El exinformático

¿Es posible dejar de ser algo que has sido durante casi treinta años? Posiblemente los miembros de la mafia y los narcotraficantes dirían que no. Pero ¿existe algo como un exinformático? ¿Qué otra cosa podría ser yo después de esto? ¿Se puede desaprender una serie de conocimientos, experiencias, habilidades? ¿Se puede dejar de hablar como informático si uno realmente se lo propone? ¿O seríamos puestos al descubierto por cualquier otro informático con el que conversáramos?

Deberíamos partir de la respuesta a otra pregunta clave: ¿Por qué alguien querría dejar de ser informático? Para esto voy a analizar la pregunta planteando un esquema «Positivo-Negativo-Interesante» o PNI, donde se podrá visibilizar mejor el caso.

Para mí, ser informático inició en los años 80. Durante las vacaciones de verano me inscribí en un curso de electrónica con la idea de ayudar a mi padre, quien tenía su propio negocio de reparación de aparatos domésticos, televisiones, radios y los reproductores de video en formatos BETAMAX y VHF, que recientemente habían salido al mercado y estaban revolucionando nuestra forma de ver películas. Hasta entonces las únicas formas de ver una película era ir al cine o esperar que la transmitieran por televisión. La televisión por cable aun era desconocida y solo algunos afortunados podían tener antenas parabólicas para sintonizar canales que transmitían vía satélite desde cualquier parte del mundo. Creí que tomando un curso podría ser de alguna utilidad económica para la familia y tal vez en el futuro montar mi propio taller de reparaciones electrónicas.

Desafortunadamente resulté ser un total inepto para la electrónica. A pesar del esfuerzo especial de mi maestro en el curso de verano, jamás entendí la maldita analogía del agua fluyendo por una tubería ni logré hacer una soldadura limpia en dos meses. El único beneficio que realmente pude aprovechar fue el de tener acceso a la nueva biblioteca de tecnología de la escuela donde encontré una enciclopedia dedicada al nuevo y fascinante mundo de la informática. La enciclopedia constaba de cuatro tomos empastados con una tapa dura de color rojo. Tenía muchas fotografías que prometían un futuro en el cual las computadoras permitirían viajar por el espacio y resolver los principales problemas de la humanidad. Descubrí que eso era lo mío y me propuse estudiar computación al año siguiente.

Mi padre estuvo de acuerdo con inscribirme en una de las pocas escuelas de computación en nuestra ciudad. Las cuotas eran tres veces más altas que una escuela regular pero a él le entusiasmó que yo siguiera sus pasos. Mi madre tuvo algo de recelo porque no creía que en el futuro yo pudiera conseguir un empleo en esa carrera que era nueva y algo extraña. No fue el único gasto en que hice que mis padres incurrieran. A los pocos meses quise tener mi propia computadora personal, que para esa época empezaban a comercializarse. Pude comprarme una computadora decente para la época cuando mi madre obtuvo un préstamo en el banco. La computadora era un PC AT de monitor monocromático ámbar con disco duro de 20 megabytes y doble disquetera. En poco tiempo aprendí a instalar programas en el sistema operativo MS-DOS desde la línea de comandos. En ocasiones teníamos que insertar varios disquetes para lograr instalar un solo programa, tal como Lotus 1, 2, 3 o dBASE.

También me volví aficionado a los juegos por computadora, en especial los de naves espaciales, guerra, deportes y artes marciales. Cuando adquirí la habilidad de programar desarrollé algunos juegos propios, como el de básquetbol que consistía en un único jugador que trataba de encestar tiros libres. Las gráficas eran bastante primitivas y el juego simple pero para mí era una maravilla en esa época.

El primer trabajo serio que tuve fue como auxiliar en una empresa de capacitación de computación para empresas. Se impartían cursos de MS-DOS, Lotos 1, 2, 3, WordPerfect y dBASE, que eran los primeros «paquetes» que se popularizaron en el mundo empresarial de finales de los años 80.

