Crónicas de la Loca Neurótica: El día que imaginé moriría. Unas reflexiones desordenadas sobre la hipocondría

Hace dos meses, comencé a sufrir de un pequeño dolor abdominal que no parecía tener ninguna explicación. Lo ignoré lo mejor que pude, hasta que se convirtió en lo suficientemente molesto como para seguir haciéndolo. Además, comencé a padecer otros síntomas: dolor de cabeza, malestar estomacal, algunos grados de fiebre e incluso, un abrupto cambio de mi ciclo menstrual. Aún así, seguí evitando acudir a la consulta médica y recurrí al recurso habitual de cualquier persona de nuestra época: Google. Y lo hice con toda la certeza que no sólo encontraría respuestas a cualquiera de mis preocupaciones, sino además con toda seguridad, una hoja de ruta para intentar comprender qué me ocurría. Y quizás mejorar.

Incluí en la barra de búsqueda algunos de mis síntomas. De inmediato, la lista me proporcionó una larga variedad de padecimientos. Tantos como las infinitas combinaciones del algoritmo pudo encontrar. Pálida de miedo, me incliné hacia la pantalla de la portátil para leer las más llamativas.

—Cáncer de cuello uterino. Cáncer de ovario. Cáncer estomacal —repetí en voz alta. La garganta se me secó de puro pánico.

Sentí que el nudo doloroso en el estómago, se hacía enorme y palpitante. ¿Una sentencia de muerte? Intenté burlarme de mi propio nerviosismo pero dejé de hacerlo cuando consulté los diferentes síntomas…y todos parecían coincidir con los que sufría. Una y otra vez, revisé las largas y en ocasiones intrincadas explicaciones de páginas y blogs especializados con respecto a lo que podría estar causando mi cuadro médico y me aterrorizó las similitudes con las incomodidades que venía sufriendo. ¿Realmente… podía estar así de enferma?

Me levanté de la silla con un escalofrío helado recorriéndome la espalda. Vaya, era evidente que mi imaginación me estaba jugando una mala pasada, me dije caminando de un lado a otro de mi estudio. Sólo se trata de cierto parecido a un cuadro médico general. Pero una vocecilla insistente en mi mente, me recitó cada uno de los síntomas. Y la sensación de desastre se incrementó, me abrumó. Me dejó virtualmente paralizada de angustia.

Curiosamente, aún seguía sin decidir hacer lo que cualquiera en su sano juicio haría en una situación semejante: acudir al médico. En lugar de eso, insistí en mis búsquedas, continué escudriñando todo tipo de publicaciones médicas y luego de una noche muy larga y agotadora, concluí sin lugar a dudas que moriría. Una muerte dolorosa y precedida de una larga agonía.

Woody Allen —gran hipocondríaco— suele decir que si tuviera un centavo por todas las veces que ha sobrevivido luego de haber creído moriría, no sólo sería millonario, sino además un milagro médico. Una frase que parece resumir no sólo esa extraña experiencia de la llamada enfermedad sino del hecho bien conocido, que se trata de un padecimiento tan viejo como el hombre. Después de todo, para el año de 1673, ya Molière daba vida en el Palacio Real de París a un personaje llamado “Argan”, conocido como el enfermo imaginario. Este “Argan” no era otra cosa que un pícaro de cuidado que usaba sus innumerables —e irreales— padecimientos de salud para manipular a su crédula esposa y preocupados hijos. Y aunque se trató de una comedia sin mayor trascendencia en su momento, legó a la humanidad uno de los arquetipos más preocupantes de la medicina moderna: El hipocondríaco.

¿Qué nos hace hipocondríacos? Durante siglos, se ha analizado el tema desde todas las perspectivas posibles. ¿Se trata de un trastorno psiquiátrico a toda regla? ¿Un conjunto de padecimientos que desencadenan una obsesión por la salud? ¿O algo tan simple como una malintencionada manipulación con un fin muy concreto? Médicos de todas las épocas han teorizado sobre el tema y la gran conclusión parece ser la misma: La hipocondría es una mezcla de todo lo anterior y quizás algo más complejo. Un síntoma concreto que parece no sólo reflejar una variada serie de padecimientos psicológicos sino también, una percepción de la realidad muy concreta y sobre todo, preocupante.

Pero ¿eso es suficiente para entender realmente el proceso que hace que alguien pueda convencerse que se encuentra enfermo —y la mayoría de las veces, de mucha gravedad— a pesar de no estarlo? Según estudios del Hospital General Kamitsuga (Japón) la hipocondría es algo más que una compulsión por la salud o nuestro temor a perderla. Según los resultados de un muestreo entre 5000 pacientes, hay una relación estrecha entre los trastornos imaginarios y la depresión. Según la investigación, el 57% de los hipocondríacos recurrentes —los que suelen llenar con frecuencia la salas de urgencia con una variedad asombrosas de dolores y pesares médicos inexistentes— mostraban síntomas de depresión.

