Comunicación sí, ¿pero corporativa?

Ya lo decían los griegos, que antes de caer bajo el yugo de Roma, de los macedonios, sufrir el acoso del los musulmanes, del fascismo y luego de políticos con una inteligencia similar a la de Kent, eran el bastión del conocimiento y la sabiduría: el hombre es un animal social.

Tenemos la necesidad y la capacidad de comunicarnos los unos con los otros, usando la expresión oral, escrita y si todo esto falla, siempre nos queda el lenguaje no verbal. Expresamos sentimientos, ideas, emociones, y siempre lo hacemos hacia otra persona, y si te pagan por dar conferencias, hacia muchas personas. Es una habilidad que tenemos nada más nacer y que nos dura hasta que nos lanzamos en el experimento final para comprobar si hay vida después de la muerte.

Todo este proceso ocurre de forma natural, informal y no reglada entre personas, ya sea en el ámbito laboral o personal. Sin un proyecto en mente se crean intercambios de información y nos apoyamos en tecnología para expandir y consolidar estos cambios. Un ejemplo claro son los grupos de WhatsApp, nos añaden, participamos, nos damos de baja, pero siempre aparece un grupo nuevo que nos incluye, y no os cuento lo que ocurre cuando tienes hijos en el colegio, ahí podríais ver la tecnología trabajando a toda máquina para dar rienda suelta a esta primigenia necesidad humana.

Pero de forma curiosa, toda esta necesidad de comunicarse tiende a desaparecer en los entornos empresariales. Podemos implementar intranets, redes sociales, canales de comunicación o incluso los productos de moda como Slack o el nuevo Facebook Workplaces, pero todo el bullicio que existe fuera del horario laboral desaparece de forma misteriosa.

Aunque esto no es cierto del todo, si dejas un micrófono en la máquina de café te darás cuenta que esa necesidad de interactuar con otras personas, de hablar, de intercambiar opiniones, de desahogarse, de consultar, sigue existiendo pero se escabulle de cualquier tipo de intento de control formal, evita los sistemas que permiten una monitorización y un control.

La pregunta fundamental que siempre me hago al respecto, cuando me piden que les ayude a crear un sistema interno para mejorar la coordinación, el flujo de la información e incrementar la capacitación de un equipo, es muy sencilla: ¿Lo quieres para ti o para tu equipo? La cuestión no es tema baladí e implica en un porcentaje muy alto el éxito o el fracaso de la implementación que se haga.

Cuando el equipo directivo se implica es más sencillo que el resto del equipo lo adopte, no digo que lo empiece a usar, pero sí a mirarlo por si alguien de los que manda dice algo. Pero esto por si solo no garantiza nada, para que realmente funcione se ha de dejar que la comunicación fluya sin ponerle trabas. Esto implica aceptar que hay gente que comentarán temas que no parece tener relación con nada del trabajo, o quizás se usen frases que no se pueden usar delante de un cliente o cualquier otro tipo de norma que te obligue a pensar dos veces antes de escribir.

Al intentar expresarnos no podemos empezar a poner los filtros de y si…, porque si antes de escribir nos asaltan estas dudas de y si a mi jefe no le gusta, y si esta expresión está fuera de sitio, y si, y si… y al final, por no equivocarse la gente deja de usar las herramientas que se ponen a su disposición y vuelven a la clásica máquina de café, dónde no hay normas, no hay logs y nadie te mira raro cuando en vez de hablar sobre el proyecto explicas una anécdota que te ha pasado en la última reunión.

Reconozco que quedarse de brazos cruzados para ver como la gente no hace lo que nosotros queríamos de forma milimétrica puede ser complicado para mucho directivo acostumbrado al micromanagement.¹ pero se ha de resistir la tentación de ir a enmendar la plana a nadie —porque esto suele pasar, lo lee y en vez de contestar con la herramienta instalada, se levantan para avergonzar al interfecto en persona y en público para que todos lo puedan ver—. El resultado es claro, todos han visto lo que puede pasar y optan por el lema de en boca cerrada no entran moscas.

En vez de intentar controlar, lo ideal es que lideren la conversación participando, creando temas de opinión, dando apoyo a las opiniones de otro, y sobre todo, dialogando de forma abierta y sin usar el principio de el jefe soy yo y punto. Es un cambio de mentalidad que diferencia un jefe de un líder, y aún aceptando que no todos tienen madera de esto último, es cierto que también se puede aprender a fingirlo hasta que quizás, a base de pretenderlo, consiga parecer a uno.


  1. Medina, Jose. «¿Qué es el ‘Micromanagement’?». Expansión. 2009–10–22

Publicado en Exelisis