Crónicas de la loca neurótica: diez cosas que no haré el año entrante

Hace un año, escribí por estas fechas una detallada lista de propósitos de año nuevo y la guardé en un libro de mi biblioteca. Incluía desde intenciones concretas para lograr un estilo de vida saludable hasta ideas casi trascendentales y levemente abstractas sobre mi forma de ver el mundo. Detallé con enorme cuidado todo lo que haría —o no— para lograr cada uno de esos inspirados deseos. Incluso dediqué una buena cantidad de tiempo a escribir floridas frases de autor que me acompañaran en el empeño. Una hoja de ruta hacia cierta intención voluble de construir con el año nuevo un ambicioso proyecto de vida.

Los primeros meses, pensaba en esa lista constantemente. Me sentía incluso culpable, a medida que transcurrían los días y la lista continuaba siendo sólo eso: una serie de pequeños e infructuosos proyectos de año nuevo. Por último, la olvidé, como suelen olvidarse esas pequeñas batallas contra lo cotidiano, esas rutinas incompletas que intentan traducir la complejidad de lo habitual en una fórmula sencilla. Aun así, de vez en cuando, sentía una punzada de cierta irritación. ¿Tan complicado es llevar adelante pequeños proyectos íntimos? ¿Tan duro resulta transformar los hábitos mínimos en algo más satisfactorio? Me pregunté en más de una ocasión si se debía a la natural resistencia al cambio que padece toda mente humana o algo más complejo que me llevaría esfuerzos comprender. Al final, decidí que como toda idea espiritual y personal, la razón de los olvidos y esa carencia de toda motivación para cumplir nuestros pequeños deseos anuales, tenía una estrecha relación con algo más intrincado: nuestra necesidad de mirarnos con simplicidad. Y es que la mente humana o mejor dicho, ese conjunto de experiencias y sensaciones que llamamos identidad es mucho más enrevesada, sutil y llena de matices de lo que imaginamos y en ocasiones sólo suponemos. Incluso imaginamos.

De manera que desde esa perspectiva, la cuestión se hace más intrigante. Y la posible respuesta, mucho más sustanciosa. Y es que sobre los deseos de año nuevo —reminiscencia de las antiguas Saturnales y sobre todo, de esa noción del ser humano sobre la transformación espiritual— parece englobar toda una serie de visiones e interpretaciones sobre nuestra vida muy concretos. Deseamos bajar de peso, o comer de manera más saludable. Leer más, tomar hábitos necesarios. ¿Por qué no cumplimos nuestra propia visión sobre lo que merecemos o queremos alcanzar? Tal vez todo se trate de un tema de perspectiva.

Y si lo es ¿entonces cuál es la mejor manera de asumirlo? ¿Cuál es la mejor forma de construir una idea consistente sobre lo que deseamos y queremos lograr? Luego de mucho analizarlo, llegué a la conclusión que en realidad la tradicional lista de deseos año de nuevo no es otra cosa que una pequeña recopilación de nuestras pequeñas frustraciones y temores, de lo que asumimos necesitamos alcanzar pero que no sabemos como alcanzar. ¿Qué ocurriría si asumimos la simple imposibilidad? ¿Si aceptamos la idea que los propósitos son sólo una simplificación de nuestra comprensión sobre nuestra identidad y nuestro mundo privado? Quizás, lograríamos encontrar un método más preciso y sobre todo, mucho más realista para llevar a cabo esos pequeños proyectos inconclusos que se acumulan cada año en algún rincón de nuestra mente.

Así que decidí, redactar mi lista de las cosas que sé no cumpliré, mientras reflexiono sobre lo que probablemente sí lleve a cabo, la forma como puedo llegar a obtener un resultado aún más satisfactorio, personal y creativo que la simple idea original. Un juego de espejos con mi propia mente, una interpretación sobre mi mente llena de los necesarios matices que brindan sentido a nuestra individualidad.

¿Y cuáles serían esos propósitos que sé no llevaré a cabo pero que forman parte de algo más amplio e importante en mi vida? Los siguientes:

No bajaré de peso ni tampoco comenzar a tener hábitos saludables alimentación y de ejercicio físico

No lo haré de inmediato, ni tampoco habrá una instantánea vuelta de tuerca a mi manera de comprenderme a mí misma. No comenzaré enero tomando incontables vasos de agua, paladeando un surtido variado de ensaladas y tomando jugos naturales. No renunciaré a mis postres favoritos, ni tampoco a un vaso de refresco eventual. Tampoco comenzaré a correr kilómetros con pie firme o a llevar a cabo extenuantes rutinas de pilates o yoga. Tampoco es probable que me ejercite por cuenta propia o que lleve a cabo una rápida y brillante transición a un cuerpo esbelto, atlético e ideal.

