Desapego

Cuando no está sucediendo lo que quieres, es hora de dejar ir.

La carretera que conecta Guanajuato con San Miguel de Allende en el corazón de México es una de las rutas más dóciles que haya recorrido a lo largo de mis 27 años. A comparación del año pasado, cuando visité por primera vez esa ruta del Bajío, esta vez tuve el placer de disfrutar el viaje como copiloto. El cielo cobraba un potente azul celeste, que se expandía con la limpieza del aire semi-desértico que predominaba en las colinas. Es uno de esos paisajes que la mente anhela, porque puede perderse en el horizonte antes de volver a la realidad.

Carretera San Miguel de Allende — Guanajuato, México

Fue justo allí cuando tuve tiempo de pensar en los últimos días, en el por qué de aquél recorrido que acababa. Una semana antes volaba a la ciudad de León para un asunto de trabajo: una producción de video para una empresa de calzado. Era la primera vez que un trabajo me hacía viajar, que pagaba por los viáticos y en el que yo era mi propio jefe. Acompañado de mi socia, la aventura de haber conseguido nuestro primer cliente para nuestra recién fundada empresa de comercio electrónico se volvía cada vez más real.

Todo comenzó sin que me diera cuenta. La que entonces era solamente mi mejor amiga me llamó por teléfono para decirme que había asistido a un curso de start-ups y había encontrado una persona interesada en el servicio. Discretamente me pedía que me uniera para hacer el trabajo juntos. Nos reunimos con él y creyó de inmediato en nuestra mancuerna. Los incrédulos éramos nosotros. Yo llevaba desempleado más de un año, y ella recién terminó su contrato con una empresa mayorista de sillas de oficina. La promesa que hicimos fue crear una tienda en línea desde cero en tres meses. El reloj de arena se volteó y los granos comenzaron a caer lentos pero seguros.

A todo esto, ninguno de los dos es experto en el tema. Somos graduados de comunicación, ella experta en marketing digital, yo especializado en periodismo y audiovisual. Su antiguo jefe la instruyó en el arte de Magento y yo solamente tuve que extender la mano para salir del hoyo. No estaba haciendo nada realmente comprometedor, pero tenía unas ganas terribles de hacer ALGO. Su confianza en el proyecto me contagió a decir que sí. Comenzamos a apostar: si nos aceptan el proyecto, nos asociamos.

Al día siguiente nos confirmaron que en efecto, estaríamos dedicando los siguientes tres meses a crear una página en línea. Habíamos hecho ya un plan de negocios, la idea era contratar freelancers en cada área para conseguir profesionales indpendientes para conseguir un precio más accesible por un único proyecto. Nosotros nos encargaríamos de las complicaciones.

Una vez cerrado el trato, otro cliente se acercó a nosotros. Apostamos de nuevo: si se cierra, invertimos en la imagen de nuestra empresa. Una vez más, a la semana estábamos envueltos en un trato de un video mensual por un año. En un plazo de mes y medio conseguimos dos proyectos que podían sustentar los siguientes seis meses.

Me sentía agobiado. Unas semanas antes apenas resolvía escribir críticas de cine esporádicas, atender a eventos y comenzar mi trabajo como programador de un Festival. Nada redituable. Y ahora contaba con salario. Me sentía orgulloso pero a la vez avergonzado de que, de no haber sido por mi socia, jamás habría conseguido una oportunidad así. Habría seguido cavando con las manos si no hubiera llegado ella con un bulldozer.

Pero me entregué a ese proyecto, porque sé que ninguno de los dos ve una empresa como un grillete. Incluso nuestro plan sigue siendo tan flexible que da oportunidad de que si cualquiera de los dos consigue una oportunidad de posgrado, pondríamos el proyecto en hibernación.

Aún así, me agobiaba no estar preparado. Me agobiaba decir mentiras blancas para lograr los acuerdos. Sentía un peso increíble en la espalda de saber que teníamos que ideárnoslas para salir adelante. De pronto ya no era un ni-ni blogger. Era un Project Manager de nuevo. De mi propia empresa. Que estaba funcionando.

Dentro del plan de trabajo de los tres meses incluimos un video institucional (así es, cerramos un trato que incluía identidad gráfica, página web, fotografía, video corporativo y mercadotecnia digital en el primer intento… ¡miedo!). Sin embargo, por mucho estrés que me generaba pensar que la responsabilidad estaba en mis manos, encontré una sensación de bienestar al saber que lo que ofrecía estaba aprobado por mis estándares. Que al fin, yo decidía cuando algo estaba bien hecho. Porque eso bien hecho era completamente mi responsabilidad. Una sensación increíble.

