Del bisturí, el Botox y otros temas inquietantes: La eterna y forzada juventud

Hace un par de días, caminaba por el pasillo de un centro comercial, cuando una mujer que me pareció no conocía de ninguna parte me saludó con un gesto muy cariñoso. Desconcertada, me detuve y esperé que se acercara: era una mujer de edad indefinible —¿treinta o cuarenta años quizás?— y de rostro tenso por lo que supuse serían una serie de cirugías estéticas. Solo cuando me tomó de las manos y soltó una carcajada, la reconocí: se trataba de una de mis compañeras de clase del colegio. La última vez que la había visto era una muchacha de rostro regordete y amable, nada parecido al de esta beldad impecable que me sonreía casi con esfuerzo.

—¡Estás hermosa! —comentó. Me dedicó una mirada apreciativa, supongo notando mi cabello desordenado y mis kilos de más. Luego me rozó las mejillas con los dedos. —Tienes alguna que otra arruga, pero eso lo arregla el Botox en una tarde.

No supe que responder a eso —¿habrá alguna respuesta?— de manera que me limité a sonreír, incómoda. Sentí una nítida —quizás exagerada— sensación de pánico ante la mención del tratamiento estético de moda para luchar contra los inevitables rasgos de la edad. Había conocido a esta mujer en la adolescencia: Tendría como yo, unos treinta y pocos años. Incluso en los rígidos estándares sobre juventud y vejez, era una mujer joven. Y aún así, había empezado esa lucha sorda y silenciosa contra la edad. La miré disimuladamente, mientras recordábamos los años de la escuela entre bromas y chistes. Con el cabello repeinado, la piel extrañamente bulbosa y los labios hinchados parecía una versión distorsionada de si misma. Pero ella se sentía satisfecha: me comentó varias veces el tiempo y dinero que había «invertido en belleza» y la sensación de «seguridad» que le brindaba sentir que «aún» era joven en el país donde cierto tipo de estética es un valor cultural que se exige.

—En este país se envejece muy rápido —me explicó— y esa vejez del descuido no se perdona.

Me mordí la lengua para evitar responder lo que pensé al escuchar su comentario. La vejez no se detiene, tampoco se disimula y ese pensamiento es una de las tantas utopías que el comercio de la belleza estereotipo insiste en vender. El mito de la juventud gracias al bisturí es solo eso: Un mito. La juventud —la que se vende como el llamado «divino tesoro»— es tan fugaz como evidente, de manera que imitarla —interpretarla— es una de esas intenciones poco sustanciales de una sociedad de consumo acostumbrada al producto inmediato. Porque en realidad, la cirugía estética —o la necesidad de someterse a ella— es solo un síntoma de toda una visión deformada sobre la mujer, la vejez y la belleza. Una de las piezas que forman parte de una compleja maraña de ideas culturales que sostienen esa concepción de la estética como elemento cultural.

De la arruga a la cana: Envejecer frente al espejo de la cultura

Crecí en una familia de mujeres arrugadas, que se arrugan y disfrutan sus arrugas. También, crecí rodeada de muchas canosas: Mujeres que llevan el cabello sin teñir, que muestran el cabello blanco como una banda de honor a la edad y a la experiencia. De manera que nunca me obsesioné con los cambios físicos que supone la vejez. Por supuesto, aún soy muy joven como para que el tema me preocupé realmente, pero no representa tampoco una idea que me inquiete: En mi mente, la vejez es un proceso que se lleva con cierta elegancia y buen humor. Tampoco me produce tanta inquietud como a otras tantas mujeres de mi generación y las que me llevan unos cuantos años por delante. ¿Y quién las puede culpar? Vivimos en una sociedad donde nadie envejece —o al menos, esa es la idea en la que se insiste— y que muestra una eterna juventud ideal que creo no llega a comprenderse muy bien pero que se acepta como necesaria. Hablo de la eterna adolescencia que se vende y se promociona en todas partes: la piel tersa y fresca, el cuerpo flexible y fuerte. Somos una sociedad consumista y el primer bien que compramos es la imagen deseada: esa que se muestra como imprescindible y quizás como parte de una idea cultural inevitable.

