El país mutilado: los sobrevivientes.

Hace unos días, una revista mexicana me pidió escribir sobre la vida de mi generación durante la Revolución Chavista. Deseaba que les hablara sobre las expectativas, sueños, esperanzas, inconvenientes. E insistieron que sobre todo, querían una descripción más o menos sustancial sobre qué tanto afectó los últimos conflictos políticos a los jóvenes entre 20 y 30 años en un país tan joven como el nuestro. Suspiré e intenté ordenar mis ideas. No sólo porque no se trata de un tema sencillo — jamás lo es en ningún país, supongo — sino porque además, en el nuestro, es una mirada a un toda una década y un poco más de transformaciones, desarraigo y confusión. Ser joven y venezolano no es sencillo. Mucho menos en medio de una circunstancia donde la juventud parece limitarse a una idea brumosa de si misma y el gentilicio a una mera aspiración política.

Comencé a preguntarme que deseaba reflejar en el artículo. Es muy sencillo, comenzar a describir un país que padece la peor crisis económica de su historia, que se desploma en un amargo debate ideológico sin el menor asidero o sentido ético. Es sencillo, sobre todo, analizar al venezolano desde la periferia. Un estereotipo entre tantos otros. Desde la supuesta amabilidad patria hasta el hombre nuevo envilecido por el rencor. O quizá hablar de un resurgimiento del hombre con ideas políticas, brumosas y aún en construcción, pero consciente sobre su papel en medio de los sacudones de poder que ocurren con lamentable frecuencia. Pero el venezolano es más que eso — aspiro que lo sea, al menos — y analizar mi generación desde ese punto de vista es quizás el error más común en la historia reciente. Porque el venezolano no puede resumirse sólo como un animal político ni tampoco, una consecuencia histórica. Tampoco, como una mezcla entre la propaganda ideológica y algo más brumoso, a medio camino entre la individualidad y el tradicional gentilicio. Entonces ¿quiénes somos los venezolanos que nos hicimos adultos en la Venezuela socialista? ¿Quiénes somos los hombres y mujeres que atravesamos el país distorsionado por un conflicto de imprevisibles proporciones? Quizá, podría resumirse de la siguiente manera:

  • Una generación violenta:

Una de mis amigas suele decir que el venezolano es naturalmente violento, contra la idea general del ciudadano amable y colaborador que por años, se insistió reflejaba mejor que cualquier otra el gentilicio. Tiene razón: el ciudadano que creció luego de dieciséis años de enfrentarse a la auge de la violencia, no sólo la asume como parte del paisaje del país, sino que además, la considera elemental en la sociedad. Y es que para el venezolano actual, la violencia no es una percepción aislada: es parte de una serie de reflexiones que definen a una cultura que se habituó a la agresión como parte de su identidad: la violencia, como concepto y percepción, que está en todas partes.

Probablemente, eso es lo más duro de asimilar de la violencia venezolana. Que no hay un sólo espacio de la vida cotidiana, que no esté herido de manera irremediable por ella. La violencia directa, de armas y balas, en un país donde el hampa común es una identidad muy clara, donde el ciudadano debe enfrentarse al hecho que la impunidad le hace dolorosamente vulnerable hacia cualquier ataque y agresión. Que no existe una política como no sea la de la reacción, para atacar el gravísimo problema de una población armada, que asume el arma como una herramienta de poder, que no teme empuñarla para demostrar jerarquía o que es parte del escalón social. La cultura del Malandro, como la llamó en una oportunidad Lee Anderson, que trasladó la cultura de la cárcel — con el pran y las bandas organizadas — al barrio y a la calle. En Venezuela, la violencia es un elemento social que se individualizó como una herramienta de control, que se creó que a medida que el Gobierno permitió que la seguridad ciudadana se menospreciara como reclamo institucional. Cualquier venezolano de mi generación lo sabe: es muy probable que algún lugar de la ciudad o del país, haya una bala con su nombre. Que es una víctima latente, una estadística a punto de cristalizarse. Parte de una sociedad que se asume violenta, que se regodea en las consecuencias y se comprende a través del miedo.

Pero también está la violencia más sutil. La de un Gobierno que menosprecia a quien le adversa, que le convierte en ciudadano de segunda, que le aplasta bajo el puño del poder. La violencia del insulto, de la invisibilización, del anonimato forzado. De las listas punitivas, del estigma cultural y político. De convertirse no sólo en disidente de conciencia sino también, en víctima propiciatoria de esa noción sobre el delito politizado por un poder paranoico. La violencia de asumirse como marginal dentro un planteamiento social que no te incluye y que te discrimina sin otro motivo que el hecho que no formas parte de ese planteamiento torpe de nación que promociona. La violencia de convertir a cualquier opositor en un elemento anómalo, fuera del orden y de la distorsionada idea de lealtad que proclama un país sometido a un pensamiento único.

