El familiar

Me asombra estar contándole esto, porque ahora mismo me cuesta pensarlo. Creía una cosa y ya no. Sucede con todo, claro, a medida que uno sabe más se torna difícil sostener la mentira que llamamos mundo. Sin embargo me dirijo a usted para contarle algo que, tal vez, no vaya a creérmelo pero debo hacerlo: Un perro nos aterrorizó a todos en el ingenio azucarero donde trabajaba.

Voy a contar lo que pasó tal cual puedo recordarlo, para que me entienda y acompañe en el sentimiento. Espero no confundirlo ni crear falsos recuerdos, la conmoción aún me genera estertores a causa del miedo.

Un día de octubre, estábamos con Milton y José almorzando lo que nos había regalado el dueño del ingenio. Ambos comían como cerdos y agotaban, con gran velocidad, el poco oxígeno que tenían entre bocados. El señor Ignacio, director y dueño del ingenio San Justo, nos regaló la comida que había sobrado de una fiesta, y nosotros, sin más que agradecimiento, recibimos con júbilo la ofrenda. Usted entenderá, claro, que esto no fue el único buen gesto, hubo otras cosas. Pude conocerlo en la intimidad, gracias a Dios. Mis compañeros nunca lo supieron, pero eso no dependía de mí. ¿Debía informarles cada paso que daba? Claro que no. En fin, como decía, estábamos almorzando y José tuvo la pésima idea de contribuir con la indigesta.

—¿Se han enterado lo que le ha pasado al Manuel, el que manejaba la cinta de trapiche? —dijo y desgarró con los dientes un pedazo de pollo que tenía en la mano. 
—No, ¿qué pasó? Contá vieja —agregó preocupado Milton.

José terminó de masticar y tragar con velocidad, sorbió aire como si hubiese salido a la superficie del mar luego de un naufragio y continuó.

— Ha aparecido colgado de cabeza, los pies los tenía atados con unas cadenas y el cuello todo cortajeado de un lado al otro.

Supongo que usted comprende la situación, hasta puede imaginarla, sin embargo preste especial atención al detalle de las cadenas. ¿No le resulta extraño? ¿De dónde sacarían y para qué usarían unas cadenas en un lugar como este? Oh, si me permite imponerle mis dudas, porque claro, usted puede imaginar variados usos y necesidades, pero déjeme decirle que las únicas cadenas que se ven por acá son las que tienen las máquinas que usamos para trabajar.

En aquel momento creí que José estaba mintiendo pero dos horas después el señor Ignacio nos reunió a todos y contó, sin mucho detalle, lo ocurrido. Al final del testimonio dijo que podría tratarse tanto de un asesinato, como de un suicidio, ya que bajo el cuerpo se encontró un machete y Manuel no tenía las manos atadas, por lo que, infirieron, que si alguien lo hubiese asesinado, podría haber ofrecido resistencia. Días después me enteraría, por otro compañero, que las pericia de lo encontrado bajo las uñas de Manuel serían concluyentes. Nunca supe si concluyentes de un suicidio o de un homicidio, quedó en una ignota presunción. Esto podrá no tener importancia para usted, pero cada año, al finalizar la zafra, al menos uno de los trabajadores aparece degollado de la misma forma.

Habían transcurrido ya dos semanas del lamentable hecho y una liviana ceniza color negro, producto de la quema de caña de azúcar, cubrió el ingenio. Estábamos con dos colegas en un breve descanso debido al arduo trabajo con las máquinas. Los notaba callados, pensativos, uno miraba al piso y el otro, con la vista perdida, mascaba un poquito de caña que se había guardado en el bolsillo del mameluco. Era anormal verlos de esa forma. Me tenían acostumbrado a las bromas de fútbol por la rivalidad que existía entre los equipos de los que eran hinchas. Pero esa vez no hubo burlas. La preocupación cortaba el clima cuasi primaveral y se respiraba un aire, que más que viciado, estaba podrido. Me tocó servir de mediador entre el silencio y las ganas de ocupar ese descanso en algo que nos alejara de la desidia. Fue entonces cuando me di cuenta lo equivocado y mal informado que estaba. Oh, si usted supiera el temor que fundaron en mí cuando la conversación y las conexiones fueron sobreviniendo.

