Altiplano boliviano / © 2015 Enrique Márquez Abella

Conversaciones con uno mismo

Sobre el diálogo interno

“Cada hombre contiene varios hombres en su interior, y la mayoría de nosotros saltamos de uno a otro sin saber jamás quiénes somos.” — Paul Auster

Hay algunos que caminan por la calle muy serios, que muestran su cara de pocos amigos y pareciera que nada puede desviarlos de su camino. La verdad es que sólo son apariencias. Algunas veces irán haciendo cuentas sobre los pagos del mes y otras recordando alguna experiencia reciente. Yo prefiero pensar que todos caminan serios porque van sumergidos en innumerables conversaciones con ellos mismos. Parecerá un lugar común, pero creo que nadie puede negar que reincide en este hábito.

Me he puesto a pensar en todo el tiempo que pasamos en compañía de otras personas, en la cantidad de ocasiones que alguien nos está hablando y, en muchos de los casos, tenemos la cabeza en otro lado. En mi opinión, sería absurdo afirmar que no tenemos tiempo para nosotros mismos, que no tenemos un espacio para estar solos: porque realmente solos estamos todo el tiempo. Más bien creo que mucha gente no se da la oportunidad de vivirse solo — en solitud — y plantearse un diálogo interno. Es cierto que las caminatas, los baños en la regadera y los momentos previos al sueño, tal vez son los escenarios más propicios para soltar la mente y ponerse a pensar en todas las cosas que configuran nuestra vida pero, más allá de eso, creo que no siempre estamos dispuestos a enfrentar lo que nos ocurre.

Las conversaciones con uno mismo son complejas, sobre todo si se trata de reconocer que cometimos errores y que nos hemos llevado por un camino que no es el más adecuado. Habría que pensar que esto es temporal. Como en cualquier manejo de crisis, los primeros pasos son los más difíciles; el reconocimiento y aceptación de nuestras fallas nos exige llevarnos al límite, cuestionar nuestras acciones y darle un duro golpe al ego. Pareciera que una vez que abrimos la coraza cualquier detalle podría destruirnos, pero no es así; una persona humilde y consciente, que empieza por respetarse a sí misma, encontrará ligereza al momento de reflexionar sobre su vida.

Será que esta reflexión llega porque paso mucho tiempo solo, pero así es como he decidido acomodar mi vida para tener estos espacios. Aún cuando estoy rodeado de personas, mi mente viaja sola. Se dice que la gran maravilla de la mente humana es que puede elegir lo que piensa. Yo no estaba tan seguro de esto anterior, pero con dos o tres vueltas caí en cuenta de que es cierto: consciente o inconscientemente — porque esto no nos exime de responsabilidad alguna — uno tiene elección sobre sus pensamientos.

Tantas veces perdemos el tiempo pensando en lo que le ocurre al otro, en su circunstancia, tratando de descifrar los procesos mentales que lo llevan a tomar ciertas elecciones; pero más allá de que sea completamente inútil, porque es imposible habitar la mente ajena, esto no es más que un reflejo de lo que nos pasa a nosotros mismos.

Todos tenemos fantasmas y demonios que nos atormentan día con día, todos tenemos heridas de la infancia que muy probablemente estarán abiertas para siempre; por eso creo que vale la pena dedicar el tiempo que sea necesario a conversar con uno mismo, para conocerse mejor y aprender a vivir con todo esto. Me queda claro que resulta más sencillo desentenderse y reducir lo que nos pasa a la superficie de las experiencias que vivimos, pero el dolor que cargamos en la vida es más grande cuando se ignora.

Algunos caminaremos por la calle muy serios, porque en realidad estamos pensando en la vida.


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