Pero como decía, yo crecí sin tenerle miedo a las arrugas y eso hace una diferencia. Una muy pequeña, debo admitir, porque a pesar de mi educación, soy hija de una cultura que venera un tipo de belleza que muy pocos poseen. Y es un prejuicio que crea una forma muy definida de mirarse y analizarse así mismo, de interpretar tu cuerpo, tu imagen y tu edad a través de toda una serie de mensajes sociales y estéticos que pocas veces puedes manejar de manera correcta.

Mi profesor de lógica, descreído y cínico, insistía que la sociedad es perpetuamente joven y necia. Recuerdo en una ocasión en que sostuvo un debate dialéctico con una alumna que insistía que el estereotipo de belleza puede definir una sociedad y que por supuesto, la cirugía estética es otra manera de construir un concepto sobre el tema.

—La cirugía estética sólo es una herramienta, como lo es el tatuaje y el abalorio personal en algunas tribus primitivas. No tiene nada de reprobable: Todos deseamos ser hermosos, y los símbolos de belleza son inevitables —explicó la alumna. El profesor A. la escuchó con una media sonrisa socarrona en los labios.

—Por supuesto que no tiene nada de reprobable: la libertad personal es una idea que apoyo —dijo por último— pero la definición del ser humano a través de la belleza, solo indica que hay estratos de esa definición. Que hay algunos pocos afortunados que son hermosos y admirados, y otros tantos que no lo son.

—La estratificación cultural es inevitable —adujo la muchacha.

Me sobresaltó su comentario, pero aún más, que pensé en todas las veces que me había producido verdadera angustia no parecerme a las mujeres de las portadas de revista o a las actrices de moda. Una sensación de desamparo, de no pertenecer a ninguna parte, de encontrarme al margen de lo realmente aceptable. ¿Qué tanto puede pesar una idea semejante en la sociedad? ¿Que tanto se puede parecer a un prejuicio?

—Puede serlo, pero la insistencia en crear cánones aceptables, es una deformación de la idea de cultura —respondió el profesor. Un silencio tenso y preocupado llenó el salón y supe que la diatriba estaba preocupando a más de uno de los presentes. Y es que es inevitable pensar en los límites de los aceptable, de lo que te empuja de manera sutil hacia un «deber ser» insustancial y desconocido. Soy como ente individual pero a la vez, solo reflejo lo que la sociedad espera de mi, la cultura que me dibuja y me indica la estética que debe ser parte de mi percepción personal. ¿Que tan válido es eso? —La belleza es una idea que conjuga toda una serie de pareceres y conclusiones sobre lo aceptable, lo exitoso, lo deseable, lo que se aspira. Y sí, es natural que exista un ideal cultural. Pero cuando la cultura empuja a los individuos a calzar en esa visión, algo comienza a deformarse por el peso de la imposición, por la necesidad de «ser» a la manera que la sociedad te define.

El profesor se acercó al pizarrón. Con un gesto firme, dibujó un circulo y en su interior dibujó la palabra «belleza». Luego, escribió fuera «fealdad». El circulo original me pareció muy pequeño y poco representativo en relación al resto del pizarrón, árido y abstracto. Como la idea que intentaba representar.

—Toda sociedad tiene su propia definición de lo bello y eso es un hecho —explicó—, pero la búsqueda e imposición de esa belleza deforma la misma idea de su existencia. La obsesión por la estética, es solo una manera de afirmar la existencia de verdades absolutas, de limitar el aspecto natural del hombre a líneas de prejuicio en el que casi nadie encaja. O no puede encajar, de cualquier manera. No hay una manera real que la belleza pueda definirse, pero al contrario, lo que no lo es siempre parece ser muy evidente.

Pensé en ese alarmante concepto durante semanas. Recuerdo que por entonces, hace seis o siete años atrás, hacía furor los labios gruesos: casi todas mis amigas e incluso una que otra pariente, decidieron recibir una inyección de colágeno para obtener una boca sensual. O al menos, esa fue su intención. La gran mayoría tuvo resultados dispares y además, lamentó haberse sometido a un procedimiento médico que les provocó verdadera incomodidad por meses enteros. ¿Lo más extraño? Muchas se realizaron el procedimiento de nuevo cuando los resultados del primero dejaron de ser visibles. Había una necesidad real de obtener esa cualidad de belleza evidente, esa característica culturalmente deseable, que supera el simple sentido común. Más de una vez, miré los labios gruesos y antinaturales de alguna modelo o incluso una conocida, cuestionando que tanto puedes desear crear una imagen de ti misma que coincida con el idea popular. Y la respuesta siempre me produjo escalofríos: la belleza se desea y se obtiene a cualquier medio.