— Nos dijeron que anda dando vueltas el perro familiar por el ingenio. 
 — Esas son boludeces chango —dije, con tono despreocupado, pero invadido por el miedo.
 — Sí ura, ¿o no has visto lo que le ha pasado al Manuel? ¿O vos te creés que el chango tenía ganas de suicidarse?
 — Pero qué hablás si no hay más perros, me parece que te estas equivocando, vieja.
 — Ah, mierda que tenés ganas de hacer la contra. A ver si mentendé, yo sé que no existen más los perros pero tampoco para hacerse el boludo, ¿o de qué te creés que son los ruidos de cadenas que se escuchan a la noche?
 
¿Algunas veces siente escalofríos por la nuca y sudoración en las manos? Qué sensación horrible. Dicen que sucede cuando un alma le pasa cerca. Que, aunque haga calor, lo sentimos igual. Que sale humo de la boca, como si hicieran dos grados bajo cero. Ahora póngase en mi lugar y entienda cómo reaccionó mi cuerpo ante la noticia de que El familiar estaba dando vueltas por el ingenio.

Era una vieja leyenda, mis padres solían contármela en las noches de verano bajo el oscuro cielo de Tafí Viejo. Se trataba de un perro gigante, gris, de raza indefinida. Muchos lo representaban de variadas formas pero nadie sabía a ciencia cierta cómo era. De su cuello colgaban largas y pesadas cadenas. Estas emitían un sonido que, en el silencio de la noche, resaltaba por encima del aleteo de las cigarras e infundía miedo a quien las escuchara. La historia variaba dependiendo la zona geográfica. En San Miguel de Tucumán exponían que vagaba de noche por los cañaverales y que gustaba de comer carne de peón. En localidades aledañas que podía presentarse de manera antropomorfa. Otros decían que con una muerte al año estaba satisfecho. La realidad es que al no conocerlo yo no le temía, hasta que mis compañeros empezaron a nombrarlo.

Usted entiende esto que le digo ya que, al igual que yo, desconoce la existencia de los perros en los días que corren. Solo sabemos que fueron parte del mundo hace muchísimos años y que hoy en día su lugar de residencia es en lo folclórico u onírico; por esto me negué a tomar en serio la situación, ¿cómo podía creer que un oscuro perro anduviese vagando de noche por mi lugar de trabajo, devorando humanos? Hasta parecía surreal.

Hablábamos y diagramábamos todo el día cómo evitar cruzarnos con El familiar. Producto de esto casi nadie quería cubrir el turno noche hasta que las habladurías llegaron hasta los oídos de Don Ignacio. No se pudo evitar.

— A ver muchachos, ¿qué anda pasando? —preguntó Ignacio a un pequeño grupo reunido. 
 — Mire don —tomó la palabra José— la realidad es que todo el ingenio anda con miedo, desde que el Manuel ha aparecido de esa forma ya no sabemos qué pensar. 
 — A mí me han dicho que anda dando vueltas El perro familiar —aventuró Milton.

Ignacio miró a ambos, bajó la mirada y, pensativo, volvió a apuntarla en dirección a nosotros, sus empleados.

— A ver, no hay que empezar a preocuparse por lo que dicen por ahí. Si tomamos las precauciones necesarias nada les va a pasar. Lo de Manuel fue una mala experiencia y entiendo que se sientan así, la policía está casi segura que fue un suicidio, pero todavía está por verse —le hurtó aire al pesado ambiente y prosiguió—, sin embargo necesito que algunos de ustedes se queden a la noche.

Todos dispararon la mirada hacia otro lado, nadie quería tomar el turno. De fondo Diego, el delegado de la Federación obrera tucumana de la industria azucarera, con movimientos inquietos y atento a lo que Ignacio decía levantó el oído y, al verlo terminar, escupió al piso, limpió su boca con la manga y con decisión se acercó y tomó la palabra.

— Señor, si usted no nos asegura protección no podemos trabajar. Las leyes del trabajo así lo exigen.

Ignacio le disparó una rápida mirada vertical. Curvó levemente hacia arriba la comisura derecha de sus labios y, sin quitarle los ojos de encima, complementó:

—Pero claro Diego, eso es lo que les estoy proponiendo. Están hablando tonterías. Que el perro familiar esto, que la llorona lo otro, pero nadie se puso a pensar que esas son leyendas. Primero que los perros no existen y segundo que necesito que trabajen —al darse cuenta de lo dicho, tragó saliva y agregó—. Así como yo les pido esto, también les puedo ofrecer el doble a quienes se queden a la noche.

