El 4 de Febrero según la serie ‘El Comandante’

‘El Comandante’, una serie inspirada en la vida de Hugo Chávez transmitida por el canal colombiano RCN

La serie ‘El Comandante’ rompe el mito cuando reubica el inicio de la revolución chavista el día de la intentona contra Carlos Andrés Pérez

El historiador Ramón J. Velásquez, quien escribió extensamente sobre Juan Vicente Gómez, rescató la fascinación del dictador por el Samán de Güere, un árbol que sobrevive a los siglos en Turmero, estado Aragua. Bajo su sombra descansó una vez Simón Bolívar. En su frenesí bolivariano, Gómez construyó una cerca de bayonetas alrededor del árbol como tributo al Libertador. Fue ahí, también por religión bolivariana, donde inició la revolución de Hugo Chávez. O al menos es ahí donde lo ubica la narrativa chavista.

No es una proeza militar el génesis de la revolución de Chávez. No puede serlo. Cuando los registros son indiscutibles, la negación de los hechos no funciona. La revolución, entonces, no empieza el 4 de Febrero de 1992. No empieza con un intento. Para construir el mito, necesitaban la unción del héroe, la que no obtuvo después de una larga jornada de balas y morteros contra Miraflores y La Casona. Por eso nos cuentan que el día uno fue el 17 de diciembre de 1982, cuando Chávez emuló el juramento de Bolívar en el Monte Sacro frente al Samán de Güere. Hoy se celebra el Día de la Dignidad Nacional y no el Día del Triunfo de la Revolución o quién sabe qué otra cursilería. Debe ser lamentable para los configuradores de la verdad oficial que el 17 de diciembre no admita invención alguna, pues significaría una afrenta para la conmemoración de la muerte del «padre de la Patria».

La serie El Comandante rompe el mito cuando reubica el inicio de la revolución chavista el día de la intentona contra Carlos Andrés Pérez. Chávez vuelve a ser un fracasado. La revolución queda desnuda como lo que es: un intento, una torpeza y una improvisación cuyo sostén es la violencia. Los diálogos, las actuaciones, los efectos especiales, se tornan accesorios frente a esa carga conceptual del primer capítulo. Los tentáculos de la censura, afortunadamente, se han quedado cortos. No pocos venezolanos hemos podido ver otra dramatización del chavismo, planteada con intenciones y formas menos místicas. De esta producción no se espera rigor histórico o apego a la realidad, sino un relato alternativo de estos años, uno que ya no nos ofrece eso que podríamos llamar «el discurso nacional»: la peligrosa uniformidad de todas las voces.

El Comandante muestra el desarrollo de un vulgar putsch. Chávez ya no es un vengador necesario que cuenta con la aquiescencia de los hartos, tampoco el ungido del Samán de Güere. Este Chávez traiciona la Fuerza Armada y la democracia, movido tanto por un ridículo delirio bolivariano como por dinero de banqueros que juegan a tumbar gobierno. Este Chávez no tiene más apoyo civil que el de sus financistas y la respuesta al intento de golpe es silencio en las calles. Este Chávez no es el líder de una «muchachada de amor» (como llegó a describir los sucesos del 4F), sino un mentiroso que lleva a sus subalternos al encuentro con la muerte por unos supuestos ideales que ignoran, a los que no están adheridos. Este Chávez no reta, no pelea cuerpo a cuerpo, sino que permanece en el Museo Militar de La Planicie mientras los demás arriesgan sus vidas en combate.

La producción colombiana saca del olvido a las víctimas del 4F, que fuimos todos, pero que más lo fueron decenas de ciudadanos muertos y heridos durante una madrugada sangrienta. Se presentan también imágenes de archivo en la recreación de momentos que parecen haber sido borrados de la historia, como el avance de una tanqueta hacia las puertas del palacio presidencial, símbolo mayor del desprecio a las instituciones y la convicción asesina de la logia militar que ahora ostenta el poder.

Si hay algún peligro en esta serie creada por Moisés Naím, ministro de Pérez para la época, sin duda sería la introducción de Chávez como un showman casi natural, predestinado, sin metamorfosis ni acomodación, sin que las circunstancias lo obliguen a convertirse en un orador evangélico. Además de la imagen freudiana de una infancia junto a su abuela, bajo la tempestad y en un rancho de bahareque. O la constante acechanza de una muerte trágica y posibles conspiraciones en su contra. Todo esto también forma parte del mito y puede terminar afirmándolo en algún punto.