Lo que sí haré es tomarme mucho más en serio mi salud. Dedicaré tiempo y esfuerzo a comprender por qué me alimento de la manera que lo hago y cómo transformar mis pequeños y nocivos hábitos, en una forma de comprender mi cuerpo de manera mucho más saludable. Tomaré la responsabilidad de acudir a la consulta médica en lugar de automedicarme. Intentaré disfrutar del placer de caminar con mucha más frecuencia. Subiré en algunas ocasiones las escaleras de mi edificio, caminaré hasta mi librería favorita siempre que pueda. Tomaré con más frecuencia jugos de frutas frescas para celebrar un buen día en lugar de un vaso de refresco. Dedicaré unos cuantos minutos diarios a mirarme en el espejo, con amabilidad, sin la crítica punzante de la estética debida. Me levantaré a mirar el amanecer siempre que pueda, dormiré noches tranquilas. En suma, intentaré construir una nueva visión sobre mi cuerpo en una lenta, personal e íntima travesía. Una mirada amable no sólo a quien soy sino también, a quien quiero ser.

No fotografiaré con mucha más frecuencia, ni tampoco intentaré que mis fotografías sean perfectas

Por años me obsesionó mi método y ritmo para fotografiar. Me pregunté en infinidad de ocasiones si fotografiaba lo suficiente o debía esforzarme aún más de lo que lo hacía, para alcanzar un nivel más depurado en el resultado final. También, me obligué a replantearse la fotografía como objetivo, como una mezcla confusa entre técnica, arte y expresión estética personal. Más de una vez, me insistí en que durante el año que comenzaba sería me dedicaría a fotografiar no sólo con mayor coherencia —lo que sea que eso pudiera significar— sino buscando interpretaciones nuevas a ideas complejas. Una y otra vez, me encontré abrumada por la sensación de no haber satisfecho mis expectativas o de hacerlo sólo a medias.

Así que en el año que comienza no fotografiaré a diario, ni llevaré a cabo un proyecto fotográfico complejo, conceptualmente extenuante ni dedicaré horas de meticuloso esfuerzo a ordenar mis imágenes según criterios estrictos. Fotografiaré siempre que lo desee, por los motivos que desee, siempre en la búsqueda de encontrar ese momento de extraordinario asombro que siempre provoca captar la fotografía que aspiras lograr. Fotografiaré por pequeñas y grandes razones. Para reír, para llorar, para conmemorar, para construir nuevos espacios en mi mente y mi espíritu. Para crear una nueva dimensión de mi identidad en imágenes, para encontrarme reflejada en medio de ellas. Para avanzar lentamente en esa interpretación de mi lenguaje visual que madura cada día, que se hace más definido y quizás por el mismo motivo caótico, cada vez. Para curar heridas gracias a la fotografía, para recordarme mis historias más queridas. Para creer, para confiar, para mirarme con curiosidad. Para soñar y elevarme sobre el temor en cada escena que atesoro. Un sueño de la imaginación.

No dejaré de hacer gastos triviales ni tampoco, haré un detallado presupuesto que me indique cuánto dinero puedo o debo gastar

Vivo en un país que atraviesa una complicada crisis económica y por ese motivo, el dinero ahora mismo es un tema delicado que durante meses he analizado desde una perspectiva cada vez más limitada y restringida. Y es que en Venezuela, la percepción sobre el ahorro y las posibles ganancias personales, es un idea complicada que se transforma y se hace más complicada a diario. Aún así, con frecuencia, continuo cometiendo pequeñas «locuras»: comprar un libro a pesar de su elevado costo, llevar a cabo una pequeña celebración personal con una cena especial a pesar de que probablemente no podía permitírmelo, hacer un obsequio a alguien querido en un momento que al parecer no es el idóneo. Y es que a pesar de las limitaciones de una situación más complicada, he intentado que el dinero continué siendo sólo un elemento económico y no una idea que defina mi vida, con las consecuencias —y frecuentes sinsabores— que eso pueda producir.

El año entrante espero continuar cometiendo locuras. Seguramente en mucho menos ocasiones que durante los últimos meses y con mucha más prudencia que hasta ahora, pero disfrutando hacerlas, a pesar de todo. Compraré un libro que merezca la pena atesorar, un objeto cuya única función sea hacerme feliz. Invertiré en mi felicidad íntima de la misma manera en que lo haré en proyectos mucho más prosaicos como mi seguro médico o el de mi automóvil. Insistiré en dedicar una pequeña parte de mi trabajo para procurarme un pequeño momento de felicidad. Y es que después de todo, lo monetario tiene una importancia considerable pero también, esa necesidad de comprender que el trabajo —y el beneficio económico que obtenemos de él— es un pieza más en el mecanismo de la vida tal y como aspiramos a construirla. Un fragmento de satisfacción personal.