A todos nos llamó la atención el ofrecimiento. Parecía una medida generosa pero muchos sin embargo desconfiaron.

—No chango, ni aunque me pagués cinco mil pesos más me bua arriesgar de esta forma —gritó alguien de lejos y todos reímos.

Don Ignacio enderezó los hombros, levantó la mandíbula y apretó un puño.

— Les estoy ofreciendo más plata y se me cagan de risa. Me empinga que sean así —dijo, fuera de toda formalidad—. El que quiera laburar que levante la mano y va a ser bienvenido.

—Don Ignacio, nosotros entendemos su posición pero también queremos que se respete la nuestra. Solo queremos más seguridad y que no ocurran problemas como los de Manuel —argumentó de manera taxativa Diego.

Don Ignacio suspiró, dio media vuelta y se dirigió a la oficina que estaba a media cuadra del galpón donde trabajábamos. Con la cabeza apuntando al cielo y un paso apresurado recorrió el trayecto hacia su oficina. Supuse que estaba pidiéndole ayuda a Dios. Veinte minutos después apareció con tres crucifijos en la mano.

—Tengo uno para cada persona que se quede hoy a la noche.

Ahí logramos entender y supongo que usted también. Don Ignacio sabía lo que estaba sucediendo, sabía quién era ese perro y de lo que era capaz. Nos estaba ofreciendo la protección que Diego, con su amplia experiencia en conflictos laborales, le había reclamado. Usted podrá argumentar que, cansado de la baja producción culpa de un ser imaginario, había entrado en el juego, pero yo le digo que no fue así. Si hubiese visto su cara de preocupación, si hubiese notado cómo le temblaban las manos y cómo él mismo llevaba un crucifijo colgando de su cuello, ahí podría haberse dado cuenta de lo siniestro que lo aquejaba. Claro que esto lo digo yo, que estuve ahí, usted puede pensar lo que quiera pero preste atención a lo que fue sucediendo.

Diego aceptó los crucifijos y se propuso para cubrir la vacante de la noche, yo también me sumé ya que necesitaba el dinero, y Milton también lo hizo. El conflicto mermó. Había una calma transitoria para la salud de Don Ignacio y un suspiro de alivio para los compañeros.

Todo fue así hasta esa noche. Es posible que mi subjetividad deforme los hechos pero créame usted que esa noche el diablo se hizo presente en el ingenio. Sentí su aliento, tuve los escalofríos que antes le mencionaba y escuché las cadenas. Disculpe si en algún momento me voy por las ramas y describo cosas que a usted podrían parecerle ordinarias, pero es que todavía lo recuerdo y me cuesta disimular los temblores. Si estuviese aquí, conmigo, podría notar el frío en mis dedos, mirar estas pupilas vacías de vida y las oscilaciones en mis brazos, pero todo depende de si cree en mis palabras o no. Sepa usted que esto fue verdad, que los perros existen y se parecen mucho al diablo.

Ese día nos reunimos con Diego y Milton en la entrada del campo a las nueve de la noche. El sol se había puesto y la temperatura descendía de a poco como un cuchillo de carnicero recién afilado. Veníamos a proseguir las tareas de aquella mañana. Quique, el sereno, abrió el portón gigante de hierro y nos hizo pasar. Con una linterna nos alumbró el camino hacia el galpón. En el trayecto apenas podía dilucidar pequeños fragmentos del destrozado pastizal. Casi todo era tierra, diferente a como lo recordaba de día. La oscuridad nos rodeaba. Lo único que alcanzaba a ver eran unas estrellas muriendo a millones de años luz. En el galpón nos estaba esperando Don Ignacio con un mate en una mano y el termo en la otra.

— Qué bueno que han venido, ¿tienen lo que les he dado hoy?

Asentimos y mostramos los crucifijos. Diego lo tenía atado en la muñeca y acariciaba el estómago del mártir con la yema del pulgar; Milton y yo lo teníamos colgado del cuello, cerca del corazón. Don Ignacio, para calmarnos, dijo que mientras lo tuviésemos cerca nada podría sucedernos, luego ofreció mate y se fue dejándonos a los tres con el trabajo.

— Me cae pal pingo el chango este, no le importa nada mientras le saquemos el laburo atrasado —dijo Diego cuando Ignacio cerró el portón para que no entrara viento.

