El collar de perlas
Esta es una adaptación moderna a un cuento que leí — e impactó — hace mucho tiempo, “La Parure” de Guy de Maupassant, escrito en 1884. Traté de saciar el intenso apetito por tres cosas que me apasionan: la narrativa, la buena cocina y la ciudad de Nueva York en vísperas de año nuevo. Me disculpo de antemano por tomarme esas libertades con un cuento clásico.
I
La tarde se iba acabando, como tienen por manía hacerlo todos los días. Esta tarde en particular podía inspirar una obra de arte, con un sol de invierno que daba el último toque dorado sobre los árboles sin hojas que sobresalían del manto de nieve que cubría Central Park y pintaba colores imposibles en las nubes esparcidas sobre fondo azul de manera tan regular que era un lienzo perfecto. Blanco, naranja, índigo y violeta. Colores líquidos todos jugando en armonía sinfónica.
En el 301 de Park Avenue se encuentra el hotel Waldorf Astoria, uno de los más antiguos y prestigiosos de la ciudad de Manhattan. En ese hotel, en una suite del piso 37 se encontraban Stella y Susan preparándose para la fiesta de gala de esa noche.
Ambas eran amigas desde la infancia, aunque venían de familias muy distintas. Susan era hija del Senador Wilfred Hunt, descendientes de una larga tradición de políticos de muy alta esfera en el ambiente neoyorquino. Stella era la hija del mayordomo en jefe de los Hunt, Jackson Clearwater, quién había servido por más de 20 años. Era considerado parte de la familia y empleado de máxima confianza. Crecieron juntas en la misma casa aunque una en los cuartos principales de la mansión y la otra en una de las habitaciones de servicio.
Las diferencias de status no hicieron mella en su capacidad de hacerse amigas desde el primer momento en que el viudo padre de Stella fue contratado como mayordomo. Compartían cada minuto juntas como hermanas sin distinción de chequera o apellido. Por intervención del Senador, quién insistió hasta hacer acceder al padre de Stella, matricularon a las dos niñas en la más prestigiosa escuela privada de Nueva York.
Habían pasado años de eso y la amistad de las dos niñas había crecido hasta hacerse mujeres hechas y derechas. Ahora tenían 22 años cumplidos, atendían a la NYU. Stella escogió la carrera de música y Susan política internacional siguiendo la tradición familiar. Los orgullosos padres no podían más que sentirse agradecidos con la vida por la clase de hijas que tenían.
Las 6:00 pm del 31 de diciembre de 1999.
Ese año estaban por hacer realidad el sueño de cualquier joven de esa edad. Celebrar el año nuevo en la selecta fiesta del Waldorf Astoria. La alta sociedad neoyorquina estaría presente. Para la ocasión, Susan convenció a su padre de rentar una de las suites del hotel para prepararse y luego pasar la noche. No querían preocuparse por volver a casa en un viaje de dos horas luego de bailar hasta la madrugada. Nueva York es la ciudad que nunca duerme, especialmente en vísperas de año nuevo y siglo nuevo.
En la amplia habitación estaban las dos chicas acompañadas por las empleadas de servicio y la costurera de la familia, haciendo los últimos ajustes a los vestidos. El senador y su esposa estaban descansando en la habitación principal de la suite y Jackson, el padre de Stella, verificaba la asignación de asientos para esa noche con el personal del hotel antes de regresar a la mansión y celebrar con el resto del personal de servicio.
