Cultura, sabiduría, consumo

Selecciono e hilo unos textos de Zygmunt Bauman que hace tiempo puse en una sección de bienvenidosalafiesta. Todos ellos comparan aspectos del pasado con aspectos del presente y, creo yo, ayudan a comprender algo mejor el tiempo en el que vivimos, y son apropiados para unas semanas consumistas como las de fin y comienzo de año.

Una primera comparación entre conceptos de «cultura»:

«De acuerdo con su concepto original, la “cultura” no debía ser una preservación del statu quo sino un agente de cambio; más precisamente, un instrumento de navegación para guiar la evolución social hacia una condición humana universal. El propósito original del concepto de “cultura” no era servir como un registro de descripciones, inventarios y codificaciones de la situación imperante, sino más bien fijar una meta y una dirección para las iniciativas futuras. El nombre “cultura” fue asignado a una misión proselitista que se había planeado y emprendido como una serie de tentativas cuyo objeto era educar a las masas y refinar sus costumbres, para mejorar así la sociedad y conducir al “pueblo” —es decir, a quienes provenían de las “profundidades de la sociedad”— hacia sus más altas cumbres. La “cultura” se asociaba a un “rayo de luz” que pasaba “bajo los aleros” para ingresar a las moradas del campo y la ciudad, llegando a los oscuros escondrijos del prejuicio y la superstición que, como tantos otros vampiros (se creía), no sobrevivirían a la luz del día». Y termina Bauman este párrafo citando literalmente a Matthew Arnold: «la cultura es la pasión por la belleza y la inteligencia, y (más aún) la pasión por hacerlas prevalecer».

Sin embargo, a diferencia de lo que se comprendía por cultura en el pasado, «hoy la insignia de pertenencia a una elite cultural es la máxima tolerancia y la mínima quisquillosidad. El esnobismo cultural consiste en negar ostentosamente el esnobismo. El principio del elitismo cultural es la cualidad omnívora: sentirse como en casa en todo entorno cultural, sin considerar ninguno como el propio, y mucho menos el único propio». Para sintetizar, continúa, «la cultura de la modernidad líquida ya no tiene un “populacho” que ilustrar y ennoblecer, sino clientes que seducir. En contraste con la ilustración y el ennoblecimiento, la seducción no es una tarea única, que se lleva a cabo de una vez y para siempre, sino una actividad que se prolonga de forma indefinida. La función de la cultura no consiste en satisfacer necesidades existentes sino en crear necesidades nuevas, mientras se mantienen aquellas que ya están afianzadas o permanentemente insatisfechas. El objetivo principal de la cultura es evitar el sentimiento de satisfacción en sus exsúbditos y pupilos, hoy transformados en clientes, y en particular contrarrestar su perfecta, completa y definitiva gratificación, que no dejaría espacio para nuevos antojos y necesidades que satisfacer».

Una segunda comparación entre conceptos de «sabiduría»:

«Cuando yo era joven, me advertían con frecuencia: “Lo que rápido se aprende, rápido se olvida”. Pero aquella máxima respondía a otro tipo de sabiduría, la sabiduría de una época que valoraba al máximo el “largo plazo” y en la que las personas que ocupaban la cima social marcaban su posición de privilegio rodeándose de objetos duraderos y dejaban lo fugaz y efímero a los que ocupaban los peldaños más bajos de la escala; aquella era una época en la que la capacidad de heredar, mantener, guardar, preservar, legar y, en definitiva, cuidar de cosas, se valoraba mucho más que la (entonces vergonzosa, lamentable y lamentada) capacidad de eliminación.

Hoy, sin embargo, muchos de nosotros no aprobaríamos una sabiduría como aquella. Lo que en tiempos fue virtud ha pasado a ser considerado vicio. En la jerarquía de las habilidades útiles y deseables, el arte de surfear la superficie ha ocupado el lugar del anterior arte de sondear las profundidades. […] La posibilidad de olvido instantáneo no nos genera […] molestia ni alegría alguna. Simplemente, resulta irrelevante. En esas condiciones, nadie tomaría en serio la vieja advertencia (“lo que rápido se aprende, rápido se olvida”), pero tampoco se molestaría nadie en burlarse de ella. Esta sería acogida, muy probablemente, con la más absoluta incomprensión».

