Cuando escribo no soy Gombrowicz

Todo comenzó en los resultados del motor de búsqueda de Google Images. Yo recién comenzaba a trabajar como escritor fantasma y había releído su texto contra los poetas. Tecleé su nombre.

Leí la nota donde aparecía su rostro duplicado y donde se encontraba una carta fechada en 1947 donde Witold solicita trabajo a un banco. Pensé que al momento de redactarla llevaba 8 de los 24 años que viviría en Buenos Aires. También pensé que exiliado, tuvo que inventarse en otro idioma, seguir escribiendo. ¿Qué pasaría si se mandara a todos los escritores del mundo al extranjero, fuera de su propio idioma? ¿Qué quedaría de ellos?

No mucho, seguramente nada, balbuceos.

Después puse atención a la carta.

De verdad nada extraordinario, hasta que pensé en su departamento en Buenos Aires. ¿Cómo sería? ¿Seguiría existiendo? De nuevo volví a Google.

«Venezuela 615, dep. 5 Capital».

Descubrí que en ese departamento ahora vive el Sr. Urtizberea, que según una página de data es productor de filmes. Volví a googlear y IMDb confirmó los datos: más de diez producciones. Todo esto no me decía nada así que fui a Google Street View.

¿Quién era ese hombre caminando en dirección a la 9 de julio, un día cualquiera a comienzos del 2015? De nuevo pensé en Gombrowicz y sus años argentinos. Y pensé que tal vez el hombre no se alejaba sino que ese instante congelado por Google, era el mismo instante en que ese hombre de perfil gombrowicziano, hace dos años, se detenía, buscaba en su bolsa derecha, al no encontrar nada buscaba en la izquierda, y sacaba las llaves para entrar a su departamento. Venezuela 615, dep. 5. ¿Exactamente cuál de todas las ventanas sería?

Recordé que Witold siempre estuvo preocupado con la creación de la identidad por sí mismo a pesar de la mirada del otro. Esa fue la razón por la que me interesó la foto de los reflejos que abrí en un principio. Pero ahora, a través de un camino aleatorio, tenía frente de mí otro reflejo de Gombrowicz, uno que seguía caminando por la ciudad de su exilio. La única edad de los fantasmas es la edad de la fotografía que los congela.

Me sentí inteligente por tal hallazgo, pero sólo un instante porque también, inmediatamente, recordé unas de sus palabras: Cuánto más inteligente se es, más estúpido.

Y también: El escritor nunca puede garantizar que no sea un estúpido.

Y me sentí ciertamente estúpido.

Y en esa somnolencia volví a la imagen en la pantalla, y me impresionó el grafitti a un lado de la puerta principal del edificio. El que dice «México 743». ¿Era una clave? ¿Una dirección, o alguna pandilla en Buenos Aires se llama así: México 743?

Después giré la toma al cielo.

¿El alquiler que estaba en renta en 2015 seguirá disponible? y más importante: ¿sería el dep. 5? Entre mis planes está vivir en Buenos Aires en años próximos. Con un poco de suerte pensé, podría rentar ese departamento, que, con mucha más suerte sería el del Sr. Urtizberea, que imagino estará en el extranjero, tal vez en Polonia, en la producción de una película —su última producción había sido en Alemania así que no sería inverosímil tal escenario.

Mi último intento de entender aquello de lo que hablaba Gombrowicz al referirse a boicotear el convencionalismo, el engaño de la forma, la tradición, fue tratar de mirar lo que miraba el hombre de perfil gombrowicziano un día cualquiera a comienzos del 2015 en Buenos Aires.

El camino sigue y se convierte en punto de fuga. Es necesario hacer del desatino un método, pensé. Es así como vida y obra se hacen la misma cosa: una nota sonámbula, una obra de desarraigo y continuidad. Pensé que la escritura es la posibilidad de una identidad cambiante. Gombrowicz decía que al escribir no era chino ni polaco.

Al final cerré todas las pestañas y me fui a bañar. Mañana tendría trabajo como fantasma.

(CDMX, 10 de enero de 2017)