Escucharon unos ruidos de explosiones y salieron al balcón. Desde ahí podía verse el edificio a unas cuadras de distancia, en el epicentro de Times Square, con la bola de cristal que subía en ese momento sobre el mástil en su parte más alta sobre el cual se deslizaba. A más de cincuenta pisos de altura, la esfera compuesta por cientos de piezas de cristal Swarovski tallados a mano con miles de bombillas que cambiaban rítmicamente de color creando efectos de caleidoscopio, era la joya de la corona de la ciudad. En ese momento iba escoltada por fuegos artificiales al tanto que sonaba parte de la tonada “New York, New York” interpretada por Tonny Bennett. Este preámbulo ocurriría al tope de cada hora de ahí hasta la medianoche para finalizar en el momento en que el nuevo milenio comenzaba y la magnífica esfera descendería de nuevo entre canciones, fuegos artificiales y los gritos de millón y medio de personas que se reunían cada año para observar el evento y sentirse parte de recibir el año nuevo en el “cruce de caminos del universo”, como llamaban a la intersección de 7th Avenue con Broadway.
El reloj daba las 8:00 en punto. Quedaba una hora para bajar al salón principal.
Todavía tenían tiempo, ya habían terminado de maquillarse y peinarse, los vestidos estaban en perchas en espera de ser ajustados a los cuerpos que los iban a lucir esa noche. Gracias al financiamiento despreocupado del senador, habíanse decidido por un Vera Wang negro de seda, largo a los tobillos con abertura lateral al muslo y escote pronunciado en la espalda, para Susan. Un Dolce&Gabbana rojo strapless de falda a la rodilla con pliegues paralelos para Stella. El primero resaltaba la larga melena rubia y ojos celestes de Susan, el segundo complementaba exquisitamente el cabello lacio y negro en juego con los ojos azules de Stella. Se habían tardado semanas, recorrido kilómetros en la Quinta Avenida y probado decenas de vestidos de gala para encontrar los atuendos idóneos de esa noche.
Las 9:30 de la noche. Hora perfecta para una entrada triunfal “fashionably late”
Ambas se estaban viendo en el enorme espejo de cuerpo entero de la habitación, cuando entraron el Senador Hunt y su esposa y saludaron a las chicas. Ellos iban de chaperones esa noche pero era un detalle sin importancia para ellas. Zapatos a juego con los sendos vestidos de noche, estolas, bolsos y guantes de seda.
El sueño mágico estaba a punto de cumplirse, aunque Stella no sospechaba que esa noche iba a suceder algo que iba a cambiar su vida para peor. Una desafortunada serie de eventos que la convertiría en esclava de las circunstancias por varios años, rebajándola a venderse por las calles y perder toda su dignidad.
Se disponían a salir cuando la señora Hunt mencionó algo sobre el vestido de Stella
-Me parece que falta algo, dijo mirándola con escrutinio
-¿En serio Nana? (como le decía Stella a su —casi— madre adoptiva), creo que lo tengo todo. Dijo revisándose instintivamente con las manos.
-Uhm, déjame ver… ¡Ya sé! dijo Nana
Salió en dirección a la habitación principal y volvió con una caja de fieltro negro.
-Esto es el accesorio perfecto que completa el cuadro, dijo alegremente.
Abrió la caja de fieltro y dentro estaba el collar de perlas más brillantes que hubieran visto las dos chicas en su vida. Sesenta esferas perfectas formaban un collar de tres vueltas, del que pendían perlas de diferentes tamaños ordenadas militarmente y que terminaban en tres perlas del tamaño de huevos de codorniz al centro del juego.
Los ojos de Stella brillaron tanto como las piedras preciosas.
-Anda, probémoslo dijo Nana
Stella procedió a recogerse el pelo mientras Susan le colocaba el collar y lo aseguraba con el gancho dorado que traía el collar para ese efecto. Tuvo que intentar engancharlo varias veces porque no quedaba fijo. Finalmente, Stella se volvió hacia los presentes y todos estuvieron de acuerdo que realzaba no solo la belleza del vestido, sino de todo el conjunto.
-Las mujeres sí entendemos el poder de las joyas, dijo Susan guiñando el ojo. Pareces una Venus de Milo “en rojo”
-Pero con brazos y más ropa, celebró su amiga riendo.
