De la incertidumbre a otros pequeños dolores culturales: La frugalidad del temor a mortalidad

Una vez leí que la religión de los Mayas era el tiempo. Que su obsesión por lo cronológico —comprendido como el transcurso de las horas, días, semanas y años— era tan enorme que buena parte de su ciencia y conocimiento lo dedicaron a entender ese elemento tan ambiguo como extraño de la realidad. Lo hicieron además, con enorme fanfarria: toda la arquitectura y arte que los mayas legaron al futuro, está plagado de referencias al transcurrir del tiempo. La Luna, el Sol, la muerte y la vida. Desde su extraño calendario hasta sus misteriosos sistemas de escritura, la cultura completa del pueblo parecía dedicada a meditar sobre cómo nos transformamos o mejor dicho, hacia dónde nos dirigimos. Esa sensación inexplicable del tiempo erosionando nuestro cuerpo y conduciéndonos a la muerte desde el nacimiento.

No es una idea sencilla de asimilar, por supuesto. Nadie quiere pensar en si mismo como vulnerable. En esa mortalidad natural que hace que desde el primer día de tu muerte todo conduzca a un desenlace fatal. Meditamos sobre la muerte como una abstracción, pero en realidad en lo que pensamos es en el miedo. Ese pánico que nos produce la posibilidad de morir, el hecho cierto que ocurrirá. O mejor dicho, la noción clara que a pesar de todos nuestros esfuerzos, la historia de nuestra vida —la consciencia continuada— terminará de una única manera. Cuando lo piensas, resulta amargo. Incluso directamente aterrador. Pero en realidad, ninguno de nosotros deja de pensar jamás en esa posibilidad.

—Todos estamos obsesionados con la muerte —dice mi amigo P., adicto a los deportes extremos, medioambientalista y quizás la persona más feliz que he conocido nunca— aunque nadie lo admita, por supuesto. Pero vamos, la muerte está en todas partes. El miedo, en realidad.

Me acompaña en una caminata por las cercanías de la montaña que rodea a mi ciudad. Me encuentro en una deplorable forma física y camino a tropezones, con dificultades para respirar. Mi amigo me sostiene del brazo y me ayuda a mantener el equilibro, mientras suelta una carcajada.

—Tú no le tienes miedo a la muerte —consigo responder, entre jadeos. Él sacude la cabeza, con una rara expresión grave en su rostro habitualmente risueño. 
—Le tengo muchísimo miedo. 
—Oye, haces todo para disimularlo —comento; me detengo, tomando ruidosas bocanadas de aire; el corazón me late tan rápido que me produce dolor y de pronto soy muy consciente de mis kilos de más, de mi edad y del hecho que mi cuerpo ya no es tan ágil como solía serlo diez años atrás—. En realidad, a veces pienso que eres la única persona que jamás tiene miedo a nada de entre las que conozco.

P. no responde. Sigue avanzando matorral arriba, saltando de un lado a otro con tanta ligereza que me agota el solo mirarlo. Le sigo unos minutos después, empujando mi cuerpo hacia la pendiente con un esfuerzo de voluntad que no puedo sostener. Pero de alguna manera lo hago y le alcanzo en un pequeño claro curiosamente limpio en mitad del bosque de pinos altísimos. Entre las ramas de los árboles, Caracas tiene un aspecto extraño, como un diorama contrahecho enclavado en medio de un valle despótico.

—No lo disimulo jamás —dice P., como si la conversación no se hubiese detenido en ningún momento— todo lo que hago, pienso, sueño, me esfuerzo es para hacer retroceder ese miedo a la muerte. Ese horror que en ocasiones me hace despertar a media noche temblando de sudor frío. Le tengo tanto miedo a la muerte que vivo lo mejor que puedo.

