Decodificando a Omar Little, un vengador gay en ‘The Wire’

El actor Michael K. Williams interpreta a Omar Little en la serie ‘The Wire’. Foto: HBO.

Antes de ver The Wire, ignoraba el «problema Baltimore» y su significación. Esta localidad de Maryland, Estados Unidos, se ubicó en el puesto número 19 del ranking de las 50 ciudades más violentas del mundo, según el informe elaborado en 2015 por el Consejo Ciudadano para la Defensa y Seguridad Pública y la Justicia Penal de México. En el mismo estudio, Caracas encabeza la lista con 3.946 homicidios. Baltimore llegó a los 343. La ciudad venezolana desde la que escribo, Barcelona, registró 334 asesinatos, de manera que los baltimorianos y los barceloneces podríamos vivir en el mismo mundo miserable y postergado. La resonancia mediática de Baltimore se ha intensificado en los últimos dos años por los casos de brutalidad policial y ejecuciones extrajudiciales de afroamericanos. Y en esas calles, pobladas de negros y bañadas de sangre, ocurre The Wire.

La serie fue una apuesta de HBO que se prolongó desde 2002 hasta 2008. Su estilo verista mereció el reconocimiento de la crítica, de los televidentes alrededor del globo e incluso de Barack Obama en sus tiempos de candidato fresco. El demócrata elogió el show y especialmente a uno de sus personajes: el ladrón Omar Little. «No es mi persona favorita, pero es un personaje fascinante», comentó sin arriesgar su corrección política, según lo recoge un blog del Chicago Tribune. The Wire desvela todas las tragedias de una población a través de la guerra contra las drogas: elimina la dicotomía entre policías y delincuentes, ataca la mentira de las estadísticas, desnuda a los corruptos, culpa al sistema educativo, escupe sobre el periodismo, atiende a aquellos que «no son necesarios para la economía», como lo expone su creador, David Simon, quien trabajó como periodista de sucesos en el periódico local de Baltimore.

Todos los delincuentes tienen un perfil y un contexto impresionante en The Wire, pero lo que resulta atractivo de Omar es que sigue su propio código. A Omar Devon Little (interpretado por Michael K. Williams) lo conocemos muy pronto en la serie, aunque su mejor presentación sucede en la segunda temporada, mientras testifica en una corte. Omar vive de asaltar a las bandas de narcotraficantes. Los dealers de las esquinas le temen. Se ha ganado el respeto en el inframundo de la droga descargando sin piedad sus armas largas contra los que se resisten al robo de alijos y billetes. Nunca apunta siquiera a un ciudadano. No mata ni roba a espectadores ni contribuyentes. Lleva a su abuela a misa una vez al mes. Mantiene relaciones homosexuales monogámicas, en convivencia doméstica. Esto último llama la atención de la autora Hillary Robbie (2009), porque «presenta la idea de que los hombres negros pueden ser gays, masculinos, y masculinos sin ser puramente sexuales».

La virilidad de Omar se construye desde la fuerza, desde su inclinación por resolver los conflictos usando la violencia, las armas y, en particular, inflingiendo dolor con disparos a quemarropa en las rodillas, sometiendo a sus víctimas con una frialdad que solo puede asociarse con la idea de un macho sin sentimientos. En las calles se le considera una figura mítica. Apenas se le oye silbando la canción infantil «The farmer in the dell», todos corren despavoridos a ocultarse. Su hombría malandra no se lesiona ni siquiera al vivir su homosexualidad de manera pública y abierta, porque aquello lo compensa con bravura para herir y matar. Las tres parejas que tiene a lo largo de la serie no son sus socios, sino sus subalternos en el negocio del saqueo. Se les denigra como las «perras» de Omar, al estar sometidos a su autoridad.