Dieron las 10:00 de la noche
El salón de baile estaba adornado sobriamente, las paredes ostentaban obras de arte que coleccionistas privados habían prestado para la ocasión, las columnas dóricas adornadas de luces hasta el techo junto con el enorme candelabro hecho de cristales de Murano, le daban un aire mágico al salón. En una esquina, la banda interpretaba un alegre jazz y los camareros hacían sus caminos invisibles a través del salón repartiendo copas de champagne y canapés a los invitados.
Al entrar ellas, los hombres más jóvenes se volvieron a mirar sin pudor a las dos bellezas en negro y rojo que acababan de entrar. Los hombres mayores hicieron lo mismo pero más discretamente. Ellas se unieron al grupo de amigos que hablaban animadamente, mientras el Senador y su esposa se alejaron para conversar con otros conocidos del ambiente político.
Uno de sus amigos, Sean Peltz esperaba con un brazo extendido. Sean era un joven alto, moreno con aspecto de atleta griego. Era capitán del equipo de Lacrosse de NYU, fue allí donde conoció a Stella y quedó prendado de ella sin remedio al primer vistazo. Desde hacía varios meses había estado reuniendo el valor de hablarle y pedirle que fuera su acompañante esa noche. Por fin un día, en la cafetería de la facultad de Arte, se lo pidió. Stella no tardó mucho en aceptar, luego de discutirlo con Susan y convencer al senador de asistir a la fiesta.
Stella tomó suavemente la mano que le tendían. Sean sonreía de oreja a oreja
-Estás preciosa hoy, dijo
-Ah, entonces el resto del año me veo horrible, bromeó Stella
-No, no quise decir eso. Replicó Sean. Es que te ves maravillosa.
-Más te vale que lo creas, esta noche vamos a divertirnos a lo grande. Sonrió ella.
Para Stella, la noche fue la mejor de su vida. A pesar de estar acostumbrada a asistir como invitada a múltiples fiestas en casa de los Hunt, esa noche todo era brillo, alegría y por qué no, un poco de placer egoísta al sentirse deseada por los hombres y envidiada por las mujeres. Varias de sus amigas le hicieron cumplidos por el collar de perlas que pendía de su cuello, que ella misma se sorprendía al vérselo puesto cada vez que chequeaba su figura contra alguno de los tantos espejos del salón.
La cena consistía en platos tradicionales franceses, comenzando con hors d’ouvres de foie gras et fromage en su respectivo baguette y escargots, esos interesantes caracoles fuertemente aderezados que a las chicas les pareció más pedazos de caucho que algo comestible. La entrada caliente era una Soupe à l’Oignon gratinée o sopa de cebolla gratinada que Susan disfrutó hasta la última cucharada mientras uno de los amigos del senador contaba la anécdota de cómo fue inventada por el rey Louis XV, quién estando de cacería y con ganas de un bocadillo a altas horas de la noche sólo encontró cebollas, champagne y mantequilla en su tienda y al combinar los tres ingredientes creó la tradicional sopa francesa.
El plato fuerte, confit de pato servido con Tarte aux sardines y ratatouille que le daba ese balance de tradicionalidad campestre a sus compañeros de plato con pedigree más gourmet. Para cerrar, el postre era un exquisito créme brulée perfectamente acabado con esa capa de azúcar cristalizado, pocas personas creen que sea una simple mezcla de crema catalana, yemas de huevo y azúcar aderezado con limón y canela. Durante la cena, todo esto fue acompañado por sendas botellas de champagne que desaparecían rápidamente y casi por arte de magia se materializaba un mesero para reemplazarlas inmediatamente.
Luego de la cena, la pista de baile fue la protagonista de la noche, dando paso a una orquesta de corte ecléctico que lo mismo tocaba versiones instrumentales de “Here comes the sun” de Los Beatles, como “We didn’t start the fire” de Billy Joel, o bien “You’ve lost that loving feeling” de Righteous Brothers.
Al dar las doce medianoche, los antifaces ocultaban las caras para abrir un carnaval mientras los fuegos artificiales a la distancia acompañaban el descenso de la esfera de cristal en Times Square marcando el inicio del año. “Cinco… cuatro… tres… dos…!Feliz año nuevo!”, gritó la multitud al unísono saliendo a observar el espectáculo a pesar del frío intenso que hacía en los balcones.
Tan sólo una pareja se quedó dentro, bailando lentamente una balada. El la besó suavemente y ella devolvió la atención con cariño. El resto del mundo desapareció para Sean y Stella.
II
Stella despertó ya bien entrada la mañana siguiente. Se levantó para correr la cortina de la ventana de su habitación y sonrió al ver la fría pero soleada mañana del primer día del siglo. Aparte del leve dolor de cabeza, causado por el exceso de Dom Pérignon, rió al notar que el mundo no se había acabado tal como pronosticaban los viejos locos de las aceras. No hubo tal fin del mundo, ni una debácle informática, ni siquiera un apagón. Todo seguía normal.
Sin prisas se metió a la ducha y se vistió con sus usuales jeans mientras veía de reojo el vestido rojo que llevara la noche anterior descansando en su percha. ¡Qué lástima que esto no suceda más seguido! pensó. Ese collar de perlas, sería genial poder usarlo siempre.
Este último pensamiento le recordó el collar. ¿Dónde estaba? No precisaba habérselo quitado la noche anterior, pero debía andar por allí. Mejor lo buscaba para devolvérselo a Nana cuanto antes. Revisó junto a la silla donde dejó el vestido. No estaba ahí.
-Debo haberlo dejado en la mesita de noche, se dijo. Tampoco estaba ahí.
Se empezó a preocupar un poco pero no perdió la calma.
-Creo que fueron un par más de copas de lo que debí. Dijo tratando de hacerse un chiste a sí misma para aliviar el hueco que sentía en el estómago en ese momento. Chequeó la cama de Susan pero comprobó que seguía profundamente dormida.
-A ver, trata de recordar, Stella. ¿Qué hiciste anoche?
Su memoria estaba un tanto borrosa hacia el final de la noche, pero recordaba perfectamente cuando Sean le susurró al oído lo bella que se veía y lo bien que le lucía ese espectacular collar. Ella tenía un antifaz en ese momento, lo que quiere decir que fue pasada la medianoche. Pero no lo veía por ningún lado.
Buscó por cada rincón de la habitación para luego hacer lo mismo con el resto de la suite. Gracias al cielo todos dormían todavía, así que pudo mover muebles y levantar alfombras sin tener que dar explicaciones. ¡Ni rastros del collar!
Ahora sí estaba al borde de un ataque de nervios.
-Buenos días cariño, ¿qué haces? Le dijo Nana, sorprendiéndola buscando bajo un mueble
-Hola Nana, nada es que creo que vi algo debajo
-Bueno, como digas. Dijo mirándola con curiosidad. Ya ordené el desayuno acá en la habitación. Prepárate, llega en unos quince minutos.
Los pensamientos de Stella iban a miles de kilómetros por hora durante la comida, tratando de pensar que había pasado con el collar. Ya había buscado en cada centímetro cuadrado de la suite y no aparecía, Sintió deseos de bajar como un rayo a recepción del hotel a preguntar por él. ¿Se había caído? ¿Cómo había pasado y no darse cuenta?
Durante el desayuno, la familia recordaba eventos de la noche anterior. El senador comentó lo bellas que se veían sus dos “hijas” y sacó a colación el collar.
-Stella te veías divina anoche, ese collar debería ser tuyo. Dijo el senador
-Cierto, dijo Nana. Te sienta mucho mejor a ti que a mí
-Pues no creo que tenga mucha oportunidad de usarlo, dijo Stella bajando la mirada
-Y además no es tu estilo, dijo riendo Susan dando un golpecito en su brazo, refiriéndose a su manía de andar siempre en jeans y blusas.