Me sorprende escucharle decir aquello. Todavía no tengo aliento suficiente para responder, de manera que me limito a pensar en la vida que P. lleva, esa sucesión interminable de pequeñas proezas: Lanzarse en paracaídas, volar en ultraliviano, carreras de motos a toda velocidad, submarinismo, velerismo. Todo tipo de actividades físicas que desafían ciertos límites humanos y que de alguna forma, crean las fronteras de quienes somos. Me sorprende pensar que siempre he creído que para P. se trata de una interpretación sobre el poder del cuerpo y la mente muy saludable, muy poderosa. Pero ahora me habla de la muerte, de los terrores. Del tiempo, pienso de súbito.

—Nunca me imaginé eso —digo por fin, en voz baja y aceptablemente firme— creí que amabas el riesgo por esa capacidad que tiene de recordarnos lo intensa que puede ser la vida. 
—Lo hago por eso claro. Pero también, porque cada día despierto pensando si no será el último, sino hoy no…

Se detiene, se seca el sudor de la cara con el dorso de la mano. Me dedica un mirada socarrona, que supongo le despierta mi expresión de sincero asombro.

—¿Qué? ¿No piensas eso?
—No como lo dices.
—Claro que sí, pero no lo sabes. Todos somos muy conscientes que vamos a morir, pero jamás nos enfrentamos a la idea. De manera que vamos por allí como si fuéramos inmortales, felices y despreocupados.
 — Pero ¿de verdad estás tan obsesionado con la muerte? —insisto. Volvemos a caminar. La empinada cuesta se hace casi vertical y me encuentro aferrándome con dedos y pies a los salientes. Rasguñándome la piel para empujarme hacia arriba. Tomo una bocanada de aire, me impulso. Logro avanzar.

P., en cambio, salta y avanza con una facilidad humillante. Lo veo desaparecer monte arriba y me asombra no sólo su fuerza física —la envidio también— sino su inocencia. Sonríe mientras avanza entre tierra mojada, piedras, ramas y frondoso follaje. ¿Y me habla de miedo a la muerte?

—Vas a sufrir un infarto, quédate de pie un minuto.

La ciudad tiene un aspecto diminuto e insignificante desde donde nos encontramos. Tan arriba en la montaña que cuando me siento en el suelo, tengo la sensación que la naturaleza salvaje me engulle, me aísla de todo los sonidos y voces que conozco. A solas. Me quedo pensando en que esa noción sobre la distancia emocional y física, mientras intento recuperar el aliento, empapada en sudor y sucia de tierra.

—Mira, se trata de algo simple —prosigue mi amigo— todos avanzamos a la carrera hacia el futuro. Nos da miedo el tiempo. Y el tiempo es la muerte, si lo miras así. De manera que escribimos, pintamos, queremos ser famosos. Nos ejercitamos para hacernos más fuertes. Todos corremos hacia la vida para no mirar a la muerte.

Me dejo caer en un montón de hojas secas, aun respirando entre estertores. Y pienso, allí, en medio de la soledad de esa montaña agreste y majestuosa, que P. tiene razón. La muerte está allí, desde el principio de la historia humana, sólo que por siglos, ha sido contada a la manera de cada sociedad y cada cultura. Y siempre es el tiempo, me digo contemplando la ciudad empequeñecida por la distancia, la silueta de mi amigo desdibujada entre los troncos de los árboles. Somos tan fugaces, diminutos, triviales en el gran devenir de las cosas. Somos pequeñas explosiones de vida en mitad de un Universo eterno y espléndido. Ese pensamiento puede hacerte sentir pequeño, mínimo, incluso insignificante. Y eso está bien, me digo a pesar del miedo que me produce. Es lo real.

El primer trabajo que se publicó alguna vez sobre el tema —el miedo a la muerte occidental, la conciencia de la fragilidad de nuestra especie y como asume eso la historia— lo publicó el historiador francés Philippe Ariès (1914–1984). Primero en un libro extensísimo y críptico llamado Historia de la muerte en occidente y después en una obra incluso mayor, titulada, de manera muy existencialista, El hombre ante la muerte. Por supuesto, no se trata de un tema nuevo, pero sí, de una óptica totalmente novedosa sobre ese terror subyacente a la mortalidad. En ambos trabajos, Ariès analiza y reflexiona sobre cómo la muerte se invisibilizó durante el siglo XX, como se ocultó y se disimuló con una obsesión por la belleza, una rápida carrera tecnológica y médica que vino a subvertir el pensamiento de la mortalidad en una ilusión de eternidad.