Con el tiempo llegué a ser un instructor titular y destaqué por mi capacidad de empatizar con el cliente ya que en esa época existía un terror a arruinar una computadora. Eran carísimas y la mayoría de personas pensaban que si presionaban alguna tecla equivocadamente, podrían borrar toda la información o «quemar» el aparato. Muchos altos ejecutivos parecían cachorritos asustados tratando de entender cómo darle comandos a ese misterioso dispositivo que tal vez los llegaría a reemplazar en su trabajo. Varias veces los alumnos frustrados preferían culpar al instructor de no enseñarles bien o de no saber lo suficiente. Esto nos traía problemas con el gerente general de la empresa, un turco de muy mal carácter que prefería despedir a los instructores que perder un cliente, aunque este no tuviera la razón. Varias veces logré salvar la situación con paciencia y llevando paso a paso al alumno a entender los conceptos básicos de la computación y permitiéndole descubrir cómo aprender esta habilidad le facilitaría la vida, por ejemplo, cuando hiciera cartas en un procesador de texto en lugar de una maquina de escribir.

Después de ese trabajo, logré que me contrataran en una empresa de desarrollo de programas para empresas, que programaba en los lenguajes Clipper y FoxPro. Allí hice mis primeros programas de verdad y fui afianzando mis conocimientos informáticos. Duré solo un año allí antes de matricularme en la universidad, en la carrera de Ingeniería en Sistemas. Debido a que las cuotas mensuales eran mucho más altas que las de otras carreras me vi obligado a buscar un mejor trabajo. Mis propios compañeros de estudios me recomendaron con otra empresa de desarrollo pero enfocada en sistemas para el gobierno, desarrollados en otro lenguaje llamado Informix, basado en el sistema operativo UNIX. Afortunadamente pude recibir cursos específicos de este lenguaje, patrocinados por la empresa y allí descubrí el complejo pero fascinante mundo de la administración pública, desarrollando sistemas para manejo de presupuesto, contabilidad, planillas y otras áreas necesarias en toda institución. Con esta empresa pude viajar a varios países para recibir cursos y realizar asesorías.

Cuando tuve algo de reputación en el mundo informático, fui contratado por la institución más vanguardista y mejor financiada de la administración pública, la encargada de recaudación de impuestos. En esa época ya había tomado fuerza el internet y pronto estuve en el camino de aprender a desarrollar en HTML y combinarlo con la base de datos ORACLE. También en esa institución recibí varios cursos de capacitación y pude viajar a varios países realizando intercambios técnicos que me ampliaron el horizonte.

Maravillado por las posibilidades del e-commerce, me mudé a la ciudad de Los Angeles, para iniciar una empresa de distribución de ropa y artículos deportivos por medio de una tienda virtual. Pero el negocio fracasó durante los primeros seis meses, en parte por falta de un estudio de mercado apropiado ya que con mis socios no detectamos que los clientes potenciales preferían hacer sus compras personalmente y desconfiaban de los negocios por internet. La experiencia fue positiva en otros aspectos, así que regresé a mi país y busqué empleo en otra institución, con la intención de capitalizarme y volver a realizar otro emprendimiento en lo que consideraba mi único campo, la informática.

Fui contratado por un proyecto patrocinado por Naciones Unidas donde trabajé como webmaster de una biblioteca virtual latinoamericana, especializada en el tema de catastro. Pude viajar y especializarme en desarrollo web. También edité una revista institucional donde pude por primera vez publicar artículos y algunos poemas. Cuando concluyó el proyecto, tuve que buscar de nuevo empleo.

