
Como viejitos en bondi
Todos los días me tomo el mismo colectivo para ir a trabajar. Todos los días observo la misma secuencia, la misma historia. Se trata de la epopeya que significa para los ancianos bajarse del bondi en la parada correcta.
No es que no sepan dónde se tienen que bajar, lo tienen muy claro, además van muy atentos. Es un problema más bien cinemático.
Dos cuadras antes de su parada se levantan del asiento y empiezan a caminar por las arenas movedizas del transporte público. Lentamente logran avanzar, agarrándose de las rectas y plásticas lianas que les ofrece esa selva móvil amarilla, y apoyándose en los pintorescos chimpancés sordomudos con los que la comparten. Cuando están a unos pasos de la puerta de salida, suelen pedirle a alguien que presione el botón de parada, para que el chofer se informe con tiempo y no se le ocurra frenar de golpe.
Más allá de esa precaución, tras escuchar el sonido de la chicharra y notar la disminución de velocidad, comienzan a buscar un sostén, algo de donde agarrarse. Se acomodan durante la frenada y llegan a su punto de mayor aferramiento en el instante preciso en el que el colectivo se detiene. Entonces permanecen inmóviles durante unos segundos, esperando el sacudón.
Se conocen historias fatales de caídas ocasionadas por el sacudón, y ningún anciano quiere figurar en ellas. Por eso es un evento tan temido y respetado. Por eso siempre se lo espera, aunque a veces no llegue.
En Argentina la vida se parece mucho a ese instante. Vivimos esperando el sacudón. Le tememos, lo respetamos. Hacemos todo con precaución. Soñamos poco, volamos bajo, reservamos recursos por si llega de nuevo. Y siempre llega.