La recompensa de hoy

Crónicas de mi Argentinidad

El asado

Del asado puedo empezar diciéndole que no entiendo nada. Que soy un autentico fracaso. No he podido desentrañar sus augustos misterios y por eso le escribo del asado en vez de invitarle a uno. El hecho es que más allá de mis impedidas habilidades parrilleras, me he dedicado a observar atentamente esa parsimónica ceremonia.

Lo primero que noté y me causó curiosidad es que la cocción del carbón es igual o más importante que la cocción de la carne. Se requiere cierto tiempo para diferenciar un carbón crudo de uno cocido.

El fuego es como el tango. Tiene altibajos y una nostalgia azul cual llama que lucha para no extinguirse. Ambos tienen notas largas que siguen un compás propio. Siendo así, es preciso actuar con cuidado para no quebrar el ritmo. Si el asador se desboca en emoción, más tarde no podrá evitar que se salga de control y extinga rápido la brasa —que cocine muy rápido el carbón.

De ahí que ser asador sea considerado un privilegio que se gana con la practica recurrente y constante. Es arte de forma pura. El asador, al igual que el pintor o el poeta tiene que buscar su voz. Afianzar el hilo del gusto. Desarrollar la técnica; ejercer control. Pulir su obra.

Por eso los ojos no entendidos en la materia no logran apreciar el duelo que está teniendo lugar entre el fuego y el pecho del valiente luchador. Justo como el poeta.

La diferencia es que al primero lo aplauden, una vez los comensales están satisfechos —porque aquí se le aplaude al asador.

Por eso decir que el asado es arte, no es ninguna exageración. Es poesía para los sentidos. Entenderá usted que no todas las líneas que uno escribe merecen ser leídas; así como cualquier fogata con carne chamuscada no puede llamarse asado.

C’est tout.