Para esa época, el desarrollo que estaba de moda era .NET, de forma que intenté aprenderlo y en el camino fui contratado por otra institución del sector justicia que buscaba desarrollar un sistema propio con esta tecnología. No había cursos para este tema en el mercado y la única forma de aprenderlo era descargando una versión gratuita y programar, ya sea en Visual Basic o en C#. Afortunadamente, nos tuvieron paciencia en la institución, así que aprendimos por nuestra cuenta y logramos desarrollar un sistema hecho a la medida que sigue funcionando con muy pocas mejoras hasta la fecha. Fue en esa época que empezaron a surgir dudas respecto a mi vocación. Después de más de veinte años programando, me cuestioné si quería pasar el resto de mis días haciéndolo. Tal vez contribuyó a esta reflexión darme cuenta que estaba rodeado, cada vez más, de programadores mas jóvenes que parecían estar informados de las últimas novedades de nuestra rama profesional. Quienes tenían mucha energía y que no estaban dispuestos a ser dirigidos por un programador de más de cuarenta años. Siempre he sabido como imponer mi voluntad a otras personas o a grupos, convenciendo, sugiriendo, chantajeando o en último caso manipulando. Pero no tenía el más mínimo deseo de luchar con ellos porque descubrí que no me interesaba dirigirlos, ni superarlos o igualarlos. Había perdido el deseo de ser informático.

Vino como tabla de salvación la oportunidad de obtener un título universitario en el área de administración pública. Se requería tener pensum cerrado en cualquier otra carrera y cinco años de experiencia en el sector público. No dudé y aunque tardíamente, descubrí un mundo, el de la economía aplicada a la administración pública, que siempre me había estado coqueteando y llamándome pero del cual me sentí ajeno hasta que estudié formalmente la carrera y destaqué siendo el mejor de mi clase. 
 
Descubrí que la informática y la administración pública no tienen que estar distanciadas, de hecho conforman un interesante maridaje bajo el concepto de gobierno electrónico o e-goverment. Entendí que mi preparación multitemática estaba en realidad poniéndome en un lugar privilegiado ya que hay muchos programadores y hay muchos expertos en tema de gobierno, pero hay muy pocos con ambos conocimientos. Además, son dos temas que no se agotan con el tiempo y requieren de constante investigación y propuesta. Pero como siempre tiene que haber un pelo en la sopa, después me encontré con el problema de que, al ser un campo tan poco explorado, me resultó difícil encontrar un nicho de mercado donde se necesitara esta particular combinación de preparación. De hecho tuve que fabricar mi propio campo y clientes. No ha sido fácil, pero poco a poco me he dado a conocer y sigo ampliando mi cartera de clientes y proyectos.

Mi siguiente reto fue entrar al mundo web 2.0, redes sociales. Empecé como un simple usuario, creando mi cuenta de Facebook, mi blog y Twitter. No me ilusionó mucho al principio, igual que los juegos de computadora que en algún momento dejaron de parecerme entretenidos. Sin embargo, un día me pidieron asesorar a un grupo de emprendedores que querían aplicar las redes sociales a su proceso de venta, es decir marketing digital, algo de lo que sabía poco o nada. Pero si algo aprendí desde hace muchos años en el área informática es que uno no tiene que saberlo todo, solo tiene que saber donde buscarlo. Así que acepté el reto y en dos semanas preparé el material y me presenté exitosamente ante un grupo de emprendedores ávidos de conocimiento y deseosos de lanzar sus campañas de marketing digital en ese mismo momento. 
 
He tenido retroalimentación de varios de ellos y por lo menos han mejorado su forma de crear una imagen pública y definir estrategias de comunicación que la refuercen. 
 
Ya no siento que mi deseo de ser informático haya muerto. Solo necesitaba reenfocarme y valorar las habilidades y destrezas que he desarrollado en estos treinta años, que me dan un plus por estar inserto entre la generación que se enfrentó al duro cambio de paradigma de la revolución de las computadoras y la generación actual que las usa extensamente, pero no entiende cómo funcionan, ni le interesa.

#JESEmprendimiento


Publicado en jesemprendimiento.blogspot.com el 13 de septiembre de 2016.