De cuando conocí a Horace Perre en Montparnasse

La primera vez que visité un cementerio por gusto fue en abril de 2013. No recuerdo que hiciera un tiempo gris, pero las fotos me dicen que era así. Ese año, tres amigas y yo organizamos una visita rápida a París para celebrar que una de ellas y yo cumplimos años por esas fechas. Fueron cuatro días y tres noches en las que no paramos. Visitamos exposiciones, librerías, bebimos buen vino, conocimos tipos peculiares que de vez en cuando siguen saliendo en nuestras conversaciones, tomamos tequila, cantamos y recorrimos las calles en busca de lugares en los que habíamos estado cuando leímos a Julio Cortázar, a John Glassco o a Patti Smith. Fueron estos escritores quienes nos llevaron hasta el cementerio de Montparnasse.

Como si se tratase de viejos amigos a los que aprovechásemos para visitar, pasamos algo más de una hora ante las tumbas de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, nos acercamos hasta la sobria sepultura donde descansa Susan Sontag, pasamos un rato leyendo los innumerables mensajes con los que los admiradores rendían tributo a Julio Cortázar y acompañamos en silencio al poeta Charles Baudelaire.

Sin embargo, la lápida que ese día prometí no olvidar fue la de Horace Perre, un niño que tenía nueve años cuando falleció. Como si de su habitación se tratara, sus padres habían decorado la tumbita con objetos alegres que daban color a su pequeña parcela de camposanto. Horace yacía rodeado de vida, de plantas y de flores bien cuidadas y, sobre la lápida, se extendía un césped artificial en el que jugaban varias figuritas de animales, ante la dulce mirada de un ángel que observaba desde una esquina. La imagen me impresionó. Cuánto dolor escondía una tumba tan preciosa y cuidada. Saqué una fotografía y me quedé un rato junto a Horace. Sentí su muerte, pensé en esos padres destrozados y lloré como si les conociera. Tenemos tantas maneras de expresarnos que, de cierta manera, creo que sí llegué a hacerlo. Conocerles, digo. Supe que la suya fue una familia feliz, que ya es más de lo que puede decirse de otras muchas en las que los niños son testigos de insultos, peleas y, en el peor de los casos, asesinatos. Esas tumbas son igualmente tristes. Pero además son grises.

El cementerio de Montparnasse me permitió estar junto a personas que admiro y que no coincidieron conmigo en el tiempo. Pero, como digo, su quietud también me presentó historias que nadie podrá leer en grandes obras traducidas a varios idiomas. Estos párrafos que escribo con toda humildad van en memoria de Horace.

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Publicado originalmente en tamaravazquez.com el 15 de noviembre de 2016.