El dogmatismo de la nueva era

Parlamentos, debates y tertulias televisivas parecen haberse constituido en los últimos años como los nuevos coliseos del griterío y el caos discursivo. El público, entre curioso e inquieto, se apiña para observar los peculiares combates que se producen entre periodistas, políticos y, de vez en cuando, pseudoexpertos que afrontan mil y un temas de los más variado enarbolando a menudo como arma un bochornoso ruido ignorante. Por desgracia, la discusión ordenada y la exposición rigurosa de ideas, características propias y necesarias de tales contextos, son abandonadas cada día en mayor medida por parte de los participantes en cuestión.

Bruscamente comienzan a definirse los diferentes perfiles que se citan en semejantes ámbitos y la mayoría de la gente termina identificando a tales guerreros del desplante y el improperio como personajes de una realidad muchas veces excesivamente ficcional.

«El demagogo», José Clemente Orozco

Uno de estos perfiles, que surge de ese problemático dogmatismo que se pretende afrontar en este artículo, sería el del profesional de la calumnia. En estos tiempos, parece que los denominados calomniateurs que surgieron en torno a la Revolución Francesa han decidido renacer con una fuerza inaudita, buscando derribar a sus oponentes con todo tipo de falaces y afiladas acusaciones de mayor o menor gravedad. Inquietantes individuos que parecen no contemplar libertad ni derecho alguno más allá de sus fronteras personales.

Además, a imitación de tan deleznables prácticas, no es raro contemplar cómo comienza a crecer un despotisme populacier que se afana en utilizar parejas armas arrojadizas. No suele haber conversación donde no haya alguien que en su arrogancia crea navegar más allá del bien y del mal, siendo su palabra doctrina absoluta y universal.

La revolución copernicana, que desplazó al ser humano de su concepción central e indispensable a ocupar una mera posición contingente, lleva décadas en declive y su ya longeva luz parece atenuarse ante el protagonismo de una nueva corriente que podríamos denominar Contrarrenacimiento. Su carácter se ha inoculado en el espíritu de nuestro tiempo hasta el punto de que son muchos los que no tienen pudor alguno en usurpar el trono del mismísimo Sol y observar en su irrisoria ilusión al Universo girando alrededor de ellos. Resulta extremadamente difícil hacer ver a semejantes personas que hay elementos de mucha mayor trascendencia por encima de sus cabezas, verdades que habitan una infinitud casi insondable. Al final terminan advirtiéndolo, pero sólo cuando el polvo de sus huesos borrado por el viento se lo demuestra.

Este peculiar retorno a la sofística, donde ciertos Protágoras, Gorgias y Trasímacos parecen encontrarse por doquier, tampoco puede resultarnos demasiado sorprendente. Hace tiempo que fue advertido que el nihilismo y relativismo subjetivo que constriñen nuestros tiempos desembocarían en tales consecuencias. Contra este encubierto dogmatismo que plantea la completa idoneidad de toda opinión o decisión individual en tanto que es fruto del libre albedrío del individuo, el filósofo Charles Taylor ya declaró en su obra La ética de la autenticidad que «el que tengamos cierta impresión de las cosas nunca puede constituir base suficiente para respetar nuestra posición, porque nuestra impresión no puede determinar lo que es significativo. El relativismo blando se autodestruye». Pues sí, parece que al final todo resulta válido para que nada lo sea.