Dos buenas novelas cortas de guerra

Recientemente, con ocasión de una charla con universitarios, recordé dos extraordinarias novelas cortas de guerra: la conmovedora El sargento en la nieve, de Mario Rigoni, ambientada en el momento de la retirada del ejército italiano de Rusia, en 1943; y la intensa Paz, de Richard Bausch, ambientada en Italia, cerca de Cassino, en 1944.

En la primera, Mario Rigoni, entonces sargento mayor de un regimiento de alpinos, al mando de un pelotón de ametralladoras, narra con sencillez y claridad los hechos tan alborotados de una retirada en la que se suceden los enfrentamientos y las bajas. Dentro de la dureza de la situación no faltan toques de buen humor: un día que vuelve a su refugio, dice, «me preguntaba si encontraría correo y qué palabras nuevas debía escribir a mi novia. Pero resultaba que las palabras nuevas volvían a ser las viejas: besos, bien, amor, volveré. Me decía que si escribía: gato para Navidad, aceite para las armas, turno de vigilancia, Beppo, posiciones, teniente Moscioni, cabo Pintosi, alambradas, ella no entendería nada».

Lo más admirable, sin embargo, es el tono en el que todo se cuenta, lleno de respeto y humanidad, incluso en los momentos más dolorosos y conmovedores, como cuando habla del día en que murieron sus mejores amigos, el 26 de enero de 1943, y que, ahora, dice, junto con «muchísimos más duermen en los campos de grano y de amapolas y entre las hierbas floridas de la estepa, al lado de los viejos de las leyendas de Gógol y de Gorki». Además, asombra más todavía pensar que el autor comenzó a escribir estos recuerdos cuando estaba en un campo de concentración alemán, en 1944, y los terminó en 1947.

En la segunda, Richard Bausch cuenta el momento en el que una patrulla norteamericana de reconocimiento avanza por detrás del ejército alemán en retirada. Cuando repelen el ataque de un soldado alemán que mata a dos hombres, el sargento mata también, tal vez innecesariamente, a la mujer que lo acompaña. A continuación, el sargento ordena al cabo Marston y a los soldados Joyner y Asch, que, guiados por un italiano sospechoso al que han detenido, se adelanten y suban una colina para inspeccionar el terreno. La novela cuenta sólo esa noche: la marcha penosa de los cuatro hombres con un tiempo que va empeorando, el temor de los americanos a que el italiano les traicione y a que un francotirador les alcance; y, sobre todo, las discusiones agrias entre los propios soldados — el malhablado y provocador Joyner, el judío Asch y el cabo Marston — y sus consideraciones acerca de si han de denunciar o no a su sargento por la muerte que presenciaron. Al hilo de lo que ocurre, recuerdan momentos de su pasado, en el propio ejército y en los Estados Unidos.

El relato está centrado en el dilema moral de los protagonistas y también transmite con fuerza los sufrimientos físicos y las tensiones propias de las circunstancias por las que pasan. Los personajes están bien dibujados, en especial el cabo Marston, los diálogos tienen fuerza, las expresiones soeces encajan en el perfil de quien las pronuncia y en lo propio de la situación, las descripciones del paisaje son breves y claras, el final es acertado. Las reacciones interiores de Marston se cuentan con sencillez y con pocas pero sugerentes comparaciones: así, cuando rememora un desembarco bajo el fuego en la playa de Salerno, el narrador indica que «no hubo tiempo para pensar; su memoria lo había registrado como el intento de detener una fuga de agua en un espigón, llorando todo el tiempo. No, Marson no había sentido ninguna firmeza, solamente el impulso de hacer todo lo posible para no morir y la convicción, alojada como una piedra en el diafragma, de que no sobreviviría al minuto siguiente». En otro momento, Marston piensa en la novela El rojo emblema del valor: «la conclusión que sacaba Crane (a saber, que su personaje del soldado había visto la Gran Muerte y ésta, a fin de cuentas, era muerte y nada más) le parecía absolutamente falsa, peligrosa y estúpidamente romántica».

Un texto de Claudio Magris (tomado de Alfabetos), que se puede aplicar a las dos novelas, añade perspectiva: «El sargento en la nieve, de Mario Rigoni Stern, es una de las pocas obras épicas capaz, en su gran envergadura, de condenar el horrible mal de la guerra y rendir al mismo tiempo homenaje a las virtudes del valor y de la solidaridad que, pese a todo, existen en ella, pero no por casualidad es más una Odisea que una Iliada. La dificultad de representar la guerra se ha convertido casi en imposibilidad con la Segunda Guerra Mundial, de la que falta, a pesar de los muchos notabilísimos intentos, una narración adecuada a su realidad».