De gasolineras, investiduras, monetización de videojuegos y libertades…

Llamadme reduccionista, pero no necesito más que una gasolinera en hora punta para aprehender todo lo que a ‘lo humano’ se refiere. O un supermercado un viernes por la noche. O la barra de una discoteca media hora antes de la hora de cierre. O el juego de las sillas. Mis cosmogonías se basan en algo tan simple como la prisa, las opciones y la relación inversamente proporcional que entre ambas existe. A menos opciones, más prisa; a más prisa, decisiones más estúpidas y a decisiones más estúpidas menos opciones aún.

Ayer llegaba a la gasolinera tras salir del trabajo y la cola de coches llegaba hasta fuera del recinto. ¿Habíamos hecho crack por fin? No. De hecho había sitio de sobra para ponerse a la cola individual de todos los surtidores pero, no estando todos a la vista por igual y ante la imposibilidad de determinar con certeza cuáles se liberarían antes, algunos conductores habían optado por esperar a la entrada, en ese lugar privilegiado antes del punto de no retorno que te obliga a decidir una cola u otra; privilegiado para el primero, para el que le toca esperar en medio de la calzada fuera de la gasolinera no, claro.

Primera lección de gasolinera sobre lo humano: yo siempre tengo más prisa que tú así que te jodes.

Pero la prisa, como ya hemos convenido, no es buena. Algunos por fin se decidían pero… os he dicho que algunos surtidores no se veían desde esa posición, ¿verdad?

Segunda lección de gasolinera sobre lo humano: aunque haya hecho el gilipollas, aún puedo hacerlo más.

Algún conductor decidió que esperar lo restante del repostaje del coche inmediatamente anterior al suyo era demasiado y, marcha atrás mediante, cambiaba su surtidor por el de al lado, que ahora podía de ver vacío desde su nueva ubicación, con el consiguiente perjuicio para los que intentaban no parecer lo que él ya había demostrado ser.

Y en estas lides estaba yo cuando llegué a la conclusión de que dicho baile surgía simple y llanamente de la libertad de elección, pero más concretamente de la libertad para no elegir; si obligatoriamente todos hubiesen tenido que elegir inicialmente una cola no habrían tenido posibilidad de montar ese sindiós.

Entendedme, soy un firme defensor de dotar a la gente de libertad de elección, aún incluso cuando pienso que las decisiones deben ser basadas en la información y esto rara vez sucede. Creo que no dar libertad de elección a las personas es pernicioso, pero más pernicioso es darles la libertad de no elegir. No elegir es una elección en sí misma, con la peculiaridad de que afecta a toda dinámica de decisiones establecida en un sistema colectivo. Tener libertad de abstención a la hora de elegir surtidor afecta a los que sí que quieren elegir uno. Tener libertad de abstención en la barra de un bar entorpecerá a los que ya saben lo que quieren beber. ¿A quién se le ocurrió que la abstención como opción era una buena idea?

Estos días atendemos a otra coreografía de lo humano. La investidura (o no) del Presidente del Gobierno. En nuestro sistema electoral se contempla la abstención y aquí también tiene su coña…

En el escenario actual, el PSOE no ha querido un pacto con el PP para investir a su candidato ni viceversa. Un pacto abierto entre estas dos formaciones daría vía libre a una investidura, no vamos a entrar en la de quién pero ambos sumarían suficientes votos para investir a quien quisieran. No obstante, de alguna forma se caería la careta de las dos formaciones, admitiendo de facto que no son tan distintos, que son compatibles, cuando llevan décadas escenificando lo contrario; sólo escenificando. ¿Pero qué sucedería si en segunda ronda los diputados de una de las formaciones se abstuviese ante la candidatura de la otra? Les estarían permitiendo tener una mayoría simple suficiente para la investidura sin las vicisitudes de tener que admitir que han pactado cuando, de hecho, con esa abstención estarían participando de un pacto implícito… pero sin mancharse las manos de cara a sus votantes. Otra vez, la abstención estaría facilitando una tergiversación del sistema; una marcianada.

Si vamos aún más a la raíz en este tema podríamos ver cómo el abstencionismo electoral también tiene lo suyo. ¿No sería lógico que si un porcentaje alto de ciudadanos se abstiene de votar lo entendiésemos como una elección en sí misma, la elección de “no me gusta este juego así que no juego”, el mensaje de “esto no funciona, cambiadlo” y sin embargo nuestros representantes hablan de sus porcentajes de votos como si fuesen sobre el 100% de la ciudadanía, cuando no es así. La abstención como desestabilizador de un sistema a veces interesa.

Recordad la primera lección de gasolinera sobre lo humano.

Hace unos días debatíamos en la oficina sobre el modelo de monetización de un videojuego que tenemos en desarrollo. Para quien no lo sepa, un modelo de monetización es una forma de ganar pasta con algo, en este caso con un juego; puede ser con anuncios en un punto u otro del juego, vendiéndole al usuario items o ventajas para progresar o hacerlo más divertido, etc… múltiples posibilidades.

En general, todos estábamos de acuerdo en qué ofrecer al usuario y a cambio de qué. La dificultad del juego hace que tengas que ser un maldito genio para llegar al final con las vidas que se les conceden inicialmente a los usuarios, por lo que decidimos que si un usuario quería disfrutar del videojuego hasta el final debía o bien pagar para obtener las vidas necesarias para ello (lo que se llama pay to win), o bien compartir el juego en redes sociales a cambio de vidas (esto no da directamente ingresos pero trae más usuarios, lo cual a la postre sí traerá ingresos). Disentíamos en un detalle: ¿y si el usuario no quiere pagar, ni compartir con sus amigos? ¿Le damos la opción de jugar igual? Unos opinábamos que sí y otros que no.

Creo que si un usuario no toma partido y se abstiene, no se le puede por tomar por participante y no nos interesa para el juego. Y cuando hablo de juego, ahora hablo de este videojuego, del juego electoral o del juego de surtidores.

La cuestión última es la trascendencia que tiene contar con estas personas en el juego. Si no toma partido en el videojuego, no debemos darle la opción de jugar a cambio de nada (ya que no deja de ser un producto que hay que rentabilizar), debemos deducir que el juego no le gusta y quizá debamos hacerlo mejor…

Cuando hablamos de elecciones es más serio. Es preocupante que no se intente mejorar el ‘juego’, se saque provecho de los ‘usuarios’ que no interesan y de resquicios en las reglas como la abstención.

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