La belleza profanada

La primera vez que aparece, Omar vigila (y posteriormente asalta) una de las caletas de Avon Barksdale, narco y objetivo principal de la Policía de Baltimore. Lo asiste en este asalto un muchacho a quien parece estar iniciando en el arte del despojo, en una relación erastés-erómeno. Su carácter de principiante los pone en el radar de la organización de los Barksdale, pues el jovencito deja escapar el nombre de Omar en plena acción delictiva. Brandon, el efebo, recibe toda la atención de Omar. Lo besa en público y le acaricia los rizos bajo el sol. Viven juntos. En una escena en la que Brandon maldice, Omar lo calla admirando la hermosura de sus labios. La «profanación de la belleza de Brandon», como lo interpreta Eric Beck (2009), motiva luego cierto tipo de venganza de Omar contra Barksdale.

El conflicto con Barksdale comienza a escalar cuando Avon pone precio a la cabeza de Omar y lo dobla al enterarse de que es gay y tuvo una cohorte de «perras» en la cárcel. Explica Flore Coulouma (2012) que «Avon y su grupo saben que la homosexualidad en prisión no necesariamente refleja las preferencias sexuales, pero esencialmente denota relaciones de poder» y añade que «ser robado por un hombre gay perturba todo su sistema ideológico y los convertirá en el hazmerreír de sus pares».

Los de Barksdale, consagrados a la restitución del honor de su banda, aprovechan que el joven Brandon es un blanco débil, lo secuestran, lo torturan, lo queman con cigarros, destrozan su boca y le extraen un ojo, y exhiben su cadáver en el capó de un carro, a la vista del vecindario. Omar llora sobre el cuerpo de Brandon en la morgue. Y un grito de pena sella el quiebre de su hombría. La tortura ofende su código y el fracaso en cuanto a la protección de su amado lo hace vulnerable e iracundo.

Lo que entra y sale de la boca

En The Wire se insiste en la idea del «juego». La industria del narcotráfico y la guerra contra las drogas constituyen el «juego», que es el poder en constante traslación en distintos niveles. Del «juego» se espera todo. El «juego» se concibe como una fatalidad autorregulada. La soplonería merece las máximas sanciones porque interrumpe o acelera la muerte y la cárcel, los dos finales posibles para los jugadores. El degradante acto de soplar amenaza la integridad del «juego» . Un soplón traiciona el «juego» y renuncia así a la dinámica en cuyo eje normativo se hace hombre. Por eso debe ser aniquilado. Se trata de una visión de lealtad masculina que ha sido ampliamente explorada y relacionada con los hombres delincuentes. En La ciudad y los perros, Vargas Llosa (2005) relata la tragedia del Círculo, un grupo de estudiantes del Colegio Militar Leoncio Prado dedicados a robar, beber, jugar cartas, masturbarse en grupo, abusar sexualmente de animales y otras actividades castigadas en el recinto. El personaje del Jaguar justifica la muerte de un soplón porque «es lo más asqueroso que puede ser un hombre» y «no hay nada más bajo y repugnante». La misma visión prevalece en la organización de Barksdale.

El amor por su muchacho empuja a Omar a colaborar con la policía en la resolución del asesinato de un testigo del Estado, cometido por un soldado de Barksdale. Omar se convierte en un snitcher (soplón) y enfurece a los narcos. ¿Cómo es posible que traicione el «juego» ? Lo explica así Xavier Dujardin (2013): «El código de Omar no le es impuesto por ninguna organización. Omar opera exitosamente fuera del poderío de las instituciones». Según Dujardin, Omar representa una crítica anti-institucional y subvierte el poder de la policía, los políticos y los gángsteres, y las ideas establecidas sobre género y sexualidad. De hecho, en la serie se sugiere que su testimonio en la corte no es veraz, pero tal desafío al poder judicial no le trae consecuencias porque las autoridades carecen de su conocimiento y capacidad de vigilancia. La escena de la audiencia ilustra el discurso encarnado por Omar: un delincuente que ridiculiza el ejercicio de la justicia y lo rebaja a un apéndice del «juego» . «Yo tengo una pistola. Usted tiene un portafolio», le dice al abogado corrupto que lo interpela.