-Bueno, en todo caso debemos ponerlo donde estaba, la tía Mildred quiere usarlo este fin de semana. Dijo Nana
Stella quedó como atravesada por un rayo
-Voy a buscarlo, dijo
Estaba al borde del llanto, pero se controló.
Salió disparada hacia fuera de la suite, mientras marcaba un número en su celular. Un adormilado Sean le contestó para decepcionarla al no saber nada del collar. Bajó por el ascensor y llego sin aliento al lobby. Un amable señor entrado en años y de impecable uniforme gris la atendió.
-¿Cómo le puedo ayudar señorita? Dijo el hombre
-Hola, estoy en la suite del Senador Hunt y necesito saber si ha aparecido una joya en el baile de anoche. No la encontramos.
-¿Qué tipo de joya? señorita preguntó el hombre
-Un collar.
-Por favor deme un minuto. Dijo mientras tomaba el teléfono y llamaba a seguridad del hotel. Habló unos breves segundos con alguien del otro lado y colgó el auricular.
-Señorita, me informan de seguridad que hay un collar que fue devuelto esta mañana por el personal de limpieza. Si desea puede retirarlo en aquella puerta. Dijo el hombre señalando la puerta al otro lado del lobby con un rótulo que decía “Seguridad”
La sangre volvió a entibiarse en las venas de Stella. Como una exhalación se dirigió a la puerta.
-Buenas, yo soy quién anda buscando el collar perdido de anoche. Lanzó a la primera persona que vio.
-Buenos días señorita, dijo una la mujer joven que vestía de saco, tiene suerte, este tipo de joyas por lo general nunca aparece. Este estaba dentro de un abrigo cuyo dueño olvidó retirar al irse anoche.
-Sí gracias, no sé qué pasó, en que momento…
-No se preocupe, pero solo para asegurarme, ¿podría describir el artículo? Dijo la oficial de seguridad.
-Es un collar de perlas, diferentes tamaños en tres vueltas. Dijo apresuradamente Stella
La oficial desdibujó la sonrisa de su cara y miró fijamente a los ojos de Stella.
-No sé qué decirle señorita, ese no es el collar que tengo aquí
-Pero… pero, tiene que ser, dijo Stella
-Discúlpeme, pero creo que se equivoca, dijo la oficial mientras sacaba de un cajón un collar de oro con pendiente de diamante y adornos de esmeraldas.
Stella abrió los ojos desmesuradamente y empezó a sollozar. Estaba perdida. ¿Qué iba a hacer?
Luego de dejarle su número de celular a la oficial para que llamara en caso de que encontrara el collar, se dirigió hacia la calle. No podía enfrentar a los Hunt y decirles que había perdido el valiosísimo collar, menos a su padre. Salió del hotel y caminó calle abajo mientras trataba de poner sus pensamientos en orden.
De pronto, paró en seco y se le iluminó la cara. Pues habría que reponerlo. Era lo que su padre siempre decía: ¡Si dañas algo que no es tuyo debes reponerlo!
Salió disparada hacia la Quinta avenida y entró directamente en Saks. Se acordó que el estuche de fieltro negro en que venía el collar tenía el logo de esa tienda y que durante sus excursiones de compra de vestido, le pareció ver un estante de adornos con perlas en la sección de joyería y con un poco de suerte podría comprar uno igual.
La tienda estaba desierta a esa hora del día y un empleado de porte elegante daba brillo a los estantes, cuando Stella entró como una tromba.
-Disculpe señor, collares de perlas. ¿Tiene alguno? Dijo ella jadeando
El empleado la miró con desinterés cuando le contestaba:
-Por supuesto señorita, tenemos más de uno.
-Me los muestra por favor, necesito algo en particular.
El empleado la llevó a un anaquel donde estaban las joyas hechas con perlas y procedió a sacar otras con cuentas del mismo material de uno de los cajones del fondo. Stella miraba cada uno pero buscaba algo muy específico.
-Es que necesito uno de tres vueltas con perlas de diferentes tamaños, dijo ella.
-Um, déjeme ver. ¿Como éste traído de Mallorca, tal vez? Respondió el empleado sacando uno de una caja marrón.
El collar muy parecido al que Stella había perdido pero con perlas negras. Stella sonrió nerviosa.
-Sí, como ese pero con perlas blancas.
-¿Blancas?, reflexionó por un momento el empleado. Se importaron sólo cinco de Asia por un pedido especial, me parece. Es un collar bastante inusual.
El empleado se quedó pensando un momento y para alivio de ella, le dijo a Stella que estaba casi seguro que lo tenían pero en la caja fuerte del gerente. Él llegaba a eso del mediodía y con gusto le podía confirmar a su celular si estaba todavía ahí.
-Claro, por favor inmediatamente me llama. Dijo ella escribiendo su número de celular en un papel. Una pregunta, ¿cuánto cuesta?
-¿El precio? Dijo el empleado revisando en la computadora. Serían aproximadamente unos $35.000 dólares. Más impuestos, por supuesto… Un total de $38.300 dólares.
Un balde de agua helada cayó sobre Stella. Palideció al tiempo que quedaba con su boca abierta y ojos desorbitados. Casi cuarenta mil dólares. ¿De dónde podría ella conseguir tanto dinero? Sus ahorros apenas sumaban seis mil y eso a duras penas recortando gastos.
-¿Le pasa algo señorita? Preguntó el empleado.
-No, no, por favor devuélvame la llamada en cuanto sepa algo.
El mundo le daba vueltas. Los colores desaparecieron y todo se volvió blanco y negro. Tenía ganas de llorar pero no podía. ¿Cómo fue tan estúpida de perder un collar tan valioso?, ¿Por qué dejó que se lo pusieran?, ¿Qué le iba a decir a su padre?, ¿Cómo se lo iba a decir a los Hunt?
Sus pensamientos iban y venían cuando al rato de caminar sin rumbo, un papel arrastrado por el viento se enganchó en una de sus botas. Ella hizo ademán de quitárselo para tirarlo a la basura cuando vio un gran signo de dólares en el papel arrugado. Lo extendió para leerlo
“¿Necesita dinero?, ¿Está desesperado? Nosotros le prestamos cualquier cantidad que necesite al plazo que quiera. Llámenos”… Y abajo un gran número de teléfono en tipografía roja brillante.
Stella se quedó observando el papel. Sabía que esos negocios eran mayormente manejados por la mafia de New York y que había que estar loco para recurrir a algo así pero estaba desesperada. Tal vez si llamara a preguntar, ella podría negociar algo.
Instintivamente tomó su celular del bolso y marcó apresuradamente lo números de la hoja.
-¿Hola? Contestó una voz chillona de mujer al otro lado.
-Buenos días, llamo para saber detalles sobre los préstamos. Dijo Stella sollozando.
Cuatro horas después, Stella entraba nuevamente a la sección de joyas de Saks en la Quinta Avenida de Manhattan, todavía con escalofríos por haber hecho negocios con el tipo bajito de ojos saltones y fuerte acento italiano que se le quedaba mirando lascivamente y los dos matones enormes que hacían de guardaespaldas, quienes tenían más pinta de asesinos en serie que de personas normales. Tatuajes y cicatrices en los brazos incluidos.
Tras una muy breve conversación, el mismo empleado de la tienda que la atendió en la mañana le entregaba un paquete cuidadosamente envuelto y ella le hacía entrega de un cheque a su nombre debidamente endosado a nombre de la tienda.
Caminó hasta el hotel donde la esperaban preocupados los Hunt. Se había ido la mayor parte del día y se sentía igual que si le hubiera vendido el alma al diablo.
-¿Dónde te metiste niña? Nos tenías preocupados, preguntó la señora Hunt
-Andaba por ahí, nada de qué preocuparse. Dijo Stella. Creo que me voy a recostar un rato.
-Bueno, dijo Susan notando algo extraño en su amiga, pero recuerda que nos vamos a casa un unas horas.
-Si entiendo. ¡Ah! Nana, aquí está el collar que me prestaste anoche, dijo Stella alargando la mano con que sostenía el collar.
-Sí, claro, pero ¿te sientes bien?
-Claro, no es nada. Solo estoy cansada.
III
Cinco años después…
-Gracias señorita, dijo el hombre de traje azul mientras dejaba una generosa propina sobre el mostrador al tiempo que le guiñaba un ojo y le pellizcaba el trasero.
-Fue un placer, dijo Stella arrugando la cara mientras recogía los platos de la mesa
Ella se fue disparada a cerrar su turno con el encargado de la caja registradora y cambiarse porque de su trabajo en el restaurante como mesera de turno nocturno, tenía media hora para salir a su otro trabajo en un cabaret de la ciudad. Ese sí que lo detestaba con toda su alma. Venderse por dinero era algo que nunca pensó posible hacía apenas unos años y hoy se veía obligada a conseguir el dinero para poder pagar las altísimas mensualidades al prestamista que había financiado la reposición del dichoso collar. Ese collar maldito que hacía cinco años había cambiado su vida para convertirla en un infierno en vida.
Al final, con los intereses que tenía que pagar, el collar había costado el doble. El usurero le había subido el interés abusivamente en dos ocasiones, pero ella no reclamó. No quería ni pensar lo que los matones psicóticos podían hacerle, era mejor callar y tragarse la rabia que terminar con los pies en un bloque de cemento en el fondo del Hudson.
Al menos conservó su orgullo intacto y lo más importante, ni su padre, ni el senador, ni Susan, ni nadie sabía lo que había pasado. Era mejor así.
Estos últimos años habían sido duros. Con la excusa de independencia, había salido de casa de los Hunt para alquilar un pequeño piso en el centro. Tenía tres trabajos mal remunerados, pero al menos relativamente seguros de los cuales apenas alcanzaba para pagar la deuda y cubrir sus gastos. Tocaba el piano en un bar de mala muerte en Queens; como bailarina exótica se ganaba bastante aunque no pudiera verse a la cara en el espejo la mañana siguiente y al menos era mejor que lavar trastos grasientos en la cocina de un restaurante barato de Brooklyn. Se había convertido en una persona dura de carácter, insensible y amargada. Hacía mucho tiempo que no salía con nadie y se escondía de su propia familia. Los clubes, cines, teatro eran lejanos placeres de otro tiempo.
Su padre estaba convencido que había enloquecido y trataba de endulzarle el carácter a fuerza de postres, las poquísimas veces que Stella iba a visitar a su familia en la mansión. Nana y el senador trataron de que visitara a un psicólogo pero no tuvieron éxito. Susan estuvo meses tratando de que le explicara el repentino cambio en su amiga, hasta llegó a encarar a Sean asumiendo que él tenía algo que ver en todo esto. Sus esperanzas se fueron al suelo al revelarle que la misma Stella le había dicho que no quería volver a saber de él. Un par de años después Susan se graduó y se fue a trabajar para la embajada de Estados Unidos en Australia. Se habían distanciado en ese tiempo y aunque echaba mucho de menos a su amiga, eso aliviaba un poco el sentimiento de culpa de Stella al no tener que enfrentarla y mentirle día a día.
El mundo perfecto en que vivía desapareció de la noche a la mañana y ahora sólo podía pensar en saldar la deuda.
Físicamente también había cambiado, sus otrora suaves facciones eran ahora afiladas y duras. Había perdido mucho peso y fumaba sin parar, el color lozano de su piel era ahora amarillento y acerado. Esos ojos soñadores se habían cambiado por unos carbones apagados y resentidos. Había tocado fondo.
