El amor romántico a la luz de las ciencias sociales

«El ojo que tú ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve». —A. Machado

Analizar desde la Sociología y la Antropología el amor romántico como objeto de estudio es analizar ambas disciplinas en sí mismas, ya que las herramientas conceptuales que estas ciencias (sociales) utilizan para examinar la sociedad son las que a la vez se emplean para producir conocimiento sobre la misma, las que maneja la sociedad para organizarse y las que se usan para el análisis de esa organización.

«Incluir cuestiones epistemológicas referentes a la validez del conocimiento sociológico dentro de la sociología del conocimiento es algo así como querer empujar el coche que uno mismo conduce». —Berger P. y Luckmann T., 1968

Y si de lo que tratan las ciencias sociales es de la reflexión sobre la relación individuo-sociedad y el individuo, por antonomasia, ha sido y es el varón blanco, puede que sea que es esa construcción la que encierra una cierta finalidad ya que si bien la Modernidad supuso el cambio de la doble óptica físico-metafísica (la realidad como algo hecho) al triple enfoque psico-socio-cultural (algo que se hace), no debería perderse de vista que aunque la forma de las lentes haya cambiado, el color del cristal con que se mira sigue siendo el mismo.

Aceptando que del poder social, político y religioso siempre se han (pre)ocupado más los hombres, que la sociología constituye un tipo de conocimiento particular que se ocupa del estudio de las preocupaciones específicas de un determinado momento sociohistórico y que la antropología surge de la dominación de los hombres blancos sobre los de otras razas, no parece ilegítima la sospecha de que tras la construcción del Conocimiento (entre cuyos sillares está el constructo de amor romántico) subyazca un cierto interés de preservación y defensa de los intereses patriarcales. Y es que, a pesar de la importancia que los enciclopedistas, antecesores de la sociología, dieron a su convencimiento de que el mundo social también podía ser interpretado por una razón libre de prejuicios, puede que las ideas de los grandes filósofos contractualistas (Locke, Rousseau y Kant) hayan sentado las bases racionales sobre las que quedó establecida «la inferioridad de las mujeres respecto a los varones, su eterna minoría de edad y la consecuente obediencia y sumisión a las órdenes o deseos de sus mentores» (De Miguel, 2005) y haya que situar en ese punto el momento en el que la «la violencia contra las mujeres entra como referente normativo en el discurso de la modernidad» (Posada, 2001).

«La educación de las mujeres siempre debe ser relativa a los hombres. Agradarnos, sernos de utilidad, hacernos amarlas y estimarlas, educarnos cuando somos jóvenes y cuidarnos de adultos, aconsejarnos, consolarnos, hacer nuestras vidas fáciles y agradables; estas son las obligaciones de las mujeres durante todo el tiempo y lo que debe enseñárseles en su infancia». —Emilio, Rousseau, 1759

Entendida pues la sociedad como proyecto político no resulta difícil encontrar la relación entre la noción de amor romántico y la violencia de género.

Porque, a pesar de que la tradición científica no ha prestado nunca demasiada atención al amor romántico —debido a su carácter intangible y no medible, poco susceptible por tanto de experimentación (más que en carne propia)— y de que el asunto pueda parecer más personal y emocional (y por tanto más femenino que masculino), el amor romántico puede ser tratado específicamente desde lo social, ya sea considerándolo como hecho externamente observable (susceptible por ello de ser explicado causalmente, desde el positivismo durkheimiano), ya sea dotándolo (desde un enfoque weberiano) de un sentido más simbólico o subjetivo.

Así, desde una propuesta organicista, la justificación del amor romántico como objeto de estudio tiene sentido si se entiende como hecho social cuyas manifestaciones (objetivas y empíricas) serían, por ejemplo, que un determinado día del año los enamorados celebren su amor o que el novio «pida la mano» de la novia y le regale un anillo (hechos todos siempre con contenido económico) en el marco de una sociedad que opera como estructura o totalidad independiente, externa, ajena y superpuesta a los individuos los cuales desempeñan una función que posibilita la continuidad estructural de dicho sistema. Desde esta perspectiva explicativa y causal adquiere sentido la afirmación de Sampedro de que «la ideología del amor y el cebo del romanticismo sustentan en nuestras sociedades la estructura familiar» o que «el matrimonio y la pareja siguen siendo núcleos fundamentales en la organización de nuestras comunidades». Por su parte, si se entiende el amor romántico como acción social (o conducta humana a la que el sujeto de la acción enlaza un sentido subjetivo) y se usan como herramientas para dicho análisis los denominados tipos ideales o puros, también puede el amor romántico ser estudiado porque cuando Sampedro alude a cómo «la idea del amor presupone el gusto por las desgracias, por los amores imposibles» es la «idealización del amor» la que permite hacer generalizaciones al amparo de una explicación más interpretativa que observadora.