Para hacerse hombre continuamente dentro del «juego» , la oralidad es tan importante como la fuerza. Omar no solo delata al asesino en la corte, sino que a la par emprende una cacería sangrienta hasta llegarle cerca al mismo Avon Barksdale. La determinación del vengador los obliga a dialogar, a negociar una tregua. Como el compromiso o la lealtad masculina se materializa a través de la palabra, todas las acciones orales parecen importantes: todo lo que entra y sale de la boca. Así, a Omar se le sanciona por ser un snitcher, pero también por ser un cocksucker (mamagüevo, chupapollas), un término de la jerga gansteril que funciona como una condena específica de la felación más que de la homosexualidad en sí misma, como sería faggot (marico o maricón), pocas veces usado en la serie.

Un ciclo de miserias

Las esquinas de Baltimore amanecen en absoluta calma los domingos. Los gángsteres acuerdan no atacarse entre sí durante el día de servicio cristiano, cuando desfilan por las calles casi todas las mujeres y los niños. La violación de esta «tregua del domingo», en perjuicio de Omar y su abuela, evidencia la vocación protectora del malandro. Un soldado de Barksdale abre fuego contra Omar y una bala atraviesa el sombrero de la anciana que lo crió. El mismo Avon Barksdale reprende la imprudencia de los suyos y ordena comprar un nuevo sombrero a la señora.

Omar demuestra en toda la serie una proclividad a reafirmar la vigencia de su hombría protegiendo o vengando a quienes ama. Le ocurre más tarde también con Butchie, su confidente, un hombre ciego que regenta un bar. Al ser asesinado por la sanguinaria cuadrilla de Marlo Stanfield, Omar decide volver a Baltimore después de un retiro con su novio Renaldo en Puerto Rico, solo con el propósito de hacer pagar a los ejecutores de Butchie. La venganza parece ser su transacción con unas estructuras de poder hostiles.

La desarticulación de los Barksdale y el ascenso de Marlo Stanfield al tope del «juego» marcan la decadencia definitiva de todo Baltimore, incluyendo el desvanecimiento del mito «omariano». Apegado su código, a Omar no le importa lo que roba sino a quién. «¿Cómo esperas correr con los lobos de noche si pasas el día peleando con los cachorros?», se plantea. Marlo, el sucesor de Avon en el trono de la droga, lidera todo el negocio y mueve todo el dinero. Naturalmente, pasa a ser la nueva víctima de los asaltos. Pero Marlo pertenece a una generación joven, más despiadada y resuelta a matar o morir. Beck (2009) observa que Omar «responde a las provocaciones masculinas y de guerrero callejero de Marlo con sus propias provocaciones machistas y territoriales». Tras el asesinato de Butchie, Omar comienza a eliminar a los soldados de Marlo y lo reta a un duelo callejero hombre a hombre que no llega a consumarse por la inesperada muerte del eterno vengador gay.

A Omar lo mata un niño jíbaro de las esquinas, mismo niño que jugaba a ser como él con una escopeta de palo. Su muerte, según Dujardin (2013), «es un poderoso símbolo de la caída ante la lógica institucional», pues su actitud suprime su código y lo iguala con los procederes de Marlo Stanfield y de la policía que ataca las esquinas como parte de la absurda guerra antinarcóticos.

Pero en Baltimore las miserias son cíclicas. Un nuevo Omar nace en la persona de Michael, adolescente abusado por su padrastro, miembro de la banda de sicarios de Marlo. Porque Baltimore abraza el malvivir como única posibilidad. No hay esperanza. No hay salvación. Omar es la amarga y poética torcedura de todos los órdenes que rigen los lugares fallidos como Baltimore.

Referencias:

Beck, Erick (2009). Respecting the middle: The Wire’s Omar Little as neoliberal subjectivity.

Coulouma, Flore (2012). “That’s the game yo”: Stereotype and identity.

Dujardin, Xavier (2013). The Wire: Serial storytelling and institutional criticism. A case of study of Omar Little.

Robbie, Hillary (2009). The subversion of heteronormative assumptions in HBO’s TheWire.

Vargas Llosa, Mario (2005). La ciudad y los perros.