El buen chico, 1837.

Cómo ser cortés

La mayoría de las personas no se dan cuenta de que soy cortés, lo que es la idea. No parezco cortés. Soy grande, mustio y necesito un corte de pelo. Ningún alma me asociaría con los sándwiches de berros. Aún así, una vez al año alguien me aparta y me dice: Eres extrañamente cortés, ¿no es así? Y siempre me emociono. Se han dado cuenta.

Los cumplidos no siempre son tan suaves. Por ejemplo, hace dos años al final de un arduo proyecto corporativo, convirtiendo lentamente miles de cuadrados rojos en una hoja de cálculo a amarillo y luego a verde, mi compañera se giró hacia mí y me dijo: «Pensé que eras un detestable lameculos cuando empezamos a trabajar juntos.»

Ella se paró y frunció el ceño. «Pero realmente ayudó a terminar las cosas. Era una estrategia.» (Así es cómo alguien descortés hace un cumplido. Lo que yo acepté con mucho gusto.)

Ella estaba sorprendida al ver el testarudo poder de la cortesía a lo largo del tiempo. A lo largo del tiempo. Esa es la clave. La mayoría de las veces hablamos de la cortesía en el momento. Por favor, gracias, pase usted, me gusta tu sombrero, bonitos zapatos, estás radiante hoy, por favor, siéntese usted, señor, señora, etc. Todo correcto, pero fugaz.

Manuales de protocolo

Cuando estaba en el instituto solía leer manuales de protocolo. Emily Post, etcétera. Encontraba los manuales interesantes y bastante divertidos. Había buen material acerca de cómo escribir una nota de condolencia, y materiales ridículos acerca de cómo comportarse en los barcos o en la Casa Blanca.

No esperaba aplicar mis descubrimientos a mi día a día en mi vida adolescente. Era uno más en el instituto, no molaba pero tampoco me torturaban, votado «el más estudioso» de mi clase, lo que equivale más o menos al «con menos posibilidades de tener relaciones sexuales». En el instituto nadie notó mi cortesía excepto un chico. Me gritaba sobre esto. «¿Por qué eres tan cortés, tío?» preguntaba. «Es raro». Lo tomé con una alabanza y tomé nota para ocultarlo más, para ser más soez. La verdadera cortesía, razoné, era invisible. Se adapta a cada situación. Más tarde, el mismo chico me robó mi copia de Aqualung en casete.

Pero no importa. Lo que encontré más atractivo era la forma en la que la práctica del protocolo te permite crear un círculo protector alrededor de tus emociones y de ti mismo. Siguiendo las instrucciones en el libro, podrías zafarte de una situación terrible y cuando todo hubiera acabado, podrías tirar tus guantes blancos al cesto de la ropa sucia y seguir con tu vida. Imaginé que había un gran mundo ahí fuera y el protocolo me sería útil por el camino.

Al principio no lo fue. Nadie necesita tarjetas de visita en la universidad (aunque me sorprende que no hayan vuelto entre los estudiantes de drama). Y en mis veintes encontré que podría conseguir puntos con mis mayores mostrándome y hablando respetuosamente. Pero entonces, de repente, importó. Mi habilidad para ir a una fiesta y hablar con cualquiera sobre lo que fuera, para charlar y hacer preguntas, para volver la conversación implacablemente hacia el ponente, significó que estaba recopilando ingentes cantidades de información sobre otras personas.

Aquí va un truco del cortés, uno que nunca me ha fallado. Lo compartiré contigo porque me caes bien y te respeto, y tengo claro que sabrás como aplicarlo inteligentemente: Cuando estés en una fiesta y te empujen a una conversación con alguien, observa cuanto tiempo puedes aguantar antes de hablar acerca de lo que hace para vivir. Y cuando esa dolorosa calma llegue, sé su maestro. He llegado a deleitarme en esa agonizante primera pausa, porque sé como sacar esa conversación adelante. Tan solo pregúntale qué hace, y justo después de que te lo diga, di: «Vaya. Suena complicado.»

Porque prácticamente todo el mundo piensa que su trabajo es difícil. Una vez fui a una fiesta y conocí a una mujer bellísima cuyo trabajo era ayudar a los famosos a llevar joyas de Harry Winston. Puedo decir que ella estaba decepcionada por ser presentada a este gigante desgreñado con una camiseta sin marca, pero cuando le dije que su trabajo me parecía complicado se alegró y habló 30 minutos seguidos sobre zafiros y Jessica Simpson. Ella seguía tocándome mientras hablaba. La perdoné por eso. No revelé ningún detalle sobre mí, ni siquiera mi nombre. Eventualmente alguien me devolvió a la fiesta. La coordinadora de joyas de los famosos sonrío y me cogió la mano diciendo: «¡Me caes bien!» Parecía tan aliviada de haberse desahogado. Lo tomé como un gran cumplido. Hace cientos de años desde la última vez que dije «vaya, eso parece complicado» a un extraño, siempre con gran efecto. Yo me quedo en casa con mis hijos y no tengo tiempo para mí, así que guarda este truco para fiestas, mi regalo para ti.

