De profesión, arquero suplente

Llegué al club hace veintidós años. Era un pibe. Ojo, tampoco es que hoy me siento un vejestorio. A pesar del paso del tiempo, sigo vigente, sigo creyéndome joven. Esas son las cosas que tiene el fútbol que nunca terminas de entender o de aceptar. Cuando vos te crees formado, con plena capacidad de tomar decisiones, con ganas de comerte la cancha, con la fuerza para llevarte al mundo por delante, resulta que sos un novato. Un pibe, sin historia, sin credenciales, que tiene que hacerse de abajo. Más tarde, durante el proceso de maduración, siempre suele haber o alguien que está mejor físicamente, o que por ventajas de la edad, o de la famosa experiencia, cuenta con las de ganar para llevarse el puesto. Y al final, ya estas demasiado grande, tenés que dejarle el lugar a los pibes. Es así, no hay otra. Dentro de ese siniestro esquema, los porteros, guardavallas, guardametas, o simplemente arqueros, somos una especie particular en del amplio género que es el fútbol. Eso siempre me hizo sentir especial. No es que no fuera uno más, debo reconocer que he sido parte a lo largo de mi carrera, afortunadamente, de grandes grupos humanos, jamás he presenciado vestuarios conflictivos, o las famosas camarillas, a pesar de que este es un club grande. El más grande, me permito afirmar. Por más que los títulos, su historia, su gente, o su estadio no lo sentencien con la claridad suficiente, por conocimiento de causa, me siento en condiciones de asegurarlo. Pocos conocen a este club por dentro, y por fuera de la manera que yo lo he podido hacer a lo largo de tantos años.

Con esto dejo en claro, quiero creer, que no guardo ningún tipo de rencor hacia nadie en particular. Ni hacia la dirigencia, representada por el honorable presidente que nos ha guiado durante estas más de dos décadas de gestión, ni mucho menos hacia los catorce técnicos que he tenido y a las ordenes de quienes me he puesto desde el primer día. En más de veinte años de carrera, me honra poder afirmar que no he tenido serias discusiones con ningún entrenador. Y eso que hemos tenido de todo por acá. Los hubo audaces, los hubo trabajadores, los hubo tácticos, los hubo estrategas, los hubo físicos, los hubo conservadores. Tuvimos técnicos gana-campeonatos, técnicos saca-puntos, de equipo grande, de equipo chico. He visto de todo. Y a cada uno de ellos creo, humildemente, haberme amoldado. Es un inmenso logro para mi poder decir que mi lugar nunca lo perdí.

Decía que el ser arquero es una tarea no convencional, no es para cualquiera. Tiene, como todo en la vida, su costado bueno y tiene también del otro. Para empezar, a la cancha entra solo uno, mientras que de los demás entran nada menos que diez. Y no me vengan con que el resto de los jugadores también tienen una sola posición porque no creo ser el único que haya visto a un lateral derecho jugar de volante o a un cinco replegarse para jugar de central. Ni hablar cuando un carrilero con despliegue y algo de velocidad termina jugando de puntero ante un esquema ofensivo. Entonces podemos convenir que las variantes aquí son mucho menores. Cuando sos arquero, sos arquero, y punto. Esto afecta no solo al equipo titular, sino que al plantel completo. Salvo contadas excepciones, suele haber cuatro, a lo sumo cinco incluyendo algún juvenil, hablando de un plantel de treinta o cuarenta profesionales. A los Mundiales van solo tres, mientras que de los mal llamados jugadores de campo —como si nosotros estuviéramos del lado de afuera de la línea de cal— la lista contiene el suculento número de veinte.

Así se sectoriza nuestra profesión, aunque el castigo comienza desde mucho antes. En los picados en el barrio, al gordo, al dueño de la pelota, al que con los pies no sabe mucho, lo mandan al arco. Entendamos que bastardeada se encuentra nuestra profesión si desde las raíces, desde que comenzamos a empaparnos de este maravilloso deporte, nuestro lugar lo ocupan los que molestan en la cancha. Como si bajo los tres palos, o entre dos piedras en medio de la calle, no fuera necesario alguien que sepa cómo hacer las cosas. Al arco va cualquiera; arquero volante; un gol cada uno. Contra eso debemos luchar, a esas creencias populares, a esos versos que se repiten atravesando generaciones, siempre fue dirigido y seguirá yendo, todo mi repudio.

Mi llegada al club se dio por una serie de casualidades. Yo no era de la zona, tampoco me reconocía hincha, no tenía demasiado contacto con esta realidad que hoy siento tan mía. Simplemente en un partido de inferiores donde habían ido a mirar al arquero del equipo rival, el cual prometía y mucho, debo reconocerlo, me tocó llevar a cabo un papel aceptable, modestia aparte. El hecho es que al pobre muchacho que tenía ya casi firmado el acuerdo, nuestro nueve le partió la tibia en tres partes al llegar exigidos a una pelota dividida, tras asistencia mía. No había sido un pase en realidad, más bien un rechazo que se dirigió, sin ser esa mi intención, al cajón cerca del área contraria. Una vez consumada la fatalidad, como habían viajado hasta ahí y les urgía ocupar la posición, los emisarios del club me llevaron sin tener que convencerme demasiado. Tenía dieciocho años.