A pesar de todo, esa noche de diciembre del 2005 se sentía feliz. Ese día temprano había vuelto a la casa del prestamista a saldar su último pago. La pesadilla había terminado, era libre de nuevo. Cinco años que habían sido como estar en el infierno se habían llevado su belleza y lozanía pero al menos ahora podía comenzar de nuevo. Hasta había cedido a los ruegos de su padre de celebrar la nochebuena en casa, junto con el resto de la familia.
Se terminó de preparar, a la luz del único bombillo desnudo del cuarto que alquilaba por una miseria. Era una única pieza que contaba con una cama individual antiquísima, que rechinaba sin cesar en las noches, una mesita que servía tanto para comer como para leer como para todo lo demás, un sillón tapizado de flores amarillas que eran casi invisibles por la acción del tiempo y al fondo una pequeña puerta que daba a un baño diminuto cuyo inodoro siempre se tapaba. La única ventana estaba cerrada a cal y canto para evitar que el frío entrara y la luz mortecina era apenas suficiente para poder peinarse y arreglarse.
Terminó ajustándose el gastado vestido que tenía sobre el cual se puso su único abrigo, descolorido y deshilachado. Stella tomó el metro y luego autobús para llegar al lujoso barrio donde creció. Tenía meses de no ir de visita. Cuando llegó su padre la abrazó con ternura y la besó en ambas mejillas agradeciéndole estar ahí. Jackson también había envejecido en ese tiempo y estaba aún más canoso. El ex-senador estaba dedicado a sus negocios ahora y por su aspecto más regordete era claro que pasaba mucho tiempo en casa y no precisamente haciendo ejercicio. Nana mostraba algunas arrugas de más pero su afable mirada estaba todavía intacta.
-Susan te manda sus saludos, dijo Nana.
-¿Cómo se encuentra allá en Australia? Preguntó Stella.
-Pues bien, conoció a un diplomático de Perth y piensa casarse el próximo año.
-Sí, lo mencionó en su última carta, respondió ella quitándose el abrigo gastado y sonriendo sinceramente por primera vez en años.
La velada transcurrió sin novedad, todos estaban contentos de pasar las festividades en familia. Durante el postre, Nana recordó la noche de año nuevo de hacía cinco años. Hablaron del baile, de lo bien que la habían pasado esa noche en familia y de lo bien que se veían todos.
-Fue la última vez que estuvimos juntos en año nuevo, apuntó Wilfred Hunt
-Sí, después de eso dejamos de verte tan seguido Stella, terció su padre. Sus ojos denotaron cierto dejo de tristeza.
-Bueno, he estado muy ocupada, dijo ella bajando la mirada.
-Lucían increíbles ese día, de hecho mandé a enmarcar una de las fotos en que aparecen tú y Susan; la tengo en mi escritorio del estudio. Mencionó el señor Hunt.
-Ah sí claro, la que aparece Stella con el collar de perlas. Te sentaba divinamente, intervino la señora Hunt. Me arrepiento no habértelo regalado esa noche, ya no lo tengo conmigo.
Stella alzó rápidamente la vista ante ese último comentario.
-¿Qué pasó con él? Preguntó quedamente.
-Pues lo regalé en un evento de caridad hace un par de años, explicó la señora Hunt.
Los ojos de Stella se abrieron como platos, como grandes signos de interrogación.
-¿C…cómo que lo regalaste? Balbució ella, ¿por qué? Preguntó sin poder dar crédito a sus oídos. Estaba lívida, como si flotara en un sueño. ¿Regalarlo? Después de los años de sacrificio y sufrimiento que había vivido. Era imposible que fuera cierto.
-No veo por qué no, dijo la señora Hunt, a final de cuentas era falso… No costó más de $500, es una imitación impecable, pero no eran perlas reales…