Cuelgan las mariposas en el armario

Imagen por James Stutzman

La luz de la tarde extiende una tez dorada sobre las hebras de la alfombra y el té parece resistirse a perder su calor. Ella lo sostiene entre las manos. No hace frío, reflexiona, pero hay un confort efímero en sostener una taza caliente de té. Siempre que se esté sola, porque si alguien más se encontrara en ese momento con ella, el placer se transforma en una manía. ¡Qué extraña forma de tomar una taza de café! Le dijo varias veces su abuela de chica mientras tomaban el desayuno, entonces Olivia miraba fijamente a la mesa en actitud pensativa y devolvía el recipiente lentamente a su lugar.

Su esposo por el contrario no aparentaba tener manías. Aunque ella conocía muy bien sus vicios, aquéllos no parecían ser un problema para las normas sociales. Que extraña es la gente, pensaba. Es fácil condenar a todo vicio que no es común, pero los vicios que se comparten entre muchas personas tienen incluso un reconocimiento económico. Aunque David nunca tuvo un problema grave, era cierto que hubo días duros en su vida de casados, noches en vela y discusiones con balbuseos.

El té comenzaba a entibiarse rápidamente mientras la brisa vespertina acariciaba las puntas de las gramas. Algunas mariposas jugueteaban con la brisa. Olivia torció la boca hasta que sus hoyuelos aparecieron.


Ella corre a toda velocidad, o imagina que lo hace mientras se encuentra de pie frente a su padre. Una agitación, un temblor la atraviesa de pies a cabeza. Duda. El hombre la mira con rabia, ella no entiende el significado de esa palabra o de la expresión, no sabe qué ha pasado o a qué se debe. Corre, corre, corre. Después de subir media colina mira en dirección a su casa. Nadie la persigue, no sabe si sentir alivio o preocupación.


Ahora David ha comenzado a hacer una serie de sonorizaciones guturales que anuncian el crujir de la cama y sus pasos lentos hacia la cocina en unos minutos, se preparará un café negro con agua hirviendo que dejó Olivia y luego se unirá a ella con unas galletitas de mantequilla y mermelada de fresa y piña. La vida está plagada de situaciones pueriles y diarias que parecen no tener impacto en la vida de nadie. Nos equivocamos, las rutinas son las que causan los cambios, no los cambios de rutinas.

La taza que sostiene con sus dos manos se encuentra a la mitad. En cada sorbo, la mujer aprieta los labios como para prevenirse de escupir, luego el resabio amargo y herbal se apodera de su escaso sentido del gusto y un sucesivo dulzor remata la degustación. Olivia cree que la vida es como sorber una taza de té, es amarga y dulce, y uno se acostumbra a su sabor.


La niña explota en llanto, gruesas gotas de lágrimas escurren por unas mejillas rosadas y polvorientas, llora sin consciencia, como un torrente. Sus piernas blancas manchadas de moretones de tierra y pasto se doblan, ella no conoce la desolación, pero un terrible sentimiento de abandono drena todas sus fuerzas. Se contiene para no gritar. Un ruido grave seguido de un eco metálico la alcanza desde su casa. Se contiene por un momento mientras recuerda el sonido en algún otro lugar, quizás en el bosque durante la época de patos. Pero no hay patos ahora y el sonido solo espanta a unos cuervos a distancia. Aquí, más cerca, pequeñas mariposas amarillas levantan el vuelo, son algunas primero, pero se transforman en un enorme enjambre que se mueve desconcertado de un lado a otro. No chocan. Ella desearía ser mariposa.


Los dos esposos no hablan, solo contemplan los cambios de un cielo que se despide e invita a las primeras estrellas a tomar posesión de una bóveda tenuemente iluminada. En algún momento, cuando alguna estrella ligeramente roja haga su aparición, David comenzará a tratar de explicar si es Marte o alguna otra sin importancia.

Ella, sorbe las últimas onzas del té. Es raro como al final de una taza de esa bebida, uno extraña más el sabor amargo que el resabio dulce que produce. Luego vendrá una ligera acidez en el estómago que calmará con alguna galleta de mantequilla. Contempla las mariposas que vuelven a su sitio y se levanta para dejar la taza en la cocina.


Millares de insectos alados nublan su vista, corren de un lado a otro, hay un zumbido delicado que producen sus alas, jamás en su vida había visto tal cantidad de mariposas juntas, ni aún en las fotos de las migraciones de las monarcas. Deja de llorar y se descubre con la boca entreabierta. Al fondo, ve llegar a un coche de policía con la sirena encendida a su casa, luego otro y uno más, no pone atención, las mariposas le impiden seguir viendo.


Después de dejar la taza, vacila entre regresar al sillón o ir a su cuarto, hay un sentimiento de extraña nostalgia que se queda con ella, camina lentamente a su habitación y abre un pequeño cuadrito de madera donde acostumbra poner cosas del pasado; una pequeña mariposa amarilla se encuentra en una esquina, ella la toma delicadamente en su dedo y la deja en la ventana. Ambas se miran como si de alguna forma el insecto hubiese adquirido en sus ojos complejos la habilidad de inspeccionar el alma humana, algo se dicen sin hablarse, solamente mirándose.


Un policía la encuentra, las estrellas brillan en lo alto cuando la levanta de entre el pasto. Una pequeña mariposa amarilla va colgando de su brazo.

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