Y más allá de eso, la hipocondría parece una forma de analizar nuestra identidad. Una manifestación de la personalidad y la identidad, profundamente arraigada en una intrincada percepción sobre quienes somos y cómo nos comprendemos. De hecho, para profesionales como el doctor Jerónimo Saiz, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Ramón y Cajal (Madrid) y vocal de la Sociedad Española de Psiquiatría (SEP, la hipocondría es más una actitud que un síntoma. “El hipocondríaco tiene una desproporción continua y grave de la atención hacia su salud, y eso amplifica su percepción de sensaciones y síntomas, lo que le conduce a un círculo vicioso de estar preocupado todo el tiempo” explica Saiz para describir el cuadro mental de un paciente obsesionado con su salud. “Se puede dar en personas que estén sometidas a estrés o que tengan trastornos afectivos o basarse en un factor de aprendizaje, por imitación: sabemos que en familias con hipocondríacos hay más hipocondríacos”,añade. En otras palabras, el temor persistente por la salud parece tener mucho que ver con la manera como asumimos nuestra vulnerabilidad —y quien sabe si nuestra mortalidad que cualquier otra cosa.

No sabía nada de estas cosas la noche en que me fui a cama completamente convencida que moriría pronto. Me quedé tendida en la oscuridad, mirando las sombras con una vívida y muy real sensación de desconsuelo. Me sentí traicionada por mi cuerpo, como si la debilidad —el temor— me resultaran inconcebibles. El ligero y molesto dolor seguía allí, palpitando a mi costado como para recordarme la realidad física de aquello, pero sobre todo, para definir los límites de la realidad. De pronto, el temor se convirtió en algo más duro de digerir. En una obsesión que no me permitió dormir un sólo momento durante esa larga noche.

Según el estudio del Hospital General Kamitsuga, los episodios de hipocondría como el que yo estaba sufriendo no son del todo inusuales. Según las conclusiones que del estudio que llevó a cabo, la mayoría de nosotros sufriremos alguna vez un momento de pánico agudo relacionado con nuestra salud y la posibilidad de la muerte. No se trata sólo de una obsesión constante y sostenida, sino de algo mucho más breve pero no por eso, menos intenso. Se trata de esos breves momentos —como el mío— donde el temor por la posible muerte es tan fuerte como para distorsionar la mera racionalidad. Y no siempre se trata de una idea que dependa de un trastorno psiquiátrico previo o incluso, algo tan simple como diagnóstico adverso en algún historial médico.

—El miedo es libre —me explicó en una ocasión mi amiga D., médico general y que por años, ha escuchado los diversos lamentos y preocupaciones de amigos y parientes— y cuando se trata de salud, es aún más fuerte. No importa todas las veces en que recomiendes la necesidad inmediata de ir a un consultorio médico si padeces algún síntoma preocupante o lo nocivo que puede ser la automedicación: seguirá ocurriendo que todos estamos convencidos que podemos enfermar y también curarnos. Sin intervención divina, por puro conocimiento empírico.

En una ocasión D. recibió una llamada de su padre por un “infarto”. El anciano, quien vive una de las ciudades satélite de Caracas, le explicó con voz pausada y fúnebre que estaba a punto no sólo de morir sino que era probable “esa fuera su última llamada”. En pánico, mi amiga condujo por casi una hora en medio de la noche para llegar a la casa paterna y atender la emergencia.

—¿Era un infarto? —pregunté estupefacta. Mi amiga suspiró y me dedicó una mirada cansada.
—Una indigestión. San Google le explicó que eran los mismos sintomas de un miocardio.

Por supuesto, no recordé la conversación durante esa larga noche en vela ni tampoco, a la mañana siguiente, cuando volví a revisar cuidadosamente mis búsquedas para convencerme —otra vez— que estaba en el umbral de la muerte. Aterrada, con las manos heladas de puro nerviosismo, me pregunté que debía hacer a continuación. Que se suponía que debía hacer de ahora en más.

—¿Ir al médico? —me dice mi amiga J. luego de escuchar mi llorosa explicación del motivo de mis ojeras y palidez. La miré petrificada, con la taza de café que sostenía a medio camino a la boca.
 — Pero… ¿Y…? —no sabía como explicar el miedo que me provocaba la sola idea que algún médico confirmara mis temores. Mi amiga me dedicó una mirada feroz.
 — ¿Y qué? Si ya estás aterrada porque estás enferma, confírmalo o alíviate. ¿Qué piensas hacer? ¿Quedarte la vida entera esperando la muerte?

Por supuesto, la hipocondría se cura, incluso en casos esporádicos como el mío, pero como no, hay que pasar por las manos de la psiquiatría moderna. Se trata de un proceso que consiste no sólo en desdramatizar el hecho de la enfermedad y más allá, la idea que un padecimiento no tiene que ser por necesidad mortal. En otras palabras, dejar de asociar la enfermedad —por otra parte algo natural— con la inmediata muerte. Para la psiquiatría moderna, la hipocondría entra entre la variedad de padecimientos que se clasifican bajo el título de “ansiedad por la salud” y requieren tratamiento , sin duda.