Un amigo y yo empezamos un juego llamado Cuentista. Te juntas con otro Cuentista en una fiesta y hablas con todos los que puedas. Consigues puntos haciendo que la gente comente algo sobre sus vidas. Si dominas la conversación, pierdes un punto. Los dos cuentistas se comunican usando señales de mano y guardan el recuento en una hoja de papel o en sus mentes. Uno pensaría que la gente se daría cuenta pero está tan encantada por la atención recibida que el hecho de que estés jugando al Cuentista se les escapa.

Tocando el pelo

Una forma de ser cortés es no tocar a la gente a no ser que específicamente te inviten. Te sorprendería cuántas veces la gente la caga con estas cosas; tan solo busca en Internet «tocar el pelo de una mujer negra» y maravíllate con la cantidad de artículos, publicaciones y guías. Esto dice la periodista Jenna Wortham del New York Times, en una entrevista en The Awl sobre tocar el pelo:

Entiendo que puede sonar exagerado para algunas personas, pero que alguien me toque sin mi permiso me jode el día y mi sentido de privacidad y espacio personal y me lleva a una espiral psicótica en la que me pregunto que señal inconsciente he tenido que dar para indicar que eso estaba bien, incluso cuando sé que no hay ninguna.

He leído muchos textos sobre gente blanca tocando el pelo a alguien de color y los leo con la boca abierta. No solo por el racismo. Tan solo porque como alguien cortés, la idea de acercarme y tocarle el pelo a alguien hace que me den tics en el ojo. ¿Cuándo esto sería apropiado? Si alguien tiene una enorme y venenosa araña en su pelo. Si estuviera haciendo un truco de magia. O después de seis años o más de matrimonio.

Hay excepciones. Acaricio la cabeza de los niños pequeños que conozco por más de seis meses. Si un pequeño se ofrece a sentarse en mi regazo o quiere que lo aúpe a mi espalda mientras hago sonidos de caballo, primero hago contacto visual con los padres y luego acepto. Posteriormente podría acariciar la cabeza del pequeño, un poco. No me opongo a despeinar en ciertas circunstancias definidas y apropiadas.

Toda una clase de problemas desaparece de mi vida porque veo a las personas como si tuvieran una burbuja invisible de un metro a su alrededor. Si hay algún pelo suelto en sus chaquetas les pregunto si puedo quitarlo. Si no quieren, lo hacen ellos mismos. Si su nombre es Susan, es Susan. Cualquier cosa que pase dentro de esa burbuja depende completamente de ellos. No tiene nada que ver conmigo.

Ahora bien, incluso aunque me preparé y estudié libros de protocolo, aprendí todo esto de la forma normal, cagándola terriblemente y teniendo que enviar correos electrónicos con disculpas al día siguiente. Las disculpas por correo son bastante embarazosas de mencionar. Atroces para enviar. Me emborracho y entro en una corriente de vulgaridad. O digo algo estúpido. Y luego me levanto y suspiro. «Entiendo,» escribo, «que tuve que ser totalmente insufrible anoche». Nunca tocaría el pelo de nadie, no creo. Pero por supuesto que pude. Una de las cosas que tiene ser cortés es que sabes que dentro de ti se esconde alguien increíblemente descortés.

Quizás hace 20 años leí una entrevista a una prostituta en un fanzine en la que ella ponía por escrito sus normas para sus clientes. La mayoría de las normas eran de sentido común sobre condones, ducharse en el momento, etcétera, pero la única norma que se me quedó grabada fue: «¡No cagues en mi baño!» Iba en negrita y subrayado, con puntos de exclamación (era un fanzine, recuerda).