«Por hecho social entiendo las maneras de actuar, pensar y sentir, externas al individuo, dotadas de un poder de coerción por virtud del cual se imponen a él». —Durkheim, 1895
«La regla primera y fundamental es: Considerar los hechos sociales como cosas». —Berger P. y Luckmann T., 1968
«Por “acción” debe entenderse una conducta humana (bien consista en un hacer externo o interno, ya en un omitir o permitir) siempre que el sujeto o los sujetos de la acción enlacen a ella un sentido subjetivo. La “acción social”, por tanto, es una acción en donde el sentido mentado por su sujeto o sujetos está referido a la conducta de otros, orientándose por ésta en su desarrollo» (M. Weber, 1922/1964). Y Weber observa: «Tanto para la sociología en su sentido actual, como para la historia, el objeto de conocimiento es el complejo de significado subjetivo de la acción». —Berger P. y Luckmann T., 1968
«¿Vas con mujeres? ¡No olvides el látigo! Así habló Zaratustra» —Nietzche

Aunque la mayoría de las personas no afirmaría que el amor romántico y la violencia de género guardan relación, ésta podría llegar a explicarse atendiendo a la significación que dentro del sistema patriarcal imperante tienen los distintos términos empleados para explicar la sociedad en su conjunto, ya que si el componente básico del patriarcado es la estructura social, entendida como «sistema de organización social que crea y mantiene una situación en la que los hombres tienen más poder y privilegios que las mujeres, y una ideología o conjunto de creencias acompañantes que legitima y mantiene esta situación» y que se traduce en el conjunto de actitudes o creencias «que justifican la violencia contra aquellas mujeres que violan o que se percibe que violan los ideales de la familia patriarcal» (Millett, 1969/1995), es el significado que los sociólogos y los antropólogos dan a los conceptos de estratificación social, clase social, status, rol y estructuras de parentesco el que nos ayuda a entender el porqué de determinado tipo de relaciones. Porque si bien el concepto de estructura social dista mucho de ser unitario y su análisis depende del enfoque que se le dé y del concepto de sociedad que se maneje (concepción organicista/atomista; marxista/liberal o estática/dinámica) y el concepto de estratificación social hace referencia a la distribución de la población en diferentes capas, dentro de la estructura patriarcal bien puede hablarse de una estratificación de la estratificación, puesto que sea cual sea el estrato social que se analice siempre habrá dentro de ése, un subestrato ocupado por las mujeres ya que sea cual sea su situación económica, su estatus estará determinado por el papel que como actriz social representa y que el propio sistema le asigna, establecido por sus interacciones con los otros (rol) dentro del grupo de referencia, siendo los papeles principales del reparto los de madre, esposa o amante.

En este sentido —según lo que los antropólogos denominan proceso de endoculturación— la mujer se convierte en transmisora de los mismos deberes y obligaciones que la inmovilizan socialmente, ya que siendo unas determinadas estructuras de parentesco el núcleo central en torno al cual gira la organización del sistema social, las mujeres, como grupo dominado, acaban reconociendo como legítima la cultura masculina dominante y como ilegítima la propia, en lo que Bourdieu y Passeron (1964) denominan violencia simbólica, y que hace que la violencia contra las mujeres se reduzca al ámbito privado, en tanto que madres antes que nada, que deben afrontar el maltrato como si fuera un problema propio, personal y, sobre todo, de conciencia (Posada, 2008).

Hablar del amor romántico como objeto de estudio en términos de metáfora visual participa de la idea de la importancia que el lenguaje tiene como capacidad para conceptualizar al sí mismo y a los otros ya que «los valores más fundamentales en una cultura serán coherentes con la estructura metafórica de los conceptos fundamentales de la misma» porque «las metáforas estructuran no meramente nuestro lenguaje sino también nuestros pensamientos, actitudes y acciones» (Lakoff y Johnson, 1980). Porque cuando el amor se expresa en términos de propiedad (eres mía, hazme tuya…), de fuerza física (atracción), de locura (enajenación que opera como atenuante o incluso como eximente de las acciones violentas), de magia (hechizo) y sobre todo, de guerra (conquista) y se pone en relación con otros lenguajes, como los empleados para hablar en términos sociales, sexuales o religiosos (arriba/abajo o derecha/izquierda que hacen referencia a las clases sociales, a las posturas coitales, o a quién se sienta «a la derecha del Padre») se está llevando a cabo la elección de unos valores que tienen que ver con la cultura en la que se vive. Dentro del planteamiento construccionista al que nos adscribimos al hablar de herramientas (y de constructos) hay que tener en cuenta la dimensión normativa e institucional (Berger y Luckmann) que hace que la cultura se presente como algo objetivo que se impone a través de las normas y los valores (más orientadas a las acciones las primeras y más a los ideales, los segundos) a través de la cultura popular, las costumbres, los hábitos y el sistema legal¹ y en la medida «que los diferentes agentes socializadores […] tienden a asociar tradicionalmente la masculinidad con el poder y la racionalidad y con aspectos de la vida social pública, como el trabajo, la política, … y la feminidad a aspectos de la vida privada y la subordinación al varón, la pasividad, la dependencia, la obediencia…» se seguirá transmitiendo «un mensaje androcéntrico, considerando que el hombre es lo importante y el protagonista, mientras la mujer desempeña un papel secundario y de comparsa» (Alcántara, 2002; Pastor, 1996).

Los términos socialización e identidad social son herramientas conceptuales que los sociólogos —y más aún los psicólogos sociales— emplean para referirse a la dimensión social del individuo. En esta dialéctica individuo-sociedad, si la función objetiva de la cultura implica una orientación conductual ya que configura las conductas aprendidas y los resultados de las mismas, existe una vinculación entre cultura, carácter y conducta (Benedict, 1934; Linton, 1945) que afecta a todos los miembros de una sociedad. Son los procesos sociales los que hacen que cada persona, en interacción con otras, aprenda e interiorice determinados comportamientos y actitudes como consecuencia de los cuales terminará pensando y comportándose. Y son la estructura social y los procesos sociales los que forman, mantienen y, en su caso, transforman la identidad de las personas, porque la socialización siempre se efectúa en el contexto de una estructura social específica y este proceso, que se inicia en el momento del nacimiento y dura toda la vida, comporta algo más que un aprendizaje puramente cognoscitivo, porque se lleva a cabo en situaciones con carga emocional que condiciona los valores, las actitudes, las expectativas y los comportamientos característicos de la sociedad en la que han nacido y que permiten desenvolverse en ella (Giddens, 2001). Este planteamiento fenomenológico que concibe la identidad en su doble dimensión de constructo (legitimador de la realidad) y de proceso (de identificación) permite hablar de «tipos de identidad» creados y transmitidos en contextos sociales concretos a través de la socialización. En este sentido se habla de socialización diferencial, cuando las personas, en su proceso de iniciación a la vida social y cultural, y a partir de la influencia de los agentes socializadores, adquieren identidades diferenciadas de género que conllevan estilos cognitivos, actitudinales y conductuales, códigos axiológicos y morales y normas estereotípicas de la conducta asignada a cada género (Walker y Barton, 1983). En este sentido, los medios de comunicación que favorecen la concienciación general frente al problema de la violencia de género son los mismos que contribuyen a esa socialización diferencial que, en línea con la correlación histórica y cultural entre masculinidad (dominio, agresividad y violencia) y feminidad (dependencia, sumisión y pasividad) hace a las mujeres más vulnerables al padecimiento como víctimas. Este distinto proceso de socialización de las niñas, tendente al amor y la dependencia (orientado hacia lo privado-pasivo) y de los niños, encaminado a la dominación y la independencia (dirigido hacia lo público-activo) favorece la aparición en la relación de pareja de aspectos que contribuyen al mantenimiento de una relación violenta porque conduce a que los hombres y las mujeres adopten comportamientos diferentes siendo, a su vez, estas diferencias las que contribuyen a la idea de que, en realidad, hombres y mujeres son distintos, lo que justifica que, desde esos mismos medios, continúe socializándose a unos y a otras de distinta manera (o la pescadilla que se muerde la cola). Estas pautas o marcos de referencia comportamental socialmente compartidos que se aprenden durante el proceso de socialización tienen también su valor simbólico y por ello el análisis micro-sociológico o socio-psicológico de los fenómenos de internalización, debe siempre tener como trasfondo una comprensión macro-sociológica de sus aspectos estructurales (Berger y Luckmann, 1968). Desde esta perspectiva —que aunque con matices comparten el estructural-funcionalismo (Parsons, 1951), la teoría de roles (McCall y Simmons, 1966 y Turner, 1978) y el interaccionismo simbólico estructural (Stryker, 1980, Burke, 1980)— aparecen conectados analíticamente los conceptos de estatus y rol y el de estructura social.