Se trata de un planteamiento importante: hasta el siglo XIX la muerte era un acto público, a la vista de cualquiera. Las ejecuciones se llevaban a cabo en plazas públicas, los cuerpos se pudrían ante la muchedumbre. En lo doméstico, las familias enteras velaban el cadáver del pariente difunto. Le vestían, le bañaban, le fotografiaban en un acto ritual tan antiguo como misterioso que parece ser muy similar de cultura en cultura. Pero entonces, la llegada del positivismo, la muerte filosófica de la inocencia sobre la fe y otras tantas ideas mecanicistas, transformaron a la muerte en algo que debía ocultarse. Una transición social que dejó al luto y el duelo convertidos en un mero comportamiento social.

—La muerte no está bien vista —me dice P. cuando le comento lo anterior— nadie quiere pensar en muerte, funerales, sepelios. Eso no existe, por tanto se disimula. Los libros se desbordan de buenos deseos, de mujeres y hombres extraordinarios e inmortales. Es como si la moral no permitiera que la muerte saliera de los límites de lo doméstico. E incluso allí, se esconde también.

En el libro Cementerio de animales, el escritor Stephen King pondera sobre ideas similares. En una novela donde la muerte es un personaje más, King analiza la fobia a la muerte moderna como una mirada cobarde a lo que somos y lo que deseamos ser. Los funerales repletos de comida, como parte de toda una idea pagana sobre la mortalidad y ese terror que inspira la simple idea de la enfermedad y la vejez. Una especie de vergüenza menor.

Esa mentalidad parece estar furiosamente reñida con el concepto del tiempo. Para la mayoría de los medios de comunicación y formas de arte, lo inmediato y lo instantáneo crean una especie de presente continuo que nadie entiende muy bien, pero del que todo disfrutamos. Nadie muere realmente en un mundo obsesionado por la vida. Y cuando lo hace, en medio de toda la cultura que olvida su propia mortalidad, se considera un fracaso o algo peor. Una ausencia que debe trivializarse. En el siglo XX la muerte se volvió tan innombrable, obscena y grosera como en otros lo fue el sexo y la sexualidad.

Para Ariès la muerte es una especie de trámite bochornoso en una sociedad niña. “La muerte en el hospital, erizado de tubos, está a punto de convertirse hoy en una imagen popular más aterradora que el traspasado o el esqueleto de la retórica macabra”, escribió, preocupado y desconcertado por la visión de la muerte de toda una cultura y una generación adolescente. Una idea muy semejante a la expuesta por el antropólogo Geoffrey Gorer (1905–1985), quien también se preocupó por esa cualidad casi dramática de la muerte en un siglo que decidió pensar que la mortalidad era algo irreal. “Hoy en día la muerte y el luto se tratan con el mismo pudor que los impulsos sexuales hace un siglo”, afirmó. En otras palabras, el tabú cambio de rostro. Y también lo hizo la forma como comprendemos nuestros temores y la vulnerabilidad de nuestra naturaleza.

—Quizás por ese motivo, el desnudo ahora es menos tabú que la fotografía de un fallecido —reflexiona P., que comienza a caminar de un lado a otro, impaciente por continuar el recorrido. Yo no lo estoy tanto.
—La muerte que es una especie de prejuicio.
—Estamos convencidos que morirse es un tema que se debe tocar en voz baja. Que cuando ocurre, es por un error médico o porque la edad lo hizo inevitable —dice P., que parece ha razonado mucho sobre el tema, lo que me sorprende— pero en realidad, morir es una idea diaria. Es como dices, el tiempo transcurriendo en una única dirección.

En una ocasión leí que la muerte se volvió obscena, tanto como hace cien años lo eran los pechos de una mujer. Y que esa noción sobre lo vergonzoso —lo que debe ocultarse— es una forma de comprender en qué dirección avanza nuestra sociedad.

