Dos relatos cortos sobre hijos y padres

Los relatos que tienen una resonancia emocional mayor y dejan una huella más profunda en la mayoría de los lectores suelen ser los que tratan de las relaciones entre hijos o hijas y padres o madres, o, mejor, de la comprensión mayor de la vida que alcanzan los hijos cuando sus padres fallecen.

Ya que, hace unos días, hablé de dos novelas ambientadas en Italia, comento ahora otras dos novelas cortas sobre la cuestión, italianas también: La isla (L’isola, 1942), de Gianni Stuparich, y Un altar para la madre (Un altare per la madre, 1978), de Ferdinando Camon.

En La isla, un hombre al que le queda muy poco tiempo de vida vuelve a su isla natal, por unos días, acompañado por su hijo, adulto ya. El primero contempla los paisajes y ambientes de su niñez y juventud e intenta mostrarse animoso ante la enfermedad, y el segundo, preocupado por la salud de su padre, hace balance y adquiere una cierta conciencia de lo que perderá cuando su padre fallezca.

El narrador se centra, sobre todo, en presentar el mundo interior de sentimientos mezclados del hijo ante su padre. A éste lo vemos entero, haciendo frente a su enfermedad, y al hijo lo vemos confuso y desconcertado. A través de su mirada tenemos atisbos del interior del padre en los que asoma una esperanza que, por lo que sabemos, el hijo no parece tener. Eso se revela en este pasaje, cuando el hijo entra en la habitación que ocupa su padre:

«Sobre la mesita de noche estaban las gafas y un libro encuadernado en negro con los cantos dorados: La Biblia. Un antiguo marcalibros de pergamino miniado sobresalía de entre las páginas: ¡Una página del libro de Job! “¿Para qué me sacaste del seno? Habría muerto sin que me viera ningún ojo”. “¿No son bien poco los días de mi existencia? Apártate de mí para gozar de un poco de consuelo”. “Antes de que me vaya, para ya no volver, a la tierra de tinieblas y de sombra”. Los ojos del hijo, que se habían posado al azar en esos versículos, se velaron. Nunca habría pensado que su padre leyera la Biblia. Desde que lo seguía de niño, lo había visto con pocos libros en la mano: algún libro de viajes, alguna novela histórica».

En Un altar para la madre el narrador, un hombre de ciudad, habla de la muerte de su madre y desgrana sus recuerdos al tiempo que cuenta la obstinación de su padre para construir, el solo, un altar en su memoria, un trabajo desesperado pues no tiene tiempo para terminarlo antes de la hora de la procesión en la que se utilizaría. El texto conmueve y resulta un elogio incondicionado a la bondad, como fuerza que salva el mundo, a los valores de un mundo rural afianzado en la fe católica, y al poder que la muerte tiene para que nos planteemos las cosas con más profundidad.

Así, el narrador afirma que el viejo mundo campesino de la tierra, el de su madre y su padre, «lo ha creado todo, el mío no tiene imaginación, no está hecho para superar la muerte porque no está hecho para conservar la vida porque no está hecho para las necesidades del hombre». Dice también que «se cree que la muerte es matanza y lucha. En cambio, la muerte es una tregua en la lucha a muerte que es la vida; en esa tregua uno puede mirar en derredor, y por fin comprende». Y elogia el empeño de su padre pues si «la muerte es tantas cosas: el silencio de una voz, separación para siempre, distancia sin fin», «el altar es una voz, es un puente, es una cercanía».