¡Cuánto me costó fingir que no te había extrañado!

(C) Imagen por Sea MacEntee (Flickr)

De esos amores que juegan al parkour, de esas distancias no muy lejanas, de tus fotos en Kuala Lumpur y de los húmedos labios besando con ganas, en un templo de Seúl.

De viaje en viaje, con los ojos abiertos de madrugada; esas resacas en las mañanas. Llegué a culpar a las cervezas, de las decenas de cabezas que ocuparon tu almohada.

De piel en piel, de cama en cama; de trago en trago con las señoras. De esos estudios en la Sorbona que maquillaron mi existir; a eso le llamo yo vivir en París.

Un vuelo de Barcelona a Madrid, te buscaba por todas partes. Te encontré en cada obra de arte en los museos de tu existir, hasta que te dejé salir.

Empecé de nuevo a vivir; visitaba cada esquina, y con astucia mezquina, conquisté una joven dama, en aquel viaje de rutina a la gran ciudad de Praga.

Me olvidé de tu sonrisa, abatido por la brisa de la lujuria y el alcohol, en los bares de las sonrisas y los vicios del amor. Olvidé hasta los amigos, anduve todos los cafés en la Calle de Florida. De mi visita por Argentina más de un recuerdo guardé.

Hasta que me dije a mi mismo: ¡Ahora sí, ya le olvidé! Te pensé menos que ayer. Entre sabanas lidié con mis problemas de placer. Una pastilla, una sola me tomé. ¡Cuántas veces lo escuché, estos años no perdonan!

Y pasaron muchos años y en un estrecho café divisé una bella señora, en una playa de Santo Domingo, una tarde sin mucha brisa. Se sentó justo a mi lado sin pedir siquiera permiso

¡Cuan, cuan afortunado! Y el esguince del recuerdo me impedía tocarle su mano. ¡Cuánto tiempo! dijiste, ¡cuántas cosas por decirte!

Yo seguía mirando tus labios, tus manos, tu pelo cortado, el lunar que allí seguía anclado… Los surcos de tus mejillas, los labios, hermosos labios.

Mis canas, el temblor de las rodillas. ¡Cuánto me costó fingir que no te había extrañado! Y te deseé como nunca… cada día, con el paso de los años.

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