El año que a nadie le debe importar



No hay fotos en mi biografía que presuman el tamaño de año que viví. No hay fotos de ese calibre. No caben en un muro. No se tomaron porque no están tomadas para salir de la luz a la luz. Yo qué sé si la gente está o no preparada para que los verdaderos rollos se revelen. Yo qué sé. Los que tuvieron que ver mis rollos ya los vieron. Los que no, ya los verán.

Yo caí en un colchón. Y de ese colchón corté pedazos y se los regalé a otros para que cayeran en él si lo necesitaban. Porque así es la vida. Si se cae en acolchonado para qué guardar el colchón.

Lo que tiene un valor sentimental, la gente, dice la gente, que se lo guarda en el corazón. Yo me lo guardo en el cerebro porque ahora le tengo amor a mi cerebro. De pequeña, un tipo muy listo él, según él, me llamaba cerebrito. Y entonces lo desconocí. Lo dejé de amar. A mi cerebro.

Nadie se vanagloria de algo que no conoce. Dirían otros: «nadie ama lo que no conoce». Nadie habla de su cerebro porque el cerebro es el eterno desconocido, el constante castigado, el por siempre indecible. Que no hay que hacerle caso. Que el corazón es el «Señor Corazón». Que la razón es un demonio, blá, blá. Hay que saber más de él porque de ahí nacen las emociones de las que el cuerpo tanto habla. Del cerebro y de la flora intestinal. Señores Cerebros los dos.

He conocido un poco más al mío. Podría crear un álbum de él si pudiera, con puras fotos cerebrales. Lo haría si pudiera. Le tomaría fotos por pura vanagloria. Poco se le presume. No anda la gente por la vida dibujando cerebros, ¿verdad?. La gente dibuja corazones. Existe una realidad paralela en donde a Jesucristo se le dibuja con un cerebro en las manos. Es: “El sagrado cerebro de Jesús”. No es verdad. Pero si fuera verdad quizá el cerebro se apreciaría lo suficiente.

Mis fotografías. Si yo les mostrara mis fotografías no tendrían ustedes la más minúscula curiosidad de su vida misma, ni de su cerebro, ni del cuidado que le merecen, ni de lo realmente importante en su vida. Ni siquiera de cómo cuidar la vida. Porque es muy fácil dejarla de querer. Es tan desinteresado el cerebro que se revela cuando se le permite. ¡Y dice unas cosas! Nada del otro mundo, ni de la otra dimensión, nada de que el tercer ojo, o el cuarto brazo, ni la quinta onda. El cerebro es el gran órgano bondadoso. Listo.

El año está despejado. Dentro del límite mental que pone un calendario, la libré. Acepto estos límites mentales ahora. Acepto que la gente festeje lo que festeje. Acepto que a la gente le guste dar regalos y que consuma y que regale y que se abrace y que llore porque yo también lo hago ahora. Qué bueno es hacerlo. A muchos les hace bien el consumismo, y también el minimalismo. Acepto eso. Si lo acepto me libero de ello, no lo atrapo. Ya no me pertenecen las costumbres, no son mías. Y cuando no poseo costumbres, hago las mías propias, o no. No hago ninguna si no quiero. Cuando toca vivir lo que toca vivir, lo vivo y ya.