marido se la había regalado porque insistía en trasladarse por ese medio tan desestresante. Le encantaba ir y volver en bicicleta. Le daba libertad de movimiento y del tiempo. Pensaba mucho en el tiempo y no le gustaba estar horas inmóvil en el colectivo o viajar asfixiada en el metro...


Las noticias en las redes se esparcían como reguero de pólvora. El desconcierto y el enardecido discurso se volvía nuevamente sobre un tema acuciante: «Otra vez el tránsito se cobraba una vida».

Esta vez, un conductor sin espejo retrovisor arrolló a una joven que circulaba en bicicleta...


¿Qué he hecho…?
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