Continuamos avanzando montaña arriba. Me caigo un par de veces más, lamento haber emprendido el recorrido, siento que literalmente los pulmones me van a estallar. Pero sigo avanzando, claro. No sólo porque no me queda más remedio, sino porque de pronto, siento una furiosa sensación de alegría, como si el irremediable cansancio, el dolor en el flato, las rodillas y piernas tensas, me recordaran que tan viva estoy, que tan fuerte puedo ser.

Como los Mayas, me digo, que llevaban a víctimas al sacrificio para declarar su amor a la vida, o así lo aseguraban. Ese temor a los Dioses que parecía asegurar la prosperidad y la capacidad bélica. Y el tiempo en medio de todo eso. La observación obsesiva de los astros y de las transformaciones. Tratando de entender hacia dónde nos conduce el simple ciclo natural que nos une a todas las cosas. Qué ocurre cuando formamos parte de esa transición inevitable hacia la caída en el silencio definitivo.

Finalmente, alcanzo el siguiente claro y según P., que me mira con una sonrisa orgullosa, eso es todo un logro para alguien que está en tan terrible condición física como la mía. Me río cuando lo dice y me quedo de pie, balanceándose un poco desorientada y pensando que de pronto, la muerte no puede parecerme más lejana. Soy una mujer joven, aún saludable —eso creo, al menos— y estoy consciente de todas las cosas que me rodean, de mi misma. ¿La muerte es real ahora mismo?

—Siempre lo es —dice P. cuando se lo planteo, con una de sus sonrisas traviesas— mira, la cosa es simple. Ahora el siglo XXI se mira así mismo con inocencia: Hay un montón de películas, series y libros sobre la muerte. Comienza a dejar de ser tabú. O mejor dicho, quiere entenderla. Lo necesita. Lo hace con cierta esperanza que ese conocimiento le brinde paz. Pero no lo logra. Seguimos obsesionados con la juventud —que es una manera de contar el tiempo— y con la vejez. Y con la atemporalidad. Con todas las cosas que evitan la muerte pueda suceder o así lo creemos. Una confesión que aún nos asusta lo suficiente como para mitificarla, temerla, alejarnos de ella.

La escritora Piedad Bonett escribió en el 2013 el libro Lo que no tiene nombre para contar el suicidio de su hijo. Una narración durísima y descarnada sobre una pérdida que no se espera y mucho menos puede predecirse. Padres huérfanos, una soledad absoluta que sustituyó a la muerte. Una visión sobre la destrucción de las esperanzas que pareció concebir a la muerte más allá de la melancolía y el dolor. Un vacío realista, abrumador y angustioso. Antes de ella, en el 2005 la periodista estadounidense Joan Didion público El año del pensamiento mágico en el que narraba el luto por viudez. Y como Bonett mira la muerte como algo de todos los días. Como un proceso equivalente a un pequeño cataclismo que puede ocurrir en cualquier momento. Y de nuevo, habla —aunque no directamente— del tiempo, de esa agonía humana y apabullante que nos deja sin voz y sin forma. Una mirada descarnada a lo que parece ser el núcleo de esa incertidumbre constante: “La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías acaba de repente”. Y es el tiempo y es la muerte. Y es la forma como percibimos ese sufrimiento diario, pequeño y abismal. De todos los días.

Me quedo de pie entre los árboles, pensando en que nunca estaré tan viva como ahora y que quizás, después esa idea me parezca una ilusión y un temor por su simplicidad. Y me hace sonreír esa expectativa, la muerte siempre junto a la vida. La belleza de las pequeñas cosas intrascendentes. El tiempo transcurriendo en una única dirección: la que cuenta mi historia.

Una noción simple de lo que somos y lo que queremos ser. O incluso algo más simple: hacia dónde nos dirigimos en este transitar de ideas que nos permite no enloquecer. Al menos no tanto, me digo, mientras comienzo a descender la montaña a trompicones. Una forma de conservar la esperanza y la fe.

C’est la vie.

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