La pequeña tragedia de la belleza

Nadie quiere envejecer. Y eso es una idea histórica, mucho más antigua y persistente que cualquier otra. Nadie quiere admitir que perdió la frescura y fuerza de la juventud, que inevitablemente su cuerpo muestra de manera visible el paso del tiempo. Somos una sociedad adolescente, una cultura niña que se interpreta así misma en símbolos de estatus y poder, que se analiza constantemente en cánones y percepciones irreales pero que se aceptan como válidos. ¿La inevitable consecuencia? Esa sensación de fugaz reverencia a la juventud y su belleza. Una especie de ansiedad espiritual por perder lo que apenas se comprende. Somos parte de un presente continuo que solo refleja ciertas ideas sobre nosotros mismos, que es incapaz de abarcar la complejidad de la mente humana. Y quizás de esa simplificación nace el prejuicio y el ideal.

Lo más sorprendente ha sido descubrir, a medida que transcurre el tiempo, que la belleza, la juventud y la delgadez, son conceptos que parecen distorsionarse para crear algo tan confuso como turbio. No hablamos ya de un tema de género, mucho menos de una idea concisa que pueda considerarse «dañina» por sí misma. En realidad, la línea que divide todos los planteamientos sobre la estética es tan difusa como inquietante: No existe una definición sobre lo «bueno» o lo «malo». Y eso hace que esa búsqueda de la belleza sea parte de una idea que nos supera, no solo al interpretarla sino al intentar comprenderla.

Durante los últimos meses, el tema se ha debatido con frecuencia, sobre todo debido a la cientos de pacientes convertidos en víctimas que padecen las consecuencias de procedimientos estéticos fraudulentos. Una y otras vez, las historias de mutilaciones y muertes debido al uso de biopolímeros y sus variantes industriales —Biogel, Metacrilato— muestran el lado inquietante de la búsqueda del ideal estético. Resulta perturbador que en todos los relatos que he leído y escuchado sobre el tema, el paciente admite una especie de «culpabilidad» tangencial: la belleza como necesidad estética, por encima incluso de la necesidad de conservar la salud. En una de las historias que consulté para escribir este artículo, una de las pacientes —de escasísimos veinte años— explicaba que acudió a un «experto» —que resultó no tener ninguna credencial médica— porque «necesitaba tener nalgas de mujer bella». La frase me dejó sin palabras: parece resumir la obsesión nacional por la estética. Pero no todo es tan simple: porque mientras las víctimas siguen sufriendo —y algunas muriendo— por la cultura que insiste en un ideal inalcanzable, la consecuencia se lamenta pero la causa no se analiza. ¿Qué lleva a una mujer o a un hombre a permitir se le realice un procedimiento médico dudoso para lograr un tipo de belleza idealizada? La respuesta no está por supuesto, en lo aparente, sino en esa visión mucho más profunda de la cultura que insiste y venera lo que la estética propone como aceptable e incluso como real.

Mi amiga se despide con un abrazo rápido y amable. Luego, sonríe otra vez. Una pequeña arruga —un pliegue de piel mínimo— se dibuja en la comisura de los labios. Y noto que ella levanta las manos para cubrirse las mejillas, casi en un gesto reflejo. Me dedica una rápida mirada, preocupada. Seguramente se pregunta si advertí su gesto, la aparente «imperfección» que la atormenta. Disimulo lo mejor que puedo haber notado su angustia, y le aseguro que la llamaré para reunirnos de nuevo, que volveremos a vernos en pocas semanas. La veo alejarse, esbelta, hermosa. Pero también tensa y un poco trágica. Y no dejo de preguntarme casi obsesivamente, como nos miramos unos a otros, como nos definimos a través de conceptos tan amplios como carentes de sentido. Y hasta que punto esa definición —visión— es tan dura como cruel.

Un mundo que se mira así mismo a través de los prejuicios e incluso, su propia manera de definir su identidad.

C’est la vie.