
De interferencias afortunadas
Supongo que a muchos de los que rondamos la edad de la «juventud extendida» (de los treinta-y-tantos en adelante) nos pasó esto alguna vez:
obligarnos a sostener un trozo de alambre chueco a la altura de la cabeza, moviéndolo hacia un lado y otro para que la señal de radio FM pudiera llegar bien al aparato al que se le había roto la antena.
Lo más común era echar mano de un gancho de los que se usan para colgar la ropa en el armario y unirlo a un trozo de cable, logrando así una señal tan perfecta que daba gusto. Pero ese gusto nos duraba poco: una vez que soltábamos el alambre y nuestro cuerpo dejaba de actuar como antena improvisada, la música se convertía en una serie de chisporroteos electrónicos que sólo servían para hacer bailar a los mosquitos.
Recordé estas andanzas luego de un evento en el que tuve el gusto de hacer malabares que me permitieron sintonizar cierta «señal».
Esa vez la señal no llegó por FM, sino a través de canales más directos, más naturales como la música, el dibujo y el calor de un público que hizo el favor de acompañar a todos los que hicimos lo posible por improvisar una historia en vivo en el primer «jam literario» que se llevó a cabo en Arandas, Jalisco, México.
Fue hace ya un par de años cuando tuve el honor de compartir el escenario que se montó en la plaza principal de la ciudad con mi colega Ramiro Aguirre, el artista gráfico Claudio Limón y el grupo de jazz San Juan Project.
¿Cuántas piruetas tuvimos qué hacer para atrapar «la señal»? ¿Qué tipo de divertidas «interferencias» nos enviamos unos a otros y qué fue resultando en cada intento? Puedes ver un poco de lo que sucedió esa noche en el video que incluyo a continuación: