El banco, Lorenzo, la que se fue y el futuro

Hay que ver todo lo que puede revelarse de un país en menos de una semana, cortesía de un comercial, un académico, un empresario y una emigrante.

Hoy me siento en la computadora, abro mi inefable Twitter y el primer enlace que consigo compartido es la entrevista del domingo 19 de abril que el portal Contrapunto le hace al padre Alejandro Moreno, teólogo, psicólogo, doctor en ciencias sociales y filósofo que ha vivido durante años en un barrio de Caracas y estudioso de larga data de la realidad social del país. El padre Moreno asegura que la violencia generada en los sectores más pobres del país está dejando como consecuencia que se “está formando un Estado efectivo por debajo del Estado formal, inefectivo y vacío”. Está convencido que este Estado no quiere (aún) resolver el problema de la delincuencia. Y luego está esto:

“De seguir como seguimos, Venezuela desaparece como sociedad. No sé que va a venir, vendrá la anarquía, nos vamos a matar, no sé. Pero de seguir como seguimos, la sociedad como una integración, desaparecerá”.

Esto está en amplio contraste — o quizá se puede complementar — con el comercial que Banesco hizo girar la semana pasada, titulado “La Venezuela que debemos salvar”.

La entrevista de Moreno no ha tenido la difusión que ha tenido el comercial, al menos no todavía, pero lo cierto es que cuando aún no se ha terminado la conversación sobre el comercial, Lorenzo Mendoza, presidente de Empresas Polar, da un nuevo ingrediente, con la difusión de un audio de un discurso que dio ante sus empleados, hablando sobre los venezolanos que se han ido del país, probablemente en respuesta a lo que alguien le preguntó sobre por qué quedarse en el país.

“Este es mi país y esto es lo que me apasiona. (…) A muchos que están pensando en irse, evalúen bien su decisión porque están cambiando unos problemas por otros. Venezuela nos necesita a todos. (…) Como venezolanos tenemos que ocuparnos, no ser indiferentes. (…) Mi mensaje de esperanza para jóvenes como tú es que este país tiene mucho más que ofrecerte que cualquier otro país del mundo. (…) Es muy importante que tú mismo analices tu realidad personal y tomes tu decisión. Aquí, en este grupo empresarial por lo menos, hay futuro”.

Las palabras de Mendoza fueron la comidilla de las redes sociales de uno y otro lado este lunes en la mañana, y en especial después que María José Flores, una venezolana radicada en Panamá, le escribiera una carta abierta al empresario desde su blog criticando sus palabras. Este párrafo me lo resume todo.

“Personalmente pienso que usted merece todo lo que tiene porque se lo ha ganado a pulso y, bajo su dirección, Empresas Polar ha crecido incluso más allá de las fronteras venezolanas, consolidándose como un ejemplo de gerencia efectiva. Pero también pienso que quienes hemos tenido que separarnos de nuestras familias porque sí pasamos por todas esas cosas que probablemente a usted no le afectan, no merecemos que alguien que no está en nuestros zapatos quiera hacernos ver como los malos de la película porque decidimos cambiar ‘unos problemas por otros’”.

Bastante que digerir, pero estas son cuatro de las ocho caras del octaedro que considero es la Venezuela actual (reducirla a una moneda es demasiado simplista, a estas alturas). Por un lado están los que trabajan aún en el país, incluyendo académicos como el padre Moreno que han visto la realidad de la sociedad y la han estudiado a fondo, advirtiendo sobre los cambios que necesitan hacerse para evitar el caos. Por otro están los venezolanos de a pie que muestran el comercial de Banesco, quizá escasos pero no por ello menos reales, que simplemente los han educado a ser solidarios con su vecino y actúan acorde. Por otro más está el grupo de empresarios como Mendoza, que siempre se han cuidado de invertir primero en el país y luego fuera de sus fronteras, procurando ofrecer oportunidades a aquellos que deciden quedarse. Y otro más aún, los cientos de miles de venezolanos cuyas oportunidades se acabaron o cuya seguridad personal está en riesgo, o su crecimiento está tan cerca de imposible que deben buscarlo fuera de aquí, con mayor o menor dolor.