Siempre que leo acerca de profesionales del sexo —lo que es muy a menudo, porque nuestra cultura está obsesionada— esta norma aparece en mi mente. Nunca he tenido una razón para probarla. Pero me gustaría pensar que, si las circunstancias alguna vez se alinearan para que contratara a una profesional del sexo, sabría cómo apañarme con respecto a esta norma. Por ejemplo, si fuera necesario haría una parada rápida en Starbucks antes de ir a su apartamento. Y ya que estaba en Starbucks le ofrecería llevar un café. «Estoy en el Starbucks,» escribiría. «¿Quieres algo?» Por su solicitud compraría un Frappuccino® de Caramelo con crema «light» y quizás un panecillo Chonga [queso, cebolla y ajo]. Y sí, lo sé, es inmoral para una mujer de Nueva York querer un panecillo del Starbucks. Pero, ¿quién soy yo para juzgar?

Aquí termina la fantasía. Es solo una pequeña norma ubicada en mi cerebro, archivada en Prostitutas. Hay miles, quizás cientos de miles, de reglas «por si acaso» similares. ¿Y si tuviera una reunión con el alcalde mañana? ¿Y si tuviera que ir a un restaurante caro? ¿Y si tuviera que entrevistar a una persona sin hogar para una historia? Emily Post no podría haber cubierto todo, así que lo tengo que hacer yo. Soy, lo admito, una persona profundamente ansiosa. Pero también soy cortés.

Conclusión

La cortesía te compra tiempo. Deja puertas abiertas. He conocido a tantas personas que, si hubiera confiado en mis primeras impresiones, no querría volver a ver. Y sin embargo —muchos de ellos son ahora grandes amigos. Y rara vez les he tocado el pelo.

Una de esas personas es mi mujer. En nuestra primera cita, fuimos a un bonito bar con mesas azules y, en el transcurso normal de la conversación, me habló al final sobre la extirpación de un teratoma quístico en su ovarios. Esto es un quiste con dientes (no es una metáfora). Había ido esperando flirtear pero en su lugar aprendí acerca de la extirpación quirúrgica de una masa mutante con pelos y dientes del tamaño de un puño en sus genitales. Esto mató la química. La acompañé a su casa, le dije que había pasado un gran rato, y me fui a casa a buscar quistes por Internet, siempre una gran forma de terminar una noche. Poco hablamos después de eso. Manteniendo todo agradable y breve. Un año después me la encontré en el tren y quedamos otra vez. Mucho después supe que ella había tenido un día realmente malo en un año realmente malo.

Algunas veces recibo una llamada o un correo de alguien cinco años después del último contacto y pienso, oh vaya, odiaba a esa persona. Pero ellos nunca lo supieron, claro. Veamos si les sigo odiando. Muy a menudo me doy cuenta de que no. O que los odiaba por una razón estúpida. O que ellos habían tenido un mal día. O, mucho más probable, que yo había tenido un mal día.

La gente lucha en silencio con todo tipo de cosas terribles. Sufren de depresión, ambición, abuso de sustancias, y pretensión. Sufren por tragedias familiares, por una educación mediocre y por odiarse a sí mismos. Sufren por matrimonios fallidos, dolores físicos y por la editorial [en el caso de los escritores]. Lo bueno de la cortesía es que puedes tratar a esas personas exactamente igual. Y luego esperar a ver que pasa. No tienes que tener una opinión. No tienes que hacer un juicio. Sé que no suena como una liberación, porque vivimos y trabajamos en una economía basada en la opinión. Pero lo es. No tener una opinión significa no tener una obligación. Y no estar obligado es una de las más dulces riquezas de la vida.

Hay otro aspecto de mi cortesía que no me gusta mencionar. Pero lo voy a hacer. Muchas veces me consume una abrumadora sensación de amor y empatía. Miro a la otra persona y me lleno de alegría. A pesar de toda mi ironía, realmente quiero saber acerca del proceso de hacer que los famosos lleven joyas. ¿Cómo se siente la joya en tus manos? ¿Cómo se sienten los famosos en tus manos? ¿Cuál es más suave?

Este no es un mundo en dónde puedas simplemente expresar amor por otra persona, dónde puedas alabarlos. Tal vez debería serlo. Pero no lo es. He aprendido que la gente teme tu entusiasmo y calor, y espera a oír el precio. Lo cual es justo. Todos hemos sido arrastrados hacia el amor de alguien solo para encontrar que no podemos permitírnoslo. Un poco de distancia compra tiempo para todos.

La semana pasada mi mujer volvió del parque infantil. Me dijo que mi hijo de dos años y un metro de alto, Abraham, se acercó a una mujer con un hiyab [un velo] y le preguntó: «¿Cómo te llamas?» La mujer le dijo su nombre. Luego él levantó su pequeña mano y dijo: «¡Encantado de conocerte!» Todo el mundo se rió, él sonrió. Él compartió con ella su más firme apretón de manos, tal y como yo le enseñé.