Día de los inocentes

—No vamos a salir hoy.

—Pero…

—Entiende, no me gusta. No me gusta salir en 28 de diciembre.

—¡Eres un ridículo!

—Seré lo que sea, pero no quiero salir hoy.

Discutí con mi familia un poco más, pero no logré convencer a nadie. Salimos de Veracruz al día siguiente —28 de diciembre— con rumbo a Chihuahua. Claro que no llegaríamos a Chihuahua el mismo día; esa es una travesía que ya no estamos dispuestos a aventarnos de un sólo golpe. Alguna vez lo hicimos, cuando salimos con ganas de dejarlo todo atrás. Pero ya no; ese día dormiríamos en Zacatecas.

Empacamos todo como pudimos —los parientes no lo dejan ir a uno con menos que el equivalente a tres camiones de carga encima— y nos despedimos. Nos despedimos del aire húmedo, de la lluvia de todos los días y del olor a café. Allá nos encontraría el frente frío número no se qué, que como siempre amenazaba con fijar un nuevo número récord de tuberías rotas por congelamiento. Para colmo, yo era quien iba a manejar, muy a mi pesar y entre las burlas hacia mi superstición.

Nos despertamos más tarde de lo que hubiéramos querido, así que pisé a fondo el acelerador para compensar. Las carreteras ya no eran tan terribles —aunque eso sí, todas de paga y tan caras como si estuvieran cubiertas de iPhone de oro—, así que no me daba miedo avanzar a mayor velocidad. Lo que me daba miedo era la maldita fecha. 28 de diciembre. Vein-tio-cho-de-di-ciem-bre. Hasta sonaba feo.

Atravesar Veracruz se había vuelto más fácil los últimos años. En una de esas contadas ocasiones en las que el gobierno hace algo bien —seguramente con el fin de enriquecer a alguna rata oportunista— decidió construir una desviación que sortea los pueblitos de la sierra madre oriental y lo saca a uno hasta Huamantla. Supongo que en La Joya y en Las Vigas extrañarían a los visitantes casuales. Yo extrañaría el pay de queso que vendían a la orilla de la carretera, pero no lo suficiente como para no tomar la nueva autopista. A Perote nadie lo extrañaría, de eso sí estaba seguro.

Después de pasar Huamantla y su abrumador deseo de hacerte saber que es un pueblo mágico a toda costa, tomamos el «Arco Norte». Esa es otra bendición en forma de carretera de cuota: la habilidad de evitar a los poblanos y a los chilangos —no sus ciudades, que son muy bonitas—. De hecho, lo que nos convenció de volver a intentar ese viaje —además de convivir con nuestra adorada familia en un festín de masa frita— fue que todas las ciudades grandes en la ruta tenían libramientos. No teníamos que atravesar casi ninguna ciudad, a excepción de San Luis Potosí.

Odiamos San Luis Potosí. Desde la primera vez que la atravesamos nos quedó muy claro que esa ciudad no nos quería y que nosotros habríamos de corresponderle el sentimiento. Era molesta, innecesariamente complicada y obligatoriamente presente. Nos perdió, nos mareó, nos revolvió entre sus tripas y nos arrojó fastidiados y cansados cuando se hartó de jugar con nosotros. Ni siquiera es fácil evadirla o navegarla hoy en día, con todo y mapas electrónicos y GPS. San Luis Potosí simplemente no se deja querer.

Cuando por fin la dejamos atrás y el paisaje se empezó a teñir de la tierra roja de Zacatecas, sentí algo de alivio. Unas horas después llegamos al hotel y no nos tomó mucho tiempo quedarnos dormidos. Estábamos exhaustos y necesitábamos descansar para tomar carretera de nuevo. Despertamos el día siguiente, en casa de mis tíos, en Xalapa, Veracruz. Mi familia estaba confundida y contrariada. Yo, por mi parte, siempre les advertí que no era buena idea viajar el Día de los Inocentes.