«La socialización primaria es la primera por la que el individuo atraviesa en la niñez; por medio de ella se convierte en miembro de la sociedad. La socialización secundaria es cualquier proceso posterior que induce al individuo ya socializado a nuevos sectores del mundo objetivo de su sociedad». «La formación, dentro de la conciencia, del otro generalizado señala una fase decisiva en la socialización. Implica la internalización de la sociedad en cuanto tal y de la realidad objetiva en ella establecida, y, al mismo tiempo, el establecimiento subjetivo de una identidad coherente y continuad La sociedad, la identidad y la realidad se cristalizan subjetivamente en el mismo proceso de internalización. Esta cristalización se corresponde con la internalización del lenguaje». —Berger y Luckmann, 1968

Si en la relación persona-sociedad se acepta la capacidad de creación y de acción de la primera rechazando así la concepción reificadora y estática de la segunda, es decir, si se adopta una perspectiva weberiana, la psicología se convierte en una práctica eficaz de intervención social contra la violencia en la pareja desde el momento en el que las personas confíen en su capacidad de agencia y dejen de explicarse sus propios comportamientos en términos de desempeño de rol dentro de una estructura que impone limitaciones a los sujetos que la integran en aras de su propio mantenimiento. Toda situación puede ser cambiada porque tal y como afirman Berger y Kellener (1981/1985) «el contexto social de cualquier conjunto de normas o supuestos cuerpos de “conocimiento” es la estructura de plausibilidad de los últimos. En tanto prevalezca en la vida de una persona una estructura concreta de plausibilidad, las definiciones pertinentes de la realidad le parecerán plausibles. No obstante, si se modifica la estructura de plausibilidad cabe predecir que la plausibilidad subjetiva también cambiará».

La violencia contra las mujeres (física, psicológica, económica, religiosa y sexual) no es un problema actual pero sí es ya un problema social de preocupación general (incluidos la de los poderes públicos) por su constante presencia en los medios de comunicación y es por esto que, la psicología, a la hora de intervenir, debería tener en cuenta que esta lacra no sólo afecta al conjunto de la vida político-social sino que también es un efecto que esta misma vida político-social sigue generando (Posada, 2008) por lo que su acción debería ir encaminada no tanto hacia quienes la padecen sino hacia quienes la fomentan (modificando leyes como las del aborto, aplicando ERE que afectan más a un género que a otro, planificando parrillas de programación televisiva….) porque la incoherencia entre la importancia social que el problema parece tener y el hecho de que cada vez sean más frecuentes los casos de maltrato de los que se tiene noticia obliga a que, además de seguir profundizando en las causas y las consecuencias de las actitudes manifiestamente violentas contra las mujeres en la pareja, en su forma más evidente y extrema (que todo el mundo conoce y que todos parecen rechazar), a preguntarse por el origen de las formas más encubiertas —las denominadas microviolencias o micromachismos (Bonino, 1995)— y más o menos sutiles que son ratificadas por el orden social imperante. En una sociedad que fomenta que la consecución del amor sean el eje en torno al cual gira de modo completo o casi completo la vida de muchas mujeres (con la boda como «el día más feliz de tu vida») y que para los hombres ese espacio de logro vital esté relacionado con el reconocimiento social es la base sobre la que se asienta el establecimiento de relaciones (sociales y sentimentales) fundamentadas en la desigualdad y en las que un género ejerce su dominación sobre otro en base a la estructura patriarcal sobre la que se sustenta todo el sistema social.