Aún peor, es la violencia de la comunicación, de la censura previa, de la perenne percepción de la noticia y la información como hecho punible. De la opinión que se convierte en argumento del delito como ataque al poder, de la percepción de cualquier idea independiente como amenazante. Del hecho de haber aprendido a callar, a temer lo que se dice, a desconfiar de cada herramienta y medio de comunicación. De comprender que contradecir al poder de pensamiento y como percepción personal, puede resultar un riesgo real. Los Venezolanos de mi generación aprendieron a callarse, a pensar dos veces al momento de expresar su punto de vista, a asumir la autocensura como natural. De mirar por sobre el hombro, a temer a la delación, a la acusación gratuita.

Mi generación también aprendió a temer a la violencia diaria, a la de las colas en todas partes y por todos los motivos. La violencia de sufrir maltrato, vejaciones y restricciones para apuntalar un sistema de controles que necesita asumirse como único. Somos una generación depauperada, empobrecida. Una generación agredida por el hecho simple de ser incapaces de disfrutar del fruto de nuestro trabajo, de sufrir la precariedad ideológica. Somos jóvenes violentados en nuestra aspiración del futuro.

  • La generación del miedo:

Con frecuencia, mi amiga Lis (veintinueve años, casada, profesional) suele decir que la generación que se hizo adulta durante la última década y la que crece ahora mismo, es una generación cobarde. Lo dice sin malicia: me habla de la idea persistente del miedo. Del que sentimos en todas partes, por cientos de motivos que a veces pasan inadvertidos. Del miedo sutil, anónimo. Del miedo que se hizo parte de nuestra forma de percibir el país y nuestra identidad. Del miedo que te hace asumir la vida cotidiana desde el riesgo, de lo imprevisible, de la amenaza. Somos una generación que aprendió a concebir el peligro latente, la percepción insistente que todos nos encontramos al borde de la agresión, del dolor y quizás de la muerte. Somos la generación de las fiestas en las casas, de la precaución a toda hora. De la desconfianza en todas partes. Somos una generación que perdió la inocencia, en una estadística criminal tan abultada que llega a ser aterradora por el sólo hecho de demostrar todo lo que se calla en Venezuela, de la violencia y el miedo que se esconde en la omisión. Porque el miedo en Venezuela es una realidad diaria, es un pensamiento inevitable. El miedo que está en todas partes.

Mi generación no conoce la posibilidad de no temer. Desde la violencia callejera a la política, nos hicimos adultos en medio de un clima de sospecha del que difícilmente nos recuperamos, como una herida abierta que nunca llega a cicatrizar. Somos hombres y mujeres que nos educamos en restricciones, en limitaciones de movimiento y tiempo. Que sabemos reconocer el sonido de una bala allí donde estemos. Somos una generación habituada al parte de guerra, a las historias sobre violencia cotidiana. Una generación que creció aplastada por la percepción de la violencia como algo inevitable.

  • La generación de las privaciones:

Unas semanas atrás, uno de mis amigos canadienses colgó en su FrontPage de Facebook las fotografías de una parrillada que llevó a cabo entre amigos. Las imágenes mostraban suculentos cortes de carne, las tradicionales bolas de masa, papas fritas y botellas de refrescos. Nada fuera de lo común en cualquier parte del mundo, pero me provocaron cierta sensación de ansiedad y profunda angustia moral. Porque no tengo la libertad de comer lo que quiero cuando lo deseo, ni tampoco esa noción de bienestar de disfrutar del fruto de mi trabajo, de mi esfuerzo. En Venezuela, país de privaciones y restricciones económicas, crecí en medio de una elaboradísima serie de controles económicos basados en doctrinas políticas, sino que además, la idea del progreso está sometida a cierta percepción sobre la destrucción de la individualidad. Desde hace varios años aprendí que la escasez es un elemento inevitable en la política ideológica que padecemos sino que además, uno de los elementos esenciales para comprender la forma como mi generación se percibe así misma.

