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Cuento corto

Un hombre y un danzón

Justo antes de cruzar la avenida que me separa de la estación, la luz verde alcanza a los impacientes conductores. Del otro lado un semáforo peatonal descompuesto nos mira de una forma suplicante que podría conmover, pero que solo impacienta a las miradas que ignorantes de su inutilidad, se detienen a esperar sus instrucciones.

La gente comienza a agruparse en la esquina. Llegan señoras con sudaderas gastadas, hombres de traje con maletín sucio y mirada sin fondo, jóvenes que salen del cine y coquetean con el sexo opuesto, en general, personas. El fosforescente silencio del semáforo nos obliga a mirar al de los autos. El rojo cae y hay que meditar un momento. Mirar a los coches que han sido congelados sobre el paso y que nos voltean a ver nerviosos, como si esperaran alguna aprobación que no deben tener, o tal vez, el perdón de violar el breve espacio del peatón.

Trotamos, al llegar a la acera, el conjunto rompe formación para seguir sus propios caminos. Los más, iniciamos la carrera contra el tiempo y contra los puestos de un metro cuadrado que componen el tianguis. Frente a mí va un cuarentón de metro y sesenta con traje azul, lleva un maletín que tendrá por lo menos la mitad de edad que él y que hace mucho que perdió su brillo. El hombre camina con cuidado y con suficiente velocidad como para impedirme adelantarlo. Me molesta el hecho de que los puestos, aunados a los baches, hacen imposible la empresa. Su paso meditado me irrita.

De pronto, a escasos metros del inframundo, un puesto de discos piratas inicia su bombardeo. Pero éste es diferente, la música no proviene de las épocas recientes, es lejana… es un danzón. El hombre se detiene en seco. La columna de personas que lo seguimos pisamos el freno también. Una señora aprovecha la confusión para pasarnos. El danzón continua levantando su imperio de pasado mientras el hombre se lleva la mano al corazón. Por algunas fracciones de segundo temo un infarto. No sé qué hacer. El cuarentón se desploma sobre sus rodillas al tiempo que gruesas lágrimas bañan sus mejillas. No entiendo, la ciudad jamás me ha preparado para la espontaneidad de sentimientos como éstos. La gente empieza a moverse evitando al hombre que llora como clamando al cielo. Lo observan de reojo. Nadie entiende que aquella persona viaja ahora a los brazos de su abuela, a una casa que ya no existe, a un tiempo que se perdió, y bebe chocolate mientras el mundo se le presenta como un eterno mañana que promete, pero que, por sobre todo se le presenta lleno de felicidad. Y nadie entiende que aquél hombre, llora por todas aquellas ilusiones que se quedaron lejos y enterradas, frías y muertas, como la abuela que le mostró aquél danzón.

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