Conducta en los días de lluvia
¡Ah la lluvia, la lluvia! Existe, en Buenos Aires, un precioso momento que antecede a las tormentas. Entonces nadie es realmente consciente de la deliciosa maravilla, pero cuando se anda por la calle no resulta difícil percibirlo en los mínimos detalles. Oficinistas, colegiales, transeúntes, agobian la avenida como una comunidad de hormigas obreras. Llevan el ritmo de los semáforos y la hora pico. A veces miran sus relojes, abren grande los ojos y se llevan una mano a la frente, como si hubieran olvidado algo, y cambian rápidamente el rumbo. Así repetidas veces, de aquí a allá en las esquinas y los bulevares, de manera que uno cree estar asistiendo a la Comedia de las equivocaciones. Otros aparecen y desaparecen por la boca del metro, ese gran devorador de hombres. El mundo está tan concentrado en el quehacer diario, que nadie distingue los primeros indicios, aquella húmeda fragancia que de pronto envuelve el aire.
Un anciano extiende la mano y levanta la mirada hacia el cielo. Aquella bóveda gris está a punto de decir algo. Luego un niño siente una mojada caricia en la punta de la nariz y, confundido, agita la cabeza viendo cómo el suelo se va llenando de pequeñas y redondas sombritas de agua. Contra las luces del alumbrado público es más sencillo distinguir la intensidad de la llovizna. Ahora el compás de los semáforos es aventajado por la urgencia de los apurados peatones. Algunos corren desesperados a resguardarse bajo un árbol o un balcón. Las veredas se han llenado de charquitos y corren invisibles ríos por las canaletas. Una hoja olvidada del otoño surca las aguas, embarcada hacia un desagüe al otro lado de la avenida, hasta que un zapato la aplasta inesperadamente. No hay a dónde correr entre las trampas de la lluvia. Bajo un alero de cafetería porteña esperan, maletín en mano, los rezagados oficinistas, trémulos y sin humor. Los hay sagaces y caballerescos que, desenvainado su paraguas cual majestuosa espada, retan a la mismísima tempestad; en sus semblantes aún reside un sentimiento parecido a la esperanza.
Pero hay quienes, lejos de huir, salen a descubrir la nueva vida, la experiencia lúdica y empapada. De pronto es como una gran respiración contenida: disipados los ajetreos, los umbrales despiden a los primeros aventureros del agua. Aman la lluvia y no les importa volver a casa con el pelo mojado. El público se renueva, la comedia los vuelve frescos, predispuestos, contentos. Al reparo de un revistero, unos ojos los observan desconcertados. «¿Acaso no ven que está lloviendo?», se oye decir. No les importa a estos acuíferos aventureros que, como inquietas libélulas revoloteando sobre los tréboles, se encaminan a descubrir las particulares peripecias del agua.
Los charquitos han crecido y ahora son señores charcos —aunque a ellos los complace pensar que son verdaderas lagunas—. En ellos es posible hundir el pie, pues a ese fin han sido creados, y disfrutan cuando algún distraído transeúnte deposita su bota hasta el fondo, allí donde yacen los restos de antiguos naufragios otoñales. No les duele en absoluto, al contrario, se regocijan y gozan salpicando su barro dentro de los calcetines y escupiendo su trabajosa acumulación de lluvia hasta la camisa. El agua trae a sus primeros invitados: el frío y la noche. Sus mejores amigas son las gotas, esas diminutas acróbatas del aire que se arrojan desde los cielos y ¡plaf! contra las baldosas. No acaba allí el ciclo de las gotas: alguna muy pequeñita y afortunada se ha quedado atrapada en el ala de un sombrero. Desde las alturas, la gota disfruta de un ir y venir constante de los pasos. Uno podría agotar su imaginación pensando en las vivencias de una gota atrapada en un sombrero, pero basta con el sistemático golpeteo que se produce al subir una escalera para que la gota resbale y caiga sobre la solapa del gabán. Sin proponérselo, así es como las gotas descubren a veces la vida oculta a los ojos de la lluvia en el interior de un hogar.

Allá afuera, los relámpagos. Aquí el calor y las películas. Descubre la gota que las tormentas son aliadas de los libros y el café. Observando el café, ríe pensando que una taza de café no es otra cosa que una reunión de acaloradas gotas. Y continúa, divertida: ducha: relajación de gotas. Pecera: zoológico de gotas. Vapor: espiritualismo de gotas. Hielo: pernoctación de gotas. Nieve: fiesta temática de gotas. «Así no hay cómo aburrirse», piensa contentísima la gota, ya pronta a escurrirse por la solapa del gabán y dispuesta a sacrificarse contra el piso alfombrado.
Nadie llora la pérdida (llanto: vacación de gotas). Porque es una gota más en un día de copiosa lluvia en Buenos Aires. Mañana será el tránsito otra vez y el trabajo, los oficinistas y los colegiales, el alboroto de bulliciosas hormigas correteando por la ciudad.
¡Ah la lluvia, la lluvia, precioso momento de agasajo! ¡Quién pudiera invocarla a su antojo con una inconfundible danza!
