Dos grandes novelas norteamericanas

Dos valiosas, amenas y extensas novelas norteamericanas, de las que intentan «explicar» una parte de la historia de los Estados Unidos presentando cuatro generaciones de una familia, que vale la pena conocer: El octavo día, de Thornton Wilder, y Ángulo de reposo, de Wallace Stegner.

El octavo día fue la última novela de Wilder. Ese dato importa porque sólo una gran madurez da el dominio necesario para abordar y controlar un argumento que, centrado en un acontecimiento singular, abarca cuatro generaciones y toca muchas teclas distintas. Puede dar idea de lo anterior decir que tiene partes de intriga detectivesca, y de huida y persecución; otras de lucha por sobreponerse a la pobreza, y también de ascensos sociales fulgurantes; otras de denuncia de los abusos laborales sobre los que se construyen algunas fortunas; otras de reflexión, sobre las consecuencias que tiene una u otra educación; más, sobre los cimientos de los Estados Unidos y sobre la imposibilidad de comprender los destinos humanos… Luego, el relato avanza hacia delante y hacia atrás con fluidez: el autor mantiene al lector en vilo, anunciando cosas que ocurrirán, buscando explicaciones en el pasado, y siendo también un tanto impredecible. Eso sí, no todo es perfecto: a la historia tal vez le sobran algunas divagaciones y preguntas retóricas en boca del narrador o en la de algunos personajes, por más que algunas sean interesantes y que, sin duda, esa sea una manera de darle un sabor particular.

En un extraordinario prólogo se presentan el escenario — Coaltown, una ciudad provinciana minera de Illinois — , los principales personajes y el misterio principal: el año 1902, al director de la empresa minera, Breckenridge Lansing, su amigo y gerente de la mina, John Ashley, le disparó por la espalda en presencia de sus respectivas esposas, Eustacia y Beata. A pesar de lo extraño del asunto los hechos no dejan lugar a dudas y John Ashley es condenado pero, durante su traslado a prisión, unos misteriosos enmascarados aturden a los guardias y lo liberan. En sucesivos capítulos la novela sigue la escapada de Ashley hasta Chile, donde acaba trabajando en otra empresa minera; la marcha de su hijo Tom a Chicago, con 17 años, y cómo se abre camino allí como periodista; la vida difícil de Beata y sus tres hijas, que se quedan en el pueblo y terminan abriendo una pensión; y la de Eustacia y sus dos hijas e hijo. También, el relato va echando atrás la vista para saber quiénes fueron los padres alemanes de Beata y los criollos de Eustacia, y encontrar ahí algunas explicaciones o justificaciones de lo que sucedería después.

Al final del relato sabremos el motivo del título: este se propone al principio, en una fiesta para dar la bienvenida al nuevo siglo, cuando un médico escéptico anuncia que la humanidad inicia una etapa en la que surgirá un hombre nuevo, el hombre del octavo día. La narración contiene muchas referencias de toda clase: a la antigüedad romana; a obras literarias de muchos lugares, rusas en particular; a canciones de tipo popular o religioso, etc. Son también abundantes las explicaciones caracteriológicas: se hacen generalizaciones amplias y se obtienen, a veces, conclusiones excesivas. Pero al lector no le importará mucho pues la tensión por saber qué ocurrió es continua y, como en cualquier novela dickensiana, aparte del interés de las historias que cuentan ascensos sociales y las que hablan de la lucha por salir de la pobreza, surgen aquí y allá tipos secundarios magníficos. El narrador subraya que así, del entretejido de vidas humanas que presenta, nace Norteamérica; y conduce bien al lector a la idea de que la vida es para nosotros como un tapiz por detrás, todo hilos y nudos, en el que «no es posible ver el diseño de conjunto», tal como afirma un personaje un tanto místico. Por último, el desenlace no defrauda.

Ángulo de reposo es la novela más ambiciosa y poderosa de las que yo he leído de su autor. En ella, un historiador llamado Lyman Ward, ya retirado e inválido, investiga la vida de sus abuelos Oliver y Susan Ward, una pareja de alta sociedad del Este que, al casarse, se trasladaron al Oeste. Se basa, sobre todo, en los documentos que conserva de su abuela, una conocida escritora e ilustradora de la segunda mitad del siglo XIX: a partir de sus cartas, relatos y dibujos reconstruye cómo fueron su vida y la de su marido, un ingeniero de minas que desarrolló diversos proyectos en lugares variados, unos con éxito y otros sin él. De paso, al presentar sus actuales circunstancias, vamos conociendo parcialmente las vidas de las tres generaciones siguientes, la del padre del narrador, la del mismo narrador y la de su hijo.

El narrador presenta su trabajo como un intento de biografiar con honradez a una mujer excepcional, Susan Ward — la única de la que hay testimonios personales — , y de comprenderla bien a ella y a su mundo: «me gustaría oír tu vida como tú la oyes — le dice dirigiéndose a un cuadro suyo — , acercándose a ti, en vez de oírla como yo la oigo, un sonido austero de expectativas reducidas, deseos mitigados, esperanzas postergadas o abandonadas, oportunidades perdidas, derrotas aceptadas, agravios sufridos». En otro momento afirma que desea comprender la vida del matrimonio Ward, con sus muchos años felices y sus años de desunión, hasta el «ángulo de reposo» en que él ya los conoció: este planteamiento propicia contrastes entre los comportamientos de antes y los de gente como el hijo del narrador o la chica que lo cuida, personas que piensan en el matrimonio y la familia como instituciones extinguiéndose, gente que «como el comandante en Vietnam lamentará mucho tener que destruir nuestra aldea para salvarla».

También tiene intensidad la componente que cabría llamar aventurera: en este sentido estamos ante una gran novela del Oeste, realista en su presentación del esfuerzo de algunas personas para enfrentarse a una nueva realidad y para construir un mundo civilizado tal como ellos lo entendían. El narrador tiene mucho interés en señalar que tanto Oliver Ward como algunos que trabajaban con él «no participaban en ninguna carrera por la riqueza» y «atribuirles el motivo del dinero es degradarlos»; sí, continúa, «supongo que estaban equivocados — toda su civilización estaba equivocada — pero eran la antítesis de la mezquindad y de la codicia». Es formidable la personalidad de Oliver Ward, un visionario cuyos planes fueron certeros pero prematuros, un hombre cuyo «reloj tenía puesta la hora de los pioneros».