El hombre que sudaba demasiado

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Pues un tipo. Uno más. Uno de los que se despierta antes que tú y que yo. Una persona que cruza las calles de una ciudad que aún se despereza y se sacude las legañas. Un antihéroe, uno que perdió todo sin saber cómo o sin esperárselo. Un hacedor de milagros en los contenedores, un prestidigitador del sentido clásico de la economía. Un gurú de sí mismo ante el sufrimiento. El hombre deshecho a sí mismo, el desecho de quienes rehúyen mirar sus andrajos.
Nadie sabe quién es, salvo él. Nadie conoce su historia: cómo llegó hasta aquí, cómo sobrevive o cómo aún sonríe cuando entablas conversación con él. Todos son superiores porque les es lejano. Argumentan que es ley de vida, que se tiene mayor cercanía afectiva con unas personas que con otras. Y, siendo tan obvio, se quedan tan campantes. Se visten de humildad lasciva o de arrogancia mojigata para escupir a la cara que ellos son mejores que los demás. Algo que él no haría. Y quizá por eso, quizá por no dárselas de nada acabó en la calle. O quizá sí, pero nunca me lo ha contado; tendré que preguntárselo cuando le vea. Mas, si lo hizo, no debió de venderse muy bien. No tan bien como quienes se sienten triunfadores diciendo que no se venden y disparan contra quienes valen más que ellos cuando es menester, siempre sin que se note; ahí está la gracia. Sin ir más lejos, este tipo pudo haber sido profesor de literatura y, naturalmente, haber leído miles de obras, incluso pudo haber escapado de la guerra, haber perdido a su familia y sentirse más vivo que todos nosotros. Y, sin embargo, sigue siendo un paria. Alguien a quien nadie escuchará. Pero puede que no haya leído un libro en su vida y que haya nacido entre nosotros. ¿Acaso iba a importarles?
Solo conozco su nombre de pila, se llama Ahmed (eso no es conocerle). Tiene sesenta años y carece de documento de identidad. No tiene familia, pero dice sentirse bien con gente que conoce (alguna vez le he visto charlando animadamente con tres personas con similar aspecto depauperado). En ninguna de las tres ocasiones en que nos hemos saludado me ha manifestado ninguna queja. Por nada. Al contrario: describe con ternura el trato que tiene con los transeúntes, con la policía y con el trabajador social. Me ha contado con su acento aspirado cómo extraña su tierra, sus amigos, su familia, eso sí, y con lágrimas de dolor. Su tez le hace parecer octogenario, pero sus movimientos delatan la edad que me dijo, e incluso más joven. Cuando puede, se guarda alguna revista de la basura que encuentra. Cuando puede, la lee, aunque me advierte que necesita buena luz y que eso es difícil, pues es de día cuando trabaja. Sí, sí, trabaja, porque buscar, seleccionar, cargar y malvender lo que encuentra es trabajar. Duerme en la calle, no siempre en el mismo sitio: bajo un puente de hormigón, en un cajero o en algún portal; en verano, en algún parque. La próxima vez que lo encuentre, le ofreceré una llave de casa; tengo una habitación para él.

Han pasado cinco años. Mis hijos acaban de traerme a casa. Hemos llegado de su funeral y siento el vacío que deja. Aún más que antes de conocerlo. Quizá sea cierto lo de la distancia afectiva, pero dudo que esos seres «superiores» se refiriesen a los lazos de amistad; temo que fueran más allá, quizá a culturas diferentes a la «nuestra». Es curioso, porque yo sé que solo hay una cultura: la cultura humana.