El baterista y el escritor

Tuve que hacerlo para que no fuera una idea postergada. Dejarlo por escrito como un recordatorio de que lo era. Para todos, pero sobre todo para mí. Porque a veces lo que más deseamos es lo que más postergamos, como una botella de vino que no descorchamos por vivir esperando que llegue la ocasión que amerite. Lo hice del modo más simple. Con una palabra en mi perfil de Twitter. «Escritor». En primera posición. Para que el tatuaje esté ahí, demandándome congruencia con lo que digo ser y con lo que siempre he querido ser. Y me ha funcionado. Ahora me atrevo a decir que soy escritor. Bueno o malo, no lo sé. Pero escritor. Y eso es todo. La calificación corresponde a terceros. La realización es personal.

Cada fin de semana era la misma historia. Un amigo y yo mirábamos hacia el escenario con una sonrisa burlona. Platicábamos con la garganta ardiendo por el alcohol. Nos reíamos con malicia de la escena que vivíamos cada que tocaba una banda en vivo. Éramos tres, acabábamos siendo dos. Porque el tercero siempre tenía éxito. Ligaba a quien quería. Lo lograba con total astucia. Se acercaba, platicaba y se quedaba ahí toda la noche. Hasta que el show tuviera que continuar o hasta que las luces se encendieran. A nosotros su meta cumplida nos causaba simpatía. El suyo era un éxito rotundo. No podíamos competir contra su efectividad. En nuestra defensa, he de asentar que no éramos perdedores consumados, que de vez en cuando pegábamos un home run, pero él siempre lo lograba. Salía feliz al final de la noche. Contento por haber pasado horas platicando con los bateristas de la banda, aprendiendo de ellos, sintiendo que estaba entre ellos, o que incluso podía llegar a ser mejor que ellos. Mi amigo y yo siempre decíamos lo mismo. «Ya se volvió a ligar al baterista».

En su momento lo veíamos como un perdedor. A los veinte al menos sonaba a legítima aspiración. Incluso lo animaba a hacerlo. Me daba gusto escucharlo rogar porque lo dejaran hacer un palomazo en un bar con no más de diez clientes. Recuerdo que alguna vez, en una de esas fiestas de las que te enteras por amigos de amigos de tu amigo, tuvo su mayor momento de gloria cuando lo dejaron controlar la batería en lo que la banda descansaba. Pero a los treinta, cuando seguía sin grabar un video, sin presentaciones y acosando bateristas, empezó a dejar de ser divertido. Se volvió monótono, fastidioso. Como estar ante un adulto que se niega a crecer. Un alma de rockstar que nunca lo será en la realidad. Un Peter Pan que jamás entenderá que el tiempo ha pasado. Que se le nota. Que lo suyo debe ser vivir más que soñar.

A la fecha no lo ha logrado. Ha sido programador en Wal Mart, maestro de secundaria, capturista de datos y vendedor de seguros. De todos los trabajos se cansa. Las oficinas lo asfixian. Dice que no van con él. Huye de la rutina sin importar las consecuencias financieras. En su desesperación, se volvió cristiano. Habla de Dios y de fuerzas supremas que yo no llego a entender. Tiene 35 años. Y no, nunca le han pagado por ser baterista.

Si pudiera echar el tiempo atrás, me gustaría que mi papel en la escena de siempre cambiara. Que mi risa no fuera burlona, sino de reconocimiento por seguir una pasión. Pero entonces era joven. A las fiestas iba con una misión clara que pasaba de largo ante los dilemas existenciales. No quiero ser como él. Soy demasiado ambicioso y materialista para ponerme en ese nivel de idealismo. Sigo pensando que es un fracasado. Pero a la vez lo admiro. Porque siempre tuvo claro lo que quería ser. Sin que importara el dinero, la trascendencia o lo que opinaran sus dos amigos a la distancia. El recuerdo de él ha sido clave para que hoy yo esté convencido de que soy escritor. Él ofrecía palomazos a diez clientes que ni siquiera lo pedían, yo escribo a diario para diez, veinte, treinta o cien que tampoco clamaron por mis letras. Y me siento bien. Lo hago por mí antes que por los demás. Como él viviendo para ser baterista.

Sospecho que un día lo encontraré. Que algún remoto día entraré por causas inexplicables a un bar de Sanborns y entonces lo veré. Estará tocando la batería. Realizado ante viejos deseando que el ruido se acabe. Esa vez, que sé que llegará, no me reiré con malicia. Sonreiré por ese amigo que me enseñó el valor de cumplir nuestras aspiraciones de vida, aunque sea sin dinero y sin gente. Buenos o malos no lo sé. Simplemente sé que él es baterista y yo escritor.

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