— Eh, ura, tampoco te pongás tan así, no te olvidés que nos va a pagar el doble —acotó Milton para hacer un poco amena la noche.

Hasta ese momento todo parecía normal, pensará usted, pero sepa que nada sucedió hasta bien entrada la noche cuando nos quedamos sin agua para el mate. Fue Diego quien se ofreció a ir en busca de agua al galpón que quedaba a unos cien metros del nuestro.

— Eh, acórdate que ahí apareció muerto el Manuel, no te vayas a encontrar con el fantasma —bromeó Milton. En cambio yo no dije nada porque, claro, como bien sabe usted, tenía un poco de miedo. Ellos lo notaron y trataron de calmarme con bromas, lo cual empeoró la situación.

— Papá, ¿con quien te creés que estás hablando? Mirá —Diego desenfundó un machete— este es mi santo patrono, el que me cuida de La llorona y La luz mala —dijo y ambos rieron— ni el lobizón me va a poder tocar, hasta tengo protección de diosito culiá —besó el crucifijo que tenía en la mano derecha—, soy in-ven-cible.

Apenas vi salir a Diego del galpón me persigné. Uno nunca sabe lo que le puede pasar y es mejor protegerse de alguna forma. Como todo buen creyente confío en Dios y su cuidado ante cualquier demonio acechante. Si usted no es devoto sepa que hace muy mal, hay que creer en él antes que en cualquier otra cosa. Aquí tiene la prueba de su bondad, vivo y contando que le vio la cara al perro del diablo.

Luego de veinte minutos empezamos a preocuparnos, Diego no había regresado y nada indicaba que fuese a hacerlo. Satanás había mostrado su cola. Estábamos dentro de su juego.

—No volvió más el Diego, ¿qué hacemos?
—No sé —dije.
—¿Tenés señal en el celular para llamar a Don Ignacio? Porque acá adentro no hay nada.

Miré el teléfono y noté que no tenía. Dije que seguro cerca de la puerta iba a encontrar un poco y, acto seguido, me acerqué al portón. Saqué medio cuerpo hacia afuera y lo vi. Lo vi. Necesito que usted me preste atención y que también me crea. Yo vi al diablo. Vi cómo arrastraba sus cadenas. Escuché el tintineo del metal. Las vi serpentear y fundirse en la oscuridad. Los astros se habían ocultado como si alguien le hubiese puesto un manto negro al cielo, a lo lejos se veía iluminada la entrada al galpón donde, se suponía, que estaba Diego. Como en un trance caminé hacia el lugar, tanteando las invisibles y poco notorias paredes de la oscuridad. Los dudosos pasos atentaban contra mi decisión. Pisaba y no pisaba. Sin embargo el acolchado césped lograba que mi marcha no sintiese resistencia alguna. Algo me absorbía y empujaba en dirección a la cruz del sur. La luz estaba cada vez más cerca. Las chicharras habían dejado de batir sus alas. Usted no sabe cómo me tiembla el cuerpo al recordar esto. Fue todo tan rápido que, con mi fallida y emocional memoria solo puedo recordar pequeños fragmentos que decidí a unir según mi criterio.
Al abrir la puerta del galpón vi a Diego colgado boca abajo. Tenía los pies atados con gruesas y oxidadas cadenas. Una luz puntual lo iluminaba. No podía distinguir expresión alguna en su cara. Un sonido de cadenas se empezó a escuchar y lo vi de nuevo. El Familiar. En cuatro patas giraba de manera parsimoniosa bajo el cuerpo de Diego. Tenía extremidades gigantes, pelaje color gris opaco, medía casi un metro y medio de alto. En su boca brillaban dos hilos finos de baba y la fuerte respiración que expelía los hacía bailar en un ritmo pausado. Se paró en dos patas y pude visualizar su cara en la luz. Se parecía mucho a Don Ignacio. Usted no me creerá. Dirá que estoy loco pero ese perro tomó la figura del patrón. Encorvado como estaba dejó entrever una garra gigante con forma de machete. En ese momento Diego me miró a los ojos y de fondo sonó la canción El Corajudo de La Yunta: La noche empezó a cerrar / y digo si habrá razón / para andar retando al perro / que tiene tratos con el patrón. / Hacha y hacha, coraje y tesón / una sombra me he vuelto ya.
 
Esa noche confirmé que los perros existen. Y se parecen mucho al diablo.

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