El día en que extrañé Twitter

Me sentí raro. Atado de manos aunque mis dedos golpeaban el teclado como siempre. Fue una sensación de impotencia. De saber que hiciera lo que hiciera no podía tuitear. Y es extraño. Porque ya casi no lo hago. Porque en mi escala de prioridades Facebook, Instagram y hasta Snapchat van por delante de Twitter. Hoy extrañé los ciento cuarenta caracteres. Hacía mucho que no me pasaba. Lo extrañé tanto que sentí ansiedad. Me dieron ganas de patear, como siempre que entro en desesperación. Quizás por el horario. Quizás porque desde que escribo a diario en Medium he vuelto a usarlo. Por la razón que sea, hoy me pesó más su ausencia que la de Spotify, escenario posible para un ignorante musical como yo, y que la de Netflix, inimaginable para un tipo que busca engancharse a una serie incluso cuando ya no hay estrenos que valgan la pena.

La relación entre Twitter y yo se ha desgastado. Como la que sostiene con millones más. Se ha vuelto tediosa. Reiterativa a partir del error humano que cometemos al seguir a cuentas de la misma naturaleza. Ha intentado avivarla con Moments. Para darle aún más fuerza a su iniciativa, metió a la fuerza un rayo en la interfaz. Y me atrae, me gusta la figura, pero me recuerda a Instant Articles. Y además, incluso ahí las piezas lejos de contar una historia dicen lo mismo pero a manos de distintos usuarios. El pájaro se muere. Lo digo yo y lo dicen los analistas que un día lo ponen en Disney y al siguiente lo desmienten.

De Twitter también me molestan los follows obligados. El networking que llevamos en el smartphone. Sigo a personas que no quisiera seguir, pero que debo seguir. Calculo al menos un 20 % de mis usuarios seguidos en esa categoría. Me desespera sentirme limitado. Lo que una vez fue novedoso por exigir síntesis se ha vuelto claustrofóbico. Para un escritor es como vivir esposado. Y para el resto, si se trata de shots de creatividad, más vale tomar una imagen panorámica para Instagram, una selfie para Snapchat o proclamarse socialmente responsables en Facebook. Twitter lleva las de perder.

El horario del ataque cibernético le ayudó. Era viernes a mediodía. Estaba deseando compartir extractos de mis textos con la reciente implementación de Medium que genera una imagen brandeada en Twitter con tan solo seleccionar aquello que quieres destacar. Intenté una y dos veces. Me enteré que estaba caído. Pero soy necio. Seguía intentando. Y entonces empecé a valorarlo, como cuando te dicen que no sabes lo que tienes hasta que lo has perdido.

Sé que pronto se me pasará. Que mi reconciliación con Twitter es momentánea. Pero al menos hoy sé que nuestra relación no se acabará tan pronto como creía. En cierto modo descubrí que aún me gusta. Incluso me llama a la nostalgia. Diez años son pocos, pero en digital la edad pesa más para efectos de vejez que los de un perro.

No recuerdo haberme sentido estresado por él. Sí por la batería del iPhone, por la caída de Facebook, por las fallas de Netflix o hasta por la pizza que no llega. Pero no por Twitter. Lo de hoy, con ese procedimiento forzoso de abstemia, me provocó volver a sentir cariño por él. Sí por lo que es, pero sobre todo por su historia. Ahora, abro mi Kindle y releo Hatching Twitter de Nick Bilton, más entretenido que seguir perdiendo el tiempo en espera de que vuelvan los ciento cuarenta caracteres.

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