El aguante de los machos

Tengo más tiempo libre que ellas. Que todas. Pero no sólo yo. También Christian, Carlos, Eduardo y Daniel. Los hombres en general. Me pregunto si es verdad o percepción. De la respuesta derivan opciones. Que hago mucho en menos tiempo que ellas, aunque se lea misógino. Que me burlo de la ciencia con una capacidad multitasking que incluso ellas me envidian. O hasta que soy un genio de la eficiencia. Pero las ramificaciones también aplican a la inversa. Que pienso que hago mucho cuando en realidad soy un inútil. Que los espacios en mi agenda no son por planeación sino por soledad. Que no sé priorizar. Que debería ser tan firme como ellas cuando se deciden a hacer algo. Que todos deberíamos serlo. Que si un día acordamos jugar FIFA, nada tendría que alterarlo. Ni una novia, ni una amiga, ni una esposa. De hierro. Como Margaret Tatcher en la política y como ellas en Google Calendar.

Escribo por los hombres. Por los que conozco y por los que no. A Santiago lo desespera que su novia sea una cazadora chavorruca de fotos para Instagram. Sin tiempo ni ganas para el cine, para Netflix o para salir a pasear al perro. A Miguel le fastidia que su esbozo de conquista —porque de avances tangibles aún nada— se moleste cuando no le escribe por un día, pero que él no pueda reclamar nada cuando las palomitas azules sin respuesta le escupen los ojos por más de tres. Es un macho cuando deja de escribir. Y es también un macho cuando exige que ella le conteste. A Carlos le enoja que su novia convierta su ida al gym en una sesión de fotos llena de sudor, erotismo y ropa, de por sí poca, entallada. No lo dice él, sino los comentarios. Pero le enoja más que su novia lance indirectas cuando alguna amiga le deja un comentario cualquiera a una foto que él haya publicado. Que a ella le comenten nada tiene de malo; que a él le comenten es un mensaje con doble intención. Justicia a la medida. De ellas, por supuesto.

Las mujeres de hoy son activistas. Algunas tan implacables como la retórica de Trump. Si para Donald ningún musulmán debería poder ingresar a Estados Unidos, para ellas su agenda es intocable. México pagará por el muro, tú aguantarás que el té con una amiga, la misa con los abuelos y el paseo al perro postergue indefinidamente el que las veas. Nunca tienen tiempo. O lo tienen, pero no para ti. Espera paciente el request. Y ya que lo recibas, no se te ocurra cancelarlo. Se te acusará de no tener verdadero interés. De no estar ahí cuando debías. El hombre cede como señal de conquista; ellas no ceden como muestra de igualdad. Ceder para ellas implica el empoderamiento del macho; ceder para nosotros debe ser la humilde demostración de un caballero.

Son tiempos difíciles para mí. También para Christian, Carlos, Eduardo y Daniel. Para los hombres en general. Y no es que tengamos poco que hacer. Ahí siempre están el FIFA, el futbol, Netflix, las chelas, el gimnasio, los libros, el trabajo. Hacemos tanto como ellas. O a veces más, pero escribirlo sería de patanes. La diferencia es la disposición a hacerlo. A todos nos ha pasado. Torneos de FIFA esperados por toda la semana se cancelan porque una novia ansiosa por ir a comer llegó antes de tiempo a la oficina. El afectado pierde por default y jode la competencia de todos. Miles de cervezas han dejado de ser ingeridas por mensajes de amor que exigen presencia inmediata. No importa que sea su primer momento con amigos en meses. House of Cards ha tenido que ceder su tiempo y espacio para que novias desesperadas vean Gossip Girl por sexta vez. Cedemos en el nombre del amor. O de la paz, que es lo que más nos mueve.

Me veo en su espejo y me molesto conmigo. No tenía agendado escribir a estas horas del sábado. Me atreví a improvisar por gusto personal. Pero también lo he hecho, como Christian, Carlos y Eduardo, por una mujer que me interesa, por una que me gusta, por un impulso, por diversión. Uso Google Calendar. Lo respeto la mayoría de las veces. Pero en algunas lo ignoro. Porque se me ha ocurrido jugar FIFA cuando no debo, porque me ha surgido un mejor plan que además entenderá el amigo que debía ver, o simplemente porque no quiero hacer lo que tenía pensado. Pero las mujeres de hoy no están para eso. Ellas o se mantienen firmes o acabarán consolidando el modelo de hombre que tanto quieren erradicar. Ceder no es una opción. No para ellas. Que los hombres esperen, que los hombres actúen, que los hombres sean pacientes, que los hombres no exijan, que los hombres sean sumisos. Es un cambio de filosofía que le escupe en la cara a Facundo. Y a los hombres de todas las edades. El mensaje es simple. Que lo hagan ellos. Y que aguanten, sobre todo eso, porque exigir es de misóginos.

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