—Cuando le expliqué a mi papá que Google casi nunca acierta con enfermedades y que un síntoma no es indicativo directo de un padecimiento real, se sorprendió y también se enfureció —me contó D., para concluir su estrafalaria anécdota— pero no importa cuánto hayas estudiado o que tu hija sea médico, siempre será mucho mejor consultar a la web para asegurarte vas a morir.

Claro está, Google no es responsable de lo que cualquiera puede concluir al realizar una búsqueda en su sistema, pero si se ha convertido en una herramienta indispensable que facilita no sólo la certeza de la enfermedad y la muerte inminente, sino que fomenta el peligroso hábito del autodiagnóstico y automedicación. Resulta casi imposible evitar revisar síntomas en páginas web, llenas de información sin matices y la mayoría de las veces erróneas, y asumir como real el diagnóstico accidental que logramos concluir. La costumbre se ha hecho tan habitual que incluso tiene un nombre que lo describe (cibercondría) y según la Universidad de Baylor (Texas, EE UU) se considera formalmente como un trastorno de ansiedad.

Finalmente y luego de casi dos días de agonía solitaria, decidí seguir el consejo de mi amiga J. y visitar al médico. No se trató de una decisión fácil: en dos ocasiones colgué el teléfono para pedir la cita y a la tercera vez, apenas pude explicarle a la aburrida enfermera sobre mis síntomas. Cuando intentaba explicarle mi aparente cuadro terminal, me cortó en seco y me pidió mis datos con una directa irritación.

—Usted no es médico, espere que le vea el doctor y allí hablamos de que le pasa.

Le eché una mirada resentida mientras esperaba sentada en la vacía antesala del consultorio del doctor. Era una anciana de cabello veteado por las canas, que me dedicó una larga mirada mientras me sentaba, encogida de nuevo en los mullidos cojines del mueble de espera.

Según un reciente encuesta española, la mayoría de los hipocondríacos regresan a la consulta médica cuando descubren que el médico —o su opinión profesional— es una herramienta efectiva para calmar la ansiedad. O lo que es lo mismo, la obsesión por la enfermedad. Las conductas obsesivas y compulsivas intentan resolver ese espacio en blanco del miedo crónico pero no lo logran. Y ese devenir entre el terror y la necesidad de controlarlo con conductas repetitivas —como volver una y otra vez al consultorio médico— lo que hace que la hipocondría sea una forma de comprender no sólo el complejo paisaje mental del miedo como padecimiento, sino su manera de expresarse fisicamente.

—Puede pasar —dice la enfermera canosa con su tono duro y aburrido.

Me pongo de pie, el morral que suelo llevar apretado contra el pecho, las piernas paralizadas de miedo. Cuando doy un paso hacia el consultorio siento que me echaré a llorar. ¿Me espera una sentencia de muerte?


Una vez leí que la obsesión es el plano inmediatamente superior de la ansiedad. Que es muy sencillo que algo tan trivial como el miedo imaginario se convierta en una convicción muy concreta, en una certeza abrumadora difícil de contradecir. En algo tan incontrolable que puede no sólo restringir nuestros espacios mentales sino además, golpearnos de las maneras más inesperadas.

Pienso en esa frase mientras me siento frente a mi amiga J. que me mira con impaciencia. Me encojo de hombros y acepto la taza de café que empuja hacia mi lugar de la mesa.

—¿Entonces? ¿Qué te dijo el médico?

Suspiro y luego tomo un sorbo de bebida caliente. Es difícil explicar ahora, luego de cuarenta y ocho de pánico agudo, la sensación de alivio que siento. De manera que me tomo mi tiempo para hacerlo, disfrutando del sabor del buen café amargo que bebo y el calor del sol brillante que nos rodea.

—¿Y? —vuelve a insistir. Me encojo de hombros.
—Nada —más café— absolutamente nada.

Le explico que el dolor al costado resultó ser un tirón muscular, el desarreglo menstrual una consecuencia del estrés habitual y el problema estomacal, una pequeña intoxicación alimenticia. Ninguno de los síntomas estaban relacionados con el otro ni mucho menos, provenían el uno del otro. Mi amiga me escucha con los ojos entrecerrados y haciendo un visible esfuerzo por no reír. O insultarme. La verdad no estoy segura. Ladeo la cabeza, comprendiendo.

—De verdad, creí que estaba a punto de morir —confieso. 
—Por supuesto —dice muy seria— es que ese Doctor Google suele ser tan eficaz.

Reímos juntas. Y de pronto, la anécdota parece una tontería, muy poco importante, carente de sentido. Pero entonces, pienso en que Molière, cuando representó a su inmortal pícaro enfermizo por cuarta vez, sintió que moría de verdad. Tanto así, como para saludar al público y caer al suelo sin sentido. Moriría unas semanas después, sin que ningún médico pudiera comprender que le ocurría. Quizás no todo es tan sencillo sobre el poder de la mente humana para obsesionarse con su propios terrores, me digo. Con ese lugar irracional que carece de nombre y quizás, incluso definición. Pero por ahora, la idea desaparece en el sabor del café bebo y en el brillo del sol. Un pequeño escalofrío que espero no recordar después.

Pero sin duda, lo haré.