De falacia en falacia

Como preparación para la exposición oral de mi proyecto final de carrera, leí un libro acerca de cómo hablar bien en público. El libro se titula Public Speaking and Influencing Men in Business y su autor es Dale Carnegie.

Quien me recomendó el libro habló muy bien de él y comentó que aquel hombre (aparentemente muy famoso, pero desconocido para mí hasta entonces), había inspirado a mucha gente. Luego de investigar su biografía (pasar por su página de Wikipedia), noté que se lo definía como a un escritor de libros de auto-ayuda. La imagen empezaba a desteñirse. Nunca confié en ese tipo de libros.

De todos modos emprendí la lectura del ejemplar. Mientras navegaba en un mar de consejos que eran mezcla de sentido común y experiencia, me topé con un fragmento difícil de olvidar. Y difícil de tragar para un fanático de la evidencia como yo. Se trataba de la famosa falacia del diez por ciento del cerebro.

Esta falacia, en sus diferentes versiones, dice que sólo usamos el diez por ciento de nuestro cerebro, o de nuestra capacidad cerebral, o de nuestro potencial cognitivo, etcétera. El mismo humo en diferentes envases.

Pensé en el impacto que tienen las definiciones erróneas emitidas por personalidades respetadas y lo difícil que es quitarlas del imaginario colectivo.

«Si lo dice un tipo que vendió millones de libros, debe ser verdad. Ni nos gastemos en chequearlo».

Entonces a la primera falacia se le sumó la falacia de autoridad (esa que reza que las cosas son ciertas o no dependiendo de quien las diga), y me encontré con una doble falacia. Una falacia cubriendo a otra, aguantándole los trapos.

El problema con este tema de creerse todo lo que diga una supuesta eminencia es que nos puede llevar a cometer grandes errores. Porque las decisiones más trascendentales de una sociedad se toman en conjunto, y si dicho conjunto es influenciado por una opinión que no es sometida a ningún tipo de análisis, la cosa se complica.

Intentar comprobar la veracidad de los dichos de una persona antes de creerlos no significa quitarle sus pergaminos. Es simplemente una cuestión de precaución. Sábato escribió estas palabras acerca de cómo convivían la condición de genio de Aristóteles con sus más grandes equivocaciones:

Si Aristóteles hubiese sido un mediocre no habría sido capaz de impedir durante dos mil años el advenimiento de la nueva física. Los genios promueven grandes adelantos en el pensamiento humano; pero, cuando les da por estar equivocados, son capaces de frenarlo durante varios siglos.

La cuestión con Aristóteles era que, debido a su fama de sabio, nadie se animaba a refutarlo. Y cuando alguien lo hacía, su club de fans le saltaba a la yugular.

Imaginen que hay un ente que puede ver y oír todo lo que sucede en nuestro mundo, que es omnipotente, omnipresente e infinitamente sabio. ¿Confiarían en él? Yo creo que mucha gente lo haría.

Ahora imaginen que no tenemos acceso a él, porque vive en otro planeta o ni siquiera existe, pero hay alguien en la tierra que dice, sin demostrarlo, ser su vocero. Nos encontraríamos con una persona de gran poder. El poder de que sus palabras sean tomadas como verdades absolutas por mucha gente. Eso sería grave, teniendo en cuenta que podría influenciar a la sociedad según sus intereses. Pero, de todos modos, su poder no duraría más que la vida de cualquier mortal. Lo terrible sería que un grupo reducido de personas se atribuyera la facultad de elegir a dicho vocero y perpetuar su poder mediante un sistema de herencias. Eso sí que sería peligroso, ¿no?