No viajaré con más frecuencia, tampoco recorreré mi país en carretera, a lomos de una Mula o a pie

Soy una persona sedentaria. De esas aburridas criaturas urbanas que viajan en automóvil, cámara en mano y que disfrutan del turismo de la comodidad. Aprecio las sábanas limpias, las almohadas cómodas, un buen desayuno, un guía experto. Soy lo suficientemente neurótica como para que una carretera polvorienta y extraña me produzca sobresalto y que encontrarme a cierta distancia de las comodidades de la vida moderna, me haga tambalear. Así que, estoy bastante consciente que el año entrante no será un animado recorrido por la geografía de mi país o una aventura, pasaporte en mano (cosa que además, en mi país resulta prohibitivo). Tampoco, tomaré mi mochila y dedicaré meses a visitar pueblos y caseríos o me haré una asidua de las expediciones de aventura (aunque quisiera, lo admito).

Lo que sí haré, es re descubrir a Venezuela en la medida de mis posibilidades. Intentar asombrarme con sus paisajes, sus pequeños obsequios de pura belleza. Familiarizarme con el país desconocido más allá de la ciudad donde vivo. De atreverme a llevar a cabo pequeños recorridos para soñar con otros nuevos. De mirar el amanecer en un lugar desconocido y sentirme bendecida de poder hacerlo. Sentarme a la mesa frente al mar y respirar el aire radiante de la costa Venezolana. Mojar los pies en la delicada ternura del mar caribe. Avanzar, paso a paso y seguramente con dificultad, montaña arriba, esperando poder llegar cada día un poco más lejos, descubrir una nueva frontera. Me aseguraré de intentar viajar a los lugares que sólo he oído nombrar, para sorprenderme por lo que encuentre en ellos, por encontrar en cada pequeño momento, mis propias historias que contar. Me maravillaré por los diminutos descubrimientos, los secretos a flor de piel. Intentaré crear una imagen nueva de mi país, tan dolorido y lastimado en mi imaginación. Una forma de fe.

No visitaré a diario a mi madre, ni a mis tías ni a mis primas. No intentaré reverdecer relaciones familiares a la distancia, ni tampoco me haré más tolerante a la críticas y pequeños ataques

Lo que sin duda intentaré, es expresar el amor que siento por mi familia de todas las pequeñas manera en que pueda. Desde las sencillas a las más complejas. Escucharé a mi madre cada vez que me haga una llamada telefónica, en lugar de impacientarme por sus críticas. Reiré con los chistes sin gracia de mis tías favoritas y comeré sus galletas sin que me moleste que continúa añadiéndoles limón en lugar de vainilla. Me preocuparé por recordar —a pesar de mi absurda memoria cronológica— los cumpleaños de la mayoría de mis parientes. Intentaré enviar felicitaciones a algunos y a los que no, sabré disculparme con humildad por no hacerlo. Sonreiré por los comentarios salidos de tono, por las pequeñas chanzas familiares. Sostendré la mano de mi tía más anciana mientras me habla —otra vez— de sus recuerdos más queridos. Agradeceré el privilegio de las cenas familiares tediosas, de los almuerzos interminables, de los domingos de tertulia añeja. En suma, recordaré la belleza sutil de cada pequeño momento de intimidad por todos quienes forman parte de mi mundo personal.

No dejaré de tomar café por todos los motivos, todas las celebraciones y sinsabores

A pesar de las críticas médicas, de todos las leyendas urbanas sobre la cafeína, no, no dejaré de tomar una sola de mis preciadas tazas de café.

Quizás… no, realmente no dejaré de tomar una taza de café por ningún motivo.

No seré mejor persona: ni me esforzaré por ser la mujer más bondadosa imaginable, la más paciente, la más calmada, la más ordenada

Pero si seré —o al menos lo intentaré lo mejor que pueda— la mejor versión de mi misma. Me tendré mucha más paciencia, y también a quienes me rodean, aunque no prometo no estallar de vez en cuando por pura ansiedad o de simple mal humor. Me esforzaré por ser un poco más tolerante, pero apreciaré mis explosiones de temperamento como parte de mi mundo interior. Intentaré ayudar de manera desinteresada siempre que pueda, pero también diré no todas las veces que lo necesite, incluso si otra razón que simple egoísmo personal. Intentaré no perder los estribos ni los nervios en situaciones embarazosas, pero cuando lo haga, me aseguraré de reírme de eso. No dudaré en ordenar mis objetos preferidos pero si de aspirar a cierto ritmo personal, uno que sin duda pueda brindarme un cierto tipo de tranquilidad que quizás necesito ahora mismo.

Sonrío, leyendo mi lista dispareja, un poco sin sentido y también inconclusa. Y no dejo de preguntarme que habré cumplido el año que viene o cuántos nuevos deseos a medio construir atesoraré. Sólo espero que sean los suficientes como para aspirar a la esperanza y celebrar cada día, el privilegio de construir una nueva manera de comprender el mundo que me rodea.

C’est la vie.