BLACK CAT By Diego Cervo

El gato negro me observaba por la ventana.

Por las mañanas, justo antes de dejar la somnolencia en las sábanas de mi cama para la rutina diaria, me gusta observar por la ventana. Disfruto el sentir el primer rayo del sol o la bofetada de la nube gris que ostentosa me restriega su sombra. Fue uno de esos días de enero, precisamente, cuando me percaté por primera vez del gato negro.

Al principio, me fue indiferente. Un gato gordo acurrucado en el sofá de la ventana de enfrente, inmutable ante la rutina felina que le esperaba en su prisión acolchonada. Me olvidé de él y continué con mi agenda del día, de ése y de todos los demás. Ocurrió que una noche, mientras me disponía a arrojarme al tendido de mis cobijas, sentí una mirada penetrar por mi nuca y reflejarse en la blanca pared, oscurecida por la ausencia de luz de las noches sin estrellas. Cada centímetro, cada pelo y folículo de mi cuerpo se elevaron en sensación de defensa. Giré bruscamente esperando encontrar mi fatal destino, pero no había nadie detrás de mí. –Curioso– dije para mis adentros, sin estar totalmente convencido de estar solo con mi alma en la misma habitación.

Al pasar del tiempo, las noches se volvieron insoportables. Me sentía observado todo el tiempo, atravesado por unos ojos invisibles que se ocultaban entre las sombras hasta llegar a mis pesadillas, cada vez más recurrentes. El miedo me consumía y tenía que dormir abrazado de mi almohada para conseguir el más mínimo indicio de protección. Poco a poco los fantasmas de mi pasado tomaban la forma de mi silencioso observador, torturándome hasta el punto de un insomnio que no se iba hasta que el sol me reconfortaba, recordándome que la realidad era diferente.

No comprendo como nunca lo imaginé antes. Quizá se debía a mi poca observación detallada sobre aquellos sucesos que ocurrían fuera de mi mente y mi zona de confort. Esa mirada sí tenía un cuerpo, más peludo y pequeño de lo que imaginaba. Sobrevino la desesperación total, una noche que en mi delirio el observador era yo mismo, reclamando mis sueños olvidados y mis sonrisas perdidas. Desperté jadeando, sudoroso y aterrado a la vez. Entonces los distinguí. Muy, muy pequeños y casi perdidos en la oscura oscuridad. Un par de diminutos ojos ámbar me veían sin parpadear. Sin inmutarse ni un poco, el gato se encontraba sentado en su sofá, sin ningún tipo de distracción o entretenimiento que no fuera el retortijón de pánico que me invadía. Tanto desdeño me causaba el verlo por las mañanas, descansando inmóvil en su lecho, que no me había preguntado el porqué de su cansancio. –Los gatos solo duermen, todo el día, a todas horas– me dije.

Resultó que el gato negro me observaba por la ventana; sus ojos me lo confirmaban todas las noches. Y no fue hasta que un buen día decidí tentarlo con veneno escondido en un pedazo de salmón. El gato comió hasta relamer el plato, regocijándose de haber escapado de su celda, al menos en una ocasión. Pero todo fue en vano, inútil, infructuoso.

Hoy el gato me sigue atormentando en mis pesadillas, pero ahora cuando abro los ojos, no hay más que la oscura oscuridad.

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