El ignorante indignado

Hace ya unos cuantos años se lanzó el concepto de Alianza de Civilizaciones.¹ La verdad es que no tenía ni idea de lo que significa pero la verdad es que era una muy buena frase de marketing, lo que no tengo tan claro que es que se puedan tender puentes entre civilizaciones al menos tal y como las tenemos a día de hoy.

Antes que nada, hay que tener claro lo que es una civilización² y por usar una de las tantas definiciones yo usaría como grupo de personas que tienen una estructura social, escala de valores y sistema de creencias similares. Este contexto nos da las normas que creemos obvias y caídas del cielo como el no matarás, no robarás, la monogamia y millones de pequeños detalles que nos definen como grupo social aceptando que no siempre es un sistema homogéneo y que cambia con el tiempo.

Cuando nos planteamos esto de la alianza, asumimos los que forman parte de una sociedad conocen y siguen los parámetros no siempre escritos, porque si estuvieran escritos serían normativos, de cómo se han de comportar las personas, y es aquí dónde veo el principal fallo de toda esta teoría que me ha venido al pelo para contar la anécdota del día.

Fue hace pocos días, saliendo del metro por la escalera mecánica lo más normal es que la gente que no quiere hacer esfuerzos se ponga en el lado derecho dejando el izquierdo para los que la ansiedad les corroe las entrañas y necesitan llegar pronto a algún lugar sin saber a ciencia cierta a que viene tanta urgencia. El caso es que a un personaje le dio por usar el lado izquierdo y quedarse parado. Si fuera no fuera porque eran las ocho de la mañana y hordas de gente buscando como drogadictos su siguiente dosis de cafeína, no habría pasado nada, pero escogió un mal momento para pararse en el lado equivocado de la escalera.

En el mismo instante que decidió que sus pies no tendrían esa pelea por quién va primero, la persona que venía detrás le pidió que se apartara, a lo que hizo caso omiso. Sin dudarlo un instante, se sumaron un par más de personas que elevaron el por favor al aparta, mueve el culo y sal de en medio, y de forma sorprendente, en vez de aceptar las indicaciones cada vez menos educadas, el valiente cansado optó por responder con un argumento que pone en duda esto de la cultura, al menos, de mi civilización.

Su planteamiento era que él no sabía que ese lado era para la gente con prisa, y no solo eso, sin que empezó a indignarse y por suerte para él y para los demás, la prisa tenía más urgencia que la ira, con lo que una vez llegado al final de la escalera salieron como alma el diablo y maldiciendo por haber perdido unos diez segundos vitales de su vida.

Si con estos pequeños detalles del día a día no sabemos cual es la actitud, ¿cómo vamos a esperar ponernos de acuerdo con tras personas? Todos tenemos nuestra escala pero cada vez desconocemos la vara que nos mide como sociedad y para sustituirlo usamos el eje que va desde el escroto a nuestra barbilla, o sea, que nos importa bastante poco lo que se considere socialmente aceptable y hacemos lo que nos rota.


  1. Gobierno de España.
  2. Portillo, Luis. «La civilización en la historia». Historia Universal.

Publicado en Exelisis