A los pocos días firmé el contrato, me alquilaron un departamento y me vine a vivir a la ciudad. Sin proponérmelo siquiera, mi vida cambiaba por completo, de un día para el otro. Me sentía en las nubes, soñaba todas las noches con entrar a un estadio desbordante, llegar al circulo central, mirar hacia la hinchada con los brazos en alto, encarar sólo hacia el arco, sacar los rollos de papel desplegados por el área, y darles luego la espalda a esas miles de almas con un número uno gigante que les hiciera saber que ese arco sería defendido con uñas y dientes. Que se preocuparan por el resto, porque en nuestro campo, reinaría la calma.

Nunca pasó. No tuve la suerte de haber sido titular. En realidad nunca pude debutar en el primer equipo, pero siempre estuve ahí. Mi orgullo queda intacto habiéndome sabido a disposición. El fútbol y más en el primer nivel, es un deporte de alta competencia, de más está aclararlo. No llegan todos, de hecho llegan muy pocos en comparación con los que depositan sus sueños en el verde césped de alguna institución en cualquier rincón del país y hasta del mundo me animo a decir. Yo, a mi modo, llegué. Después el hecho de jugar más o menos, el hecho de jugar en sí, es otro cantar. Las razones fueron muchas y muy diversas. Cuando empecé, el equipo no tenía un arquero fijo o definido. Pensé que podía llegar a ser una ventaja y me vi con chances, pero me lesioné un tobillo en la pretemporada y corrí de atrás en la competencia por ver quien ocuparía el arco en el torneo siguiente. Por fortuna para el club, quien finalmente se quedó con el puesto, fue el mejor arquero de la historia del mismo, no dicho por mí esto sino por la mayoría de los hinchas. Diez años ininterrumpidos lo avalan, sumado a varios títulos cosechados incluyendo alguna definición por penales memorable y hasta el honor de haber sido citado a la selección en más de una oportunidad. Se fue del club siendo capitán e ídolo, siempre ha sido un referente para mí, fue un honor haber compartido vestuario con un jugador de su clase.

Su venta, sin embargo, me llegó en un mal momento. No me acostumbraba al hecho de no jugar nunca, y esa frustración me absorbía en todos los aspectos de mi vida cotidiana. El día que me llamó para decirme que había firmado con un equipo importante de Europa, yo me encontraba en el registro civil firmando también, pero los papeles del divorcio de mi primer mujer. Mi ánimo no era el óptimo y me costó mucho luchar nuevamente por demostrarle al técnico que podía confiar en mi. En otro momento de mi vida creo que lo hubiera convencido con mayor facilidad, pero esa vez no lo logré. Cuando compraron al arquero del eterno rival, creí que todo había terminado. Cometer semejante sacrilegio, solo por no confiar en alguien del riñón del club como yo, me pareció demasiado. De todos modos no dije nada y aguanté, como siempre. Pensé que tal vez sería bien vista mi actitud en caso que este personaje no archivase un buen desempeño y no lograra acallar los murmullos de la gente dispuesta a enrostrarle su pasado ante la primer adversidad.

No fue así. Su paso por el club, sin ser descollante, no fue para nada olvidable. Los años que estuvo no fue noticia, y con eso fue suficiente. Terminó cerrando su venta a un modesto equipo del exterior y a los hinchas les quedó un buen recuerdo. Después de su salida otra vez se abría la posibilidad, pero con dos factores clave sobre la mesa. Un arquerito de las inferiores estaba dando que hablar, e incluso me había ganado el puesto en varios partidos de Reserva, y a mi me empezaban a ver como que estaba grande. Treinta y dos años tenía nada más, no me sentía viejo, ni hoy siquiera, pero los rumores hablaban de que me jugaba en contra la larga inactividad. No haber debutado en Primera pasados los treinta parecía pesar más que haberme mantenido en el club después de tanto tiempo. Por mi parte, logré superar el bajón anímico y ver el lado positivo de las cosas. Entrenar para jugar, entrena cualquiera. Entrenar por las dudas, eso es sacrificio.

Ofertas no me han faltado, afortunadamente. Nunca se contactaron conmigo, pero porque siempre supe separar las cosas. Yo estaba ahí para atajar, para prepararme y estar a punto, para cuando llegaran a necesitarme. En el caso que alguien se interesara en mis servicios, debía contactarse con el club y no conmigo. Yo siempre tuve los papeles al día y no me parecía prudente andar coqueteando con otros equipos mientras mi contrato tuviera vigencia. Si el club avalaba algún tipo de negociación, me hubiera sentado con todo gusto a escuchar ofertas, pero no ocurrió. Comentarios me han llegado en varias ocasiones de gente muy cercana a la dirigencia, y tomaba como un buen gesto que no me consultaran. Eso quería decir que me querían con ellos, al fin y al cabo.

Hoy mi carrera llega a su fin. En unos días cumplo cuarenta años. Después de tanto tiempo, deberé comenzar una nueva profesión. No tengo nada decidido, aunque tengo varios proyectos en vista. Es con un inmenso dolor que anuncio mi alejamiento de las canchas de fútbol, aunque difícilmente me aleje de este deporte que me ha dado tanto y por el que he dejado todo. Me voy con la cabeza en alto, el orgullo intacto y la certeza de que no me queda nada más para dar. Siempre que he tenido la oportunidad, creí estar a la altura. Después las decisiones no las toma uno. Así son las cosas, nos guste o no. A partir de hoy, una parte de mi vida queda atrás. No más entrenamientos, no más vestuarios, no más concentraciones, no más listas de citación, no más bancos de suplentes. Hoy dejo de ser profesional. Jamás, hasta el día en que muera, dejaré de ser arquero.

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