Así llegó el momento de viajar a León, a filmar el video corporativo. He sido productor y guionista de cortometrajes, pero hace más de cinco años que no manejaba una cámara. El presupuesto nos ayudó a conseguir equipo profesional y hacer tomas que funcionaban. Aún con esa seguridad detrás, no era suficiente para sentirme como lo que era: un empresario haciendo su trabajo. Me sentía todavía perseguido por mis miedos estudiantiles: ¿lo estoy haciendo bien? Me pasé los días previos a la grabación pensando en los peores escenarios; el momento en que se descubría que no eramos lo habíamos prometido.

La vida siempre está en equilibrio.

Ese cansancio de cuidar algo que parece estar a punto de colapsar pero de alguna forma continua en equilibrio. Así ha sido cada vez que me veo ante una tarea: esperar que caiga una avalancha, cuando en realidad es un día de sol. Es ese cuidado extra que nos inculcaron a la clase media. De siempre tener un nudo en la espalda como garantía de preparación, de que estás listo para el impacto. Que innegablemente vas a fracasar y que debes tener un colchón, y ese colchón es tu espalda enfurruñada y tu entrecejo fruncido.

Desde el momento en que comenzamos esta empresa, he tenido la sensación de que las cosas son demasiado buenas para ser verdad. Pero ahora me doy cuenta que había una razón por la que yo permanecía sin trabajo, pasando la vida cool de escritor con pocos compromisos: estaba esperando tener un trabajo. Uno de oficina, que te diera un salario seguro, días de vacaciones, un horario. Aunque estaba agusto trabajando por mi cuenta, muy dentro seguía esperando ese turno que jamás iba a llegar. La vida me había puesto frente a mi oportunidad, y creo que la acepté mucho antes de entenderla.

Estábamos haciendo las cosas bien. Muy bien, en realidad. Y eso era algo que no me atrevía a aceptar.

Después de estar asustado del fracaso, después que mi conciencia se cansara de repetir el cuento de Pedro y el Lobo, en ese espacio de claridad entre las nubes de la carretera me conecté con una idea liberadora: puedo dejar ir el miedo.

El miedo al fracaso, a no ser lo suficientemente bueno, a ser ingenuo, a nunca emprender. Todo eso se arregla cuando decides hacer ALGO. El desapego es romper la relación de dependencia con los sentimientos que nos mantienen en nuestra zona de confort. Me di cuenta también que el miedo es la madre de todas las demás sensaciones incómodas que vive el ser humano. Que si eres capaz de superarlo y confiar en tu potencial, podrás ver con una claridad inédita.

Vivía en una circunstancia que no funcionaba para mí. Y pronto me di cuenta que eso pasaba más de una vez al día. Cuando tenía hambre, cuando me irritaba la plática de alguien más, cuando alguien cometía un error, cuando las cosas no salían como quería. Una y otra vez en un mismo día sufrimos y le llamamos incomodidad para que no suene tan dramático. Pero es así: no encontramos la forma de liberarnos de las cosas que nos irritan.

La clave es dejar ir. Y hay que desapegarnos de las cosas más preciadas.

La comodidad.

El silencio.

La paz.

El alimento.

La felicidad.

El amor.

Los sueños.

Las expectativas.

El placer.

El éxito.

La razón.

La duda.

Las promesas.

Los ideales.

El miedo.

Hay que dejarlas ir porque no nos pertenecen. Hay que dejarlas ir porque no existen. Los pensamientos son una forma de energía que detona nuestra relación con el mundo. Son los pensamientos los que nos hacen apegarnos a esas ilusiones. Buscamos tener las manos tan llenas que no dejamos que algo nuevo, más grande, más sano, más auténtico llegue a nuestras vidas.

Algo nuevo llegó a mi vida. He estado negando mi rol dentro de este nuevo negocio. Pensándome poco capaz. Prometiéndome que en la siguiente tarea seré mejor. La realidad es que no lo sé. No sé si soy digno, capaz, inteligente, mejor o peor. Sólo se que cuando esas instrucciones llegan a mis manos, no puedo hacer otra cosa más que hacerlas lo mejor que pueda. Y si ese es también un ideal, “el mejor esfuerzo”, también lo dejo ir. Lo estoy dejando ir. Porque quizá… muy probablemente… es casi seguro… que la vida ya tiene una solución para todos mis problemas.

Sin nada a que sostenerse, todo es caída libre. Sin gravedad. Sin arriba ni abajo. Solamente dejando las manos abiertas a la vida, que no hace más que llenarlas.

En cuanto al proyecto, continúa. El video está quedando genial. Nuestra página estará lista pronto para abrirse y estamos más que listos para atender a la gente que necesite vender sus productos en internet. Servimos a todo México, buscando con cada cliente encontrar más amigos, más alianzas y más iluminación.

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