El día que decidí ser profesional y terminé en la cárcel

Estaba asustado. En serio, asustado. El guardia abrió la puerta. Era la primera vez que pisaba un penal. Y todo porque un día me propuse dejar de creerme amateur para convertirme en un profesional.

Te cuento.

Yo era un adolescente tímido. Preocupado por mi sobrepeso. Sí, era un buen estudiante. Pero algo me faltaba. Podía participar y hablar frente a todos. Pero hablar a una chica no. No. ¿De qué conversaría? Menos invitarla a salir. Tuve que aprender. Oh sí. Aprender equivocándome muchas veces. Mi timidez era tanta que antes de conversar, escribía un guión, lo leía una y otra vez para después repetirlo. En serio, no te rías. Bueno, sí, ríete de mí. Un trauma menos. Gracias por ser mi terapista…

Un día se me ocurrió la idea de escribir poesía. Sí, un poema para convencer a una linda compañera del salón para salir conmigo. O algo así. Entonces, sin proponérmelo, inicié mi carrera como amateur en la poesía.

Creer en ti es el mejor plan

Obtuve su atención. Aunque no la necesaria para convencerla de tener algo conmigo. Así inicié en la poesía; escribiendo lo que no podía decir. La verdad es que me encontré con varios «accidentes literarios» que sonaban bien. Eran algo así como:

«No te encuentras en mí siempre recordar
porque te puse santa en mi altar particular,
renegando mi fe sin contratiempo
para convertirme fiel a la religión de tu cuerpo».

Y me resultaba sencillo escribir poesía. Claro que aprendí sus reglas. Sus formas. Y nunca me gustaron por lo que decidí hacer mi propio estilo. Aquí es donde esta historia se pone más interesante.

El miedo al éxito es real

Dime cómo escribes y te diré quién eres. Yo escribo mucho. No puedo vivir sin hacerlo. Si no tomo mi computadora y escribo me vuelvo un fastidio para el mundo. Hago muchas cosas. De los sonidos, el que más disfruto es el del teclado al oprimir cada una de las teclas con la emoción de crear algo, de compartir una experiencia, de abrir la puerta a un mundo nuevo, de hacer un paquete de letras y regalártelo completo.

Poco a poco fui mejorando mi técnica en la poesía. Ahí iniciaron los problemas.

A los veinte escribí durante meses como si vida dependiera de ello. Olvidando todo. Fueron tantos poemas que decidí compilarlos, imprimirlos, engargolarlos y regalárselos un 24 de diciembre a mis padres.

Recuerdo bien el momento en el que mis padres se sorprendieron ya que ignoraban por completo mi gusto por la poesía. «Debes hacer un libro», me dijeron y me pareció una idea lógica. El material estaba escrito. El siguiente paso era, pues, publicar un libro. Entonces todo sucedió muy rápido. Para no marearte con detalles, saltaré a la presentación de mi primer libro de poesía.

Ahí estaba, a mis veintitrés hablando de mi visión de la poesía. Recuerdo la luz cegadora de un faro directo al escenario. Llegaron los aplausos, los autógrafos, las gracias a los participantes y regresé a mi cuarto pensando que rayos seguía después de todo el evento.

No sabía. Bueno, sí sabía. Pero me daba miedo. El miedo al éxito es real. Y ese era mi miedo. Miedo a convertir mi pasión en una obligación. Miedo a enfrentarme a los críticos y explicar el porqué de mi obra. ¿Cómo decirle a un cínico, perdón, a un crítico literario, que mi principal motivación era salir por una pizza con la chica que me gustaba? Temía dar el siguiente paso. Y es el siguiente paso el que me llevó a prisión.

La prisión de tus miedos

Tus miedos danzan a tu alrededor. Confabulan para volverte rehén. Para hacerte un prisionero y ser los dictadores de tu vida. Mi miedo era que el mundo descubriera que era un impostor. Un farsante que sólo acomodaba palabras de manera más o menos lógica. Me daba terror que alguien descubriera mi trampa. Y era una trampa lo que elaboraba con esos pensamientos saboteadores. Hasta que un día alguien me invito a crear un proyecto cultural. Un proyecto para enseñar poesía.

¿Yo; un maestro de poesía? ¡Qué locura!

Pues la locura se hizo real. Decidí convertirme en profesional y mis miedos comenzaron a desaparecer.

Entrando a la jaula de las letras

Me registraron. Mis pertenencias no fueron revisadas. Supongo que un maestro de poesía no levanta sospechas al momento de entrar a una cárcel. Y estaba ahí. En medio del patio central del área uno del penal en Ciudad Victoria. El proyecto se llamaba «Letras libres». Consistía en enseñar poesía a los internos.

Aprendí mucho de ellos. Aprendí lo grandioso de la libertad. De disfrutar algo tan simple como lo es comprar un helado y comerlo sentado en una banca, viendo el vuelo de las palomas entre la brisa en la plaza central. Aprendí que se necesitan pocas cosas para ser feliz. Sobre todo, aprendí que todo ser humano puede ejercer la resiliencia hasta en los momentos más oscuros.

Toda meta al principio se mira lejana. Cada paso te acerca más a la meta. tienes dos opciones: renunciar y regresar a casa o conquistar la montaña. Mi montaña era el miedo a ser profesional. Logré escalarla. Te aseguro que la vista es hermosa.

Ahora quiero que conquistes tu montaña y nos digas a todos cómo se siente llegar.

#PiensaFueradelaSilla


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