Más de una vez he leído que la escasez es un método de control, un desvío de la atención política hacia planteamientos más básicos y elementales. Una perdida progresiva no sólo de la capacidad adquisitiva sino de la percepción de los derechos personales sobre la privacidad. El primer paso hacia el colectivismo. No se trata de lo que puedas comprar, sino de lo que el Poder te permite, de obedecer — de manera tácita y recurrente — la perspectiva del gobierno sobre lo económico. Pero más allá de lo académico, la escasez es una humillación paulatina, una pesada losa que termina abrumándote, dejándote sin fuerzas, aislado y al borde de la desesperación. La escasez no sólo cambia tus hábitos de consumo, sino que también los convierte en otra cosa: en una limitada visión sobre lo que puedes o no hacer, una percepción restringida sobre tus necesidades y como puede satisfacerlas. Y en Venezuela, esa es una idea que se robusteció con el correr de los años, que se convirtió de un fenómeno esporádico a una idea que elabora un nuevo concepto de ciudadano.

Mi generación se resignó a la escasez, al estricto control de sus aspiraciones y deseos. Al hecho de perder el derecho a la decisión de consumo. A asumir que cualquier idea debe atravesar esa percepción muy clara sobre la necesidad insatisfecha. Somos un país que aprendió del no tener, de las manos vacías. Y como inmediata consecuencia, mi generación sufre esa percepción restrictiva y violenta — esa violencia muda, anónima — de tener que someterse al concepto gubernamental del colectivo. A ese ignominioso paso a paso de la cola. Al llevar sólo lo que puedas, no lo que quieras. A temer a lo incontrolable de la escasez, a sentir ese miedo instintivo y visceral de no decidir sobre cómo te alimentas, como asumes tu propia idea de necesidad. Mi Generación tiene hambre, pero no la suficiente. Tampoco la plenitud que podría aspirar.

  • La generación sin plan B:

En la década de los 70 y 80 y sobre todo, gracias a la Beca Gran Mariscal de Ayacucho impulsada y mantenida por los gobiernos de turno, un considerable número de estudiantes venezolanos tuvieron la oportunidad de participar en experiencias académicas fuera de nuestras fronteras. Fue una generación que asumió la educación internacional como una opción y también, el hecho de regresar al país como parte del proyecto general de futuro. Muy pocos de los beneficiados por la beca optaron por emigrar. La gran mayoría no sólo regresó sino que construyó a partir de la breve ausencia, una percepción mucho más benévola y constructiva del país.

Pero para mi generación, la emigración es de hecho, la única opción. En un país donde las oportunidades laborales, económicas y culturales se han reducido al mínimo, toda una generación asumió que abandonar el país es la única posibilidad de superación. Agobiados por la inseguridad, la crisis económica, la diatriba política, la violencia ideológica gran parte de los adultos de mi generación y la inmediatamente siguiente asimilan la posibilidad de emigrar como inevitable. Ningún joven habla de permanecer en Venezuela, ningún profesional medianamente preparado lo analiza como probabilidad. Una idea que transforma no sólo la percepción del país sino también la del ciudadano. ¿Cómo asume un joven el hecho que su país no es redituable ni viable? ¿Cómo analiza su futuro sin un identificación profunda con su gentilicio? ¿Qué ocurre con la percepción del país proyecto cuando casi dos generaciones reflexionan sobre la emigración como una forma de construir su futuro? ¿Qué pasa con el futuro de un país sin generación de relevo?

Pertenezco a una generación para quién el país no es una opción, tampoco una visión personal. Un país sin nombre y con el gentilicio roto.

  • Una generación triste:

Durante los últimos quince años y un poco más, el venezolano se ha enfrentado a todo tipo de agresiones y transformaciones que afectan directamente su estilo de vida. Aunque se siga insistiendo en la idea que el venezolano es esencialmente feliz, las preocupantes cifras de trastornos psiquiátricos, problemas emocionales, padecimientos físicos derivados del estrés demuestran que la situación país afectó a mi generación de una manera determinante. No sólo en el ámbito mental, sino también en el espiritual. La mayoría de los venezolanos no sólo se sienten agredidos por la circunstancias políticas, sino por el paulatino deterioro de la percepción de país como hogar y parte de su noción sobre el gentilicio. Poco a poco, las duras condiciones de subsistencia, la percepción del país dividido en dos bandos irreconciliables y la persistente incertidumbre, han herido no sólo la autoestima del ciudadano sino esa visión insistente y perenne que brinda la identificación optimista con el lugar en el que naciste.

Pero no se trata sólo del nivel de conflictividad y el enfrentamiento continúo, sino el hecho que el venezolano actual, se enfrenta al desarraigo, la ruptura de lazos emocionales, la perdida de espacios personales. Poco a poco, la transformación forzada de Venezuela en un modelo ideológico nuevo, deja un gravísimo saldo de dolor y resignación. Una reflexión de enormes implicaciones emocionales: Los venezolanos de mi generación están lastimados por la perdida, por la insistente percepción del país roto a pedazos, de ese análisