Diez ideas para (no desalentarse y orientarse al intentar) construir lectores

Como esto de hacer listas de diez cosas tiene mucho éxito —de las notas puestas aquí Diez ideas para construir lectores y Diez advertencias sobre libros están entre las más leídas— , ahí va otra que también son respuestas, mejoradas con el tiempo, a preguntas que me han hecho padres y educadores en distintas ocasiones y foros acerca de cómo acertar al dar o recomendar libros a los niños.

1) No hagan mucho caso a lo que digan las autoridades — políticos de turno y funcionarios anejos — sobre cuestiones relacionadas con la lectura. No les suele interesar lo mismo que a los ciudadanos de a pie. Lo explico un poco en Las medallas del directivo.

2) No hagan mucho caso a las estadísticas que se suelen dar sobre libros y lectores. Las estadísticas sirven para lo cuantitativo pero no para lo cualitativo. Lo explico un poco en Estadísticas sobre lectura y lectores.

3) No hagan mucho caso a los premios que se dan a libros y escritores. Al margen de que a veces acierten, y de que algunos puedan tener efectos colaterales benéficos, son un montaje comercial, político y mediático. Lo explico en un poco en No me gustan los premios literarios.

4) No busquen libros en los escaparates. Los mejores libros no suelen estar en ellos, más que por excepción y por casualidad. Evidentemente hay librerías y librerías, pero incluso así, los mismos libreros te lo explican, para sobrevivir deben vender…, incluso aquello que ellos mismos no recomendarían a nadie. Lo explico un poco en Qué libros comprar.

5) Piensen en qué clase de lector podemos y queremos ser, y en qué clase de lector queremos ayudar a ser al niño. Yo conozco lectores de grandes libros que son mala gente y tipos que no han leído ni leerán un libro en su vida que son excelentes personas. La pregunta de fondo es esta: ¿sabemos de verdad en qué consiste ser una persona culta? Después también compensa recordar que hay distintos tipos de lectores.

6) Tengan en cuenta que no siempre la escuela cumple bien su función de hacer lectores. Incluso se dan casos, yo conozco unos cuantos, en los que aleja de los buenos libros a los estudiantes. Explico algunos puntos sobre la cuestión en Sobre la enseñanza de la literatura y otros en Poner los cimientos.

7) Tengan en cuenta que los libros consagrados por el tiempo no tienen nada que demostrar a nadie y han probado de sobra su conexión con toda clase de lectores (que no eran más tontos y que, seguramente, sin móviles, tabletas y demás, eran gente que sabía prestar más y mejor atención que nosotros). Ya sé que a veces pueden ser difíciles, pero para esto están los educadores: para quitar obstáculos y hacer más fácil el camino. Vale la pena volver a leer las citas que reuní en Los libros que superan los límites del tiempo y en Obras que nos ponen a prueba.

8) Tengan en cuenta también que a los críticos o recomendadores de libros, y me incluyo, no siempre son de fiar. Por supuesto, es importante «hacer más caso a los juicios de quienes parece que han atendido con más cuidado», pero bien puede ocurrir que ellos y ustedes valoren los libros de distinto modo: que a ellos les gusten cosas que ustedes no les gustan y que a ustedes les gusten cosas que a ellos no les gusten. Porque, a la hora de recomendar un libro a un niño, no todo es cuestión de calidad literaria.

9) Llegados a este punto debo decirles que no han de confiar del todo en lo dicho en los párrafos anteriores. Aunque puedo asegurar que hay acumulada en ellos mucha experiencia, mía y de otros, a los libros se les aplica de lleno la ironía de Bernard Shaw sobre la regla de oro: nunca le hagas a nadie lo que quieres que te hagan a ti porque bien pudiera ser que tenga opiniones distintas a las tuyas.

10) En cambio debo decir que sí han de confiar en ustedes mismos. No me refiero, por supuesto, al manoseado «confía en tu corazón» con el que nos cansan las películas disneyanas, no. Me refiero a que, para dar o recomendar un libro a un niño, hay que conocer al libro y al niño, y ustedes conocen al niño: conocen lo más importante. A eso hay que añadirle un criterio chestertoniano: leer los libros infantiles y juveniles de los propios hijos y alumnos es algo de tanta importancia que lo tiene que hacer uno mismo aunque lo haga mal.