Sin embargo, se podrían añadir algunas observaciones a lo anterior. Una, que Bauman aplica la máxima primera a los bienes de consumo materiales cuando su aplicación genuina es a otra clase de bienes. Dos, que lo de menos es cómo actuaban las personas que ocupaban la cima social, y lo de más es hasta qué punto aquella forma de pensar y actuar era sabiduría verdadera y permanente, o no. Tres, que cuando dice «muchos de nosotros no aprobaríamos…» supongo que no se refiere a él mismo: Bauman puede hablar como lo hace y tener las intuiciones que tiene gracias a pertenecer a, o haber crecido en, un mundo donde aquella sabiduría sólida se valoraba mucho.

Una tercera comparación entre distintos modos de estar en la vida:

«Si nuestros ancestros fueron formados y entrenados, sobre todo, como productores, a nosotros se nos forma y se nos entrena primero como consumidores y luego como todo lo demás. Los atributos que se consideran ventajas en un productor (la adquisición y retención de hábitos, lealtad a las costumbres establecidas, prontitud para demorar las gratificaciones, estabilidad de necesidades) se convierten en los vicios más impresionantes de un consumidor. Por mucho que siguieran existiendo o se convirtieran en normales, serían el toque de difuntos de la economía centrada en el consumidor».

En nuestro mundo, «las instituciones de “educación para toda la vida del consumidor” son innumerables y están en todas partes, comenzando por la avalancha televisiva cotidiana, el periódico y los anuncios en paredes y vallas, y pasando por montones de relucientes revistas “temáticas” que se disputan la publicidad del estilo de vida de los famosos que marcan tendencia, de los grandes maestros de las artes del consumo, y concluyendo en los vociferantes expertos/consejeros que ofrecen recetas último grito, estudiadas y probadas a conciencia en laboratorio para detectar y resolver “problemas vitales”».

«Podemos decir que la línea que separa un mensaje importante, ostensible objeto de la comunicación, de su conocido adversario y obstáculo, nombrado ruido de fondo, ha desaparecido por completo. […] [En este ambiente, cuando, además,] una cantidad cada vez más grande de información se distribuye a una velocidad cada vez más alta, la creación de secuencias narrativas, ordenadas y progresivas, se hace paulatinamente más dificultosa. La fragmentación amenaza con llegar a ser hegemónica. Y esto tiene consecuencias en el modo en que nos relacionamos con el conocimiento, con el trabajo, y con el estilo de vida en un sentido amplio».

Al final, «el mensaje más importante de los mercados de consumo, su verdadero y profundo metamensaje (es decir, el mensaje que fundamenta y da sentido a todos los demás mensajes), es el carácter indigno de cualquier malestar o molestia. No sólo se condena a priori el aplazamiento de la satisfacción, sino también la complejidad de cualquier tarea que supere las capacidades, las herramientas o los recursos que poseen quienes la desempeñan, y por añadidura se condena la combinación de las dos (la necesidad de asumir una formación y un trabajo a largo plazo que hagan viable la satisfacción de estos deseos): todas ellas son tareas injustificadas e injustificables, y sobre todo innecesarias y prescindibles. La mayor parte del poder de seducción de los mercados de consumo depende de que este mensaje penetre y sea asimilado por los individuos. El mensaje es el siguiente: el complejo arte de la vida podría reducirse a una sola técnica, la del devoto consumo inteligente. Todos los bienes y los servicios que ofrece el mercado se proponen, en última instancia, conseguir que la práctica del arte de la vida se libere de todos los actos incómodos, penosos, que implican riesgo sin garantizar el éxito».