El año nefasto

nefasto, ta
Del lat. nefastus.
1. adj. Dicho de un día o de cualquier otra división del tiempo: Triste, funesto, ominoso.
2. adj. Dicho de una persona o de una cosa: Desgraciada o detestable.
(Diccionario de la Lengua Española de la RAE)

Como muchísimas otras personas, lo he dicho y lo he puesto por escrito en más de una ocasión: creo que 2016 ha sido un año nefasto, espantoso, y deseo que se acabe de una buena vez.

Pero sé que el «paso» de un año al siguiente es una transición ilusoria. Por mucho que la idea sea reconfortante, sería absurdo creer que todos los males que hemos visto a lo largo de 2016 van a desaparecer el primero de enero de 2017. Esos males tampoco aparecieron, mágicamente, el primero de enero de este año. Los procesos que llevaron al auge de la ultraderecha nacionalista en varios países han sido mucho más lentos. Las investigaciones del calentamiento global muestran alteraciones en la atmósfera nunca antes observadas en la historia de la humanidad, pero éstas no ocurrieron instantáneamente. Aquí en donde escribo, la «guerra contra el narcotráfico» mexicana —con sus consecuencias terribles— lleva diez años. Los regímenes neoliberales, ahora enfrentados con una serie de crisis de la que probablemente no saldrán indemnes, se remontan al último tercio del siglo pasado. Las ideologías intolerantes, violentas, racistas, discriminatorias que algunos desearíamos erradicadas del mundo son aún más antiguas.

Desde luego, lo que ocurre es que es imposible observar nuestro propio presente con el distanciamiento de un historiador: ignorar las distracciones de lo momentáneo y concentrarnos únicamente en los fenómenos más amplios, las causas y consecuencias más importantes de nuestra época. Sería imposible incluso si no estuviéramos, como estamos, saturados de la información contradictoria, superficial y muchas veces falsa que nos llega a través de los medios.

En cambio, es fácil rendirnos al desconcierto que sentimos ante sucesos que nos sobrepasan. Acotar nuestra percepción de los problemas a nuestro alrededor nos da la ilusión de que son menos graves, de que basta esperar un poco más para que se arreglen solos. En estos tiempos de linchamientos virtuales, esta y otras formas de evasión se interpretan como maneras de que «los demás» —nunca quien habla: el argumento suele presentarse desde una posición de presunta superioridad moral— desplacen sus culpas y responsabilidades. Sin embargo, lo cierto es que inventarnos un villano tan difuso como el Año Viejo (o el «espíritu de los tiempos») también puede servirnos a todos, sin excepción, para hacer a un lado la sensación de impotencia ante un presente abrumador, insondable.

El «Año Viejo». (fuente)

No sé si podría sernos útil considerar que no somos tan especiales: que podríamos haber sentido lo mismo que hoy en otros tiempos, en sociedades menos individualistas y menos enemigas de los sentimientos de comunidad o de solidaridad. Pero igual sirve recordar el caso de Robert Musil, cuya novela El hombre sin atributos representa la decadencia del imperio austrohúngaro poco antes de la Primera Guerra Mundial.

Musil necesitaba distancia: no pudo empezar a escribir sino hasta mucho después de terminada la guerra, cuando los antecedentes y las resultas de la misma ya eran bien visibles… y, de hecho, empezaba a gestarse la siguiente guerra, con el ascenso de Adolf Hitler en Alemania. (El escritor no alcanzó a terminar el proyecto, que terminó de publicarse póstumamente, inconcluso, en 1943.)

A la vez, muchos pasajes de la novela pueden leerse ahora no sólo como exámenes del pensamiento de otra época sino como ecos, o reflejos, del de ésta:

(el progreso y el retroceso)

Se puede decir que todas las revoluciones que hasta ahora han estremecido la tierra han influido en menoscabo del hombre espiritual. Comienzan con la promesa de implantar una nueva cultura, terminan con todo lo hasta entonces logrado por el alma, como si fuera posesión enemiga, y son superadas por la siguiente revolución antes de que la antigua pueda conseguir la altura precedente. Así, los llamados períodos de cultura no son más que una larga serie de empresas fracasadas, encerradas en tiempos retrógrados […] [cap. 120]

(el ascenso de lo irracional)

Walter siguió con voz apagada: —Tienes razón al afirmar que hoy no hay ya nada serio, razonable o por lo menos transparente; pero ¿por qué no quieres comprender que la culpa la tiene precisamente el creciente racionalismo que todo lo apesta? [cap. 54]

(el auge de tiranos y demagogos)

[…] yo interpreto su afirmación en el sentido de que el estado actual del mundo, sin duda insatisfactorio, se debe a que los caudillos se creen en el deber de hacer historia, en lugar de dirigir todas las fuerzas del hombre hacia el fin de impregnar de ideas las esferas del poder. Eso se podría comparar a la actitud de un fabricante que produce sin tregua, poniendo sus miras en el mercado y no en regularlo […] [cap. 121]

(la falta de sentido de la existencia)

[…] se le ocurrió que la ley de esta existencia a la que uno está apegado y en la que se sueña por pura simpleza a pesar de su sobrecarga, no es otra que la ley del orden narrativo, ese orden simple que consiste en poder decir: —«Al ocurrir esto sucedió aquello». Lo que nos tranquiliza es la sucesión lisa y llana, la reproducción de la dominadora multiplicidad de la vida en una forma unidimensional, como diría un matemático, el alistamiento de todo aquello que ha sucedido en el tiempo y en el espacio siguiendo una ilación, el famoso «hilo de la historia» del que deriva también el hilo de la vida. ¡Feliz aquel que puede decir «cuando», «antes de», «después de»! Puede que le haya sucedido algo malo o se encuentre acosado de sinsabores: mientras consiga reproducir los acontecimientos en la sucesión de su desarrollo temporal se sentirá tan bien como si el sol le calentara el estómago. [cap. 122]

(la sospecha de un futuro peor)

Por aquel tiempo estaban sucediendo cosas que tenían al mundo estremecido; a personas bien informadas de fines del año 1913 se les aparecía el mundo bajo la forma de un volcán hirviente, pero sugestionadas por la pacífica laboriosidad reinante creían que nunca podría entrar en erupción. [cap. 86]

El último fragmento se relaciona con otra parte, tal vez la peor, del ánimo del presente. Es una idea que está contenida también en la definición de la palabra nefasto y en la comparación de nuestra época (de hecho muy frecuente) con los últimos tiempos de la Belle Époque europea. No es la angustia de no comprender o no tener fuerza para actuar, sino la certeza fatalista, ominosa, de una catástrofe por venir. Una caída inevitable como la que Musil podía anticipar en el mundo de su novela porque escribía de hechos consumados.

Esa anticipación miedosa (o ese deseo masoquista y rabioso: «ver arder el mundo», como si fuera posible hacerlo desde fuera) es otra expresión del enorme malestar que millones de personas padecen, incluso si tienen satisfechas las necesidades más esenciales, en las sociedades contemporáneas. Un daño más que tampoco es de ayer.

El problema, claro, es que la impotencia se convierte en inacción, en conformismo. Observamos el presente, tememos el futuro, pero una y otra cosa nos paralizan o (simplemente) nos sirven de pretexto para no hacer nada. (Esta, no hay que olvidarlo, es la época del activismo digital que «expresa» inconformidad pero apenas produce cambio alguno.)

Puede haber hasta algo de pensamiento mágico involucrado. Muchos hemos de sentir esto: que no sirve de nada esforzarse, al menos, en estos últimos días del año nefasto.

Pero, claro, tampoco va a cambiar nada si sólo esperamos a que Donald Trump tome posesión de la presidencia de su país; a que lleguen más noticias de Siria (o a que no lleguen más); a que bajen solas la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, o las estadísticas de corrupción en el país, o las de violencia contra las mujeres en todas partes. Etcétera.

A ver si, llegado 2017, nos dejamos llevar por la ilusión de que es otro tiempo, al menos, para actuar de otra forma. Para actuar.