Todas esas posiciones son más que verdaderas; todas son respetables y hasta cierto punto admirables. Emigrar o quedarse necesita ser una decisión absolutamente personal, y debe ser respetada por todos, sea que la compartan o no. Que es donde vienen las caras que faltan. Están aquellos que aplican aquello de “si yo estoy bien, qué importan los demás”. Sea cual sea el lado del espectro político en que están, se concentran en asegurar su bienestar, muchas veces a expensas de los demás, sea en la cola del automercado, el tráfico, el trabajo o el edificio. Están los que activamente se rehúsan a pensar que las cosas están mal, convencidos de que los que quieren cambiar el estado actual lo quieren hacer a expensas de los logros de los demás, y por consiguiente no sólo evitan debatir lo contrario sino que deliberadamente buscan evitarlo, muchas veces de manera violenta. Y están los que están tan carcomidos por cómo se ha devaluado la situación que consideran a los anteriores o a los que quieren tratar de cambiar las cosas desde adentro pobres ingenuos, cuando menos, o completos idiotas.

Este último grupo ha tenido particular resonancia en redes sociales, pero me han tocado en la vida real más de una vez. “¿Qué clase de idiota se queda en Venezuela teniendo ciudadanía americana?”, me preguntaron una vez. Fue tal mi furia que tuve que respirar profundo para no rebajarme al mismo nivel, quedándome con la clásica “eso es para yo saber y tú seguirte preguntando”. Claro que he recibido la pregunta disfrazada de manera más benigna, o con auténtica preocupación o cariño: “Juanco, aquí no hay nada que hacer, vete y haz tu futuro afuera”. “Esa Venezuela que tú recuerdas no existe, vete y resuelva afuera”. “Esto que lo resuelvan otros, mano, vete mejor”. “¿Y qué haces todavía aquí?” No incluyo en este grupo a María José, quien responde a Mendoza con mucha educación y argumentos, pero los insultos que he leído hacia Mendoza son de antología, reacciones viscerales dirigidas no hacia alguien que quiere tratar de animar al que no se puede ir, sino al empresario adinerado que no tiene que pasar trabajo, que creen está insultando al que no se fue. Y es el que se enfrasca en decir que la muchacha del comercial de Banesco “no dio las gracias nunca” y “esa es la verdadera Venezuela, malagradecida”. Esta es la gente que cree que “esto no se resuelve con votos” y la única manera de resolverlo es que aquí “estalle un peo”.

Y al final está el venezolano promedio, el que Banesco trata de retratar. El que sabe que la cosa está mal, pero no puede o no quiere emigrar. El que entiende que el país está jodido pero no quiere joderlo más, quiere mejorarlo, y sabe que se hace trabajando. No sólo trabajando en el sentido estricto de la palabra, sino trabajando para sembrar conciencia, para tratar de que haya una mejor imagen de la ciudad, del país, del venezolano en general. Es el que nunca se ha robado ni un caramelo, hace pacientemente su cola, protesta en el banco, se levanta de madrugada para llegar temprano a su trabajo donde apenas se ha robado un clip, y nunca lo nombran jefe porque siempre hay uno más “vivo” que él. Es el estudiante que jamás se ha copiado en un examen o ha dejado de hacer su tarea, es la señora que trata de compartir con las vecinas lo que consiguió. Y lo peor del caso es que muchas veces son estos venezolanos promedios los que caen víctimas del hampa o deben sufrir las penurias de las carestías del mercado actual, mientras que la mayor queja de muchos es que tengo que abrir cuenta en un banco público. Es el que está jodido pero no es que no lo sepa, es que no tiene cómo emigrar para otro país, no tiene la sinvergüenzura para ponerse a robar y no tiene el deseo de hacer otra cosa más que trabajar por los suyos.

No quise caer en absolutismos, pues lamentablemente todos tenemos un poco de todos, pero la verdad es que la división entre venezolanos no se ha limitado solamente entre oficialistas y opositores. Hay muchísimas otras divisiones, y una de las mayores razones es que los cínicos se han multiplicado. Pareciera que lo único que quieren es que llegue el caos, el día en que Venezuela finalmente llegue al punto que el padre Moreno advierte para simplemente decir, desde su alto trono “te lo dije”. Esta es la gente que ignora que no todos los que se quedan es porque “les gusta nadar en mierda” (cita verdadera) sino porque quieren quizá contribuir a sacar la mierda el país… pero la buena. Me llamarán ingenuo e inocente o pendejo todos los que lean esto, pero la verdad es que más apoyo lo que escribió Luis Carlos Díaz hace tiempo, palabras más, palabras menos..

“Bien por el que se va, bien por el que se queda, mal por el que no puede irse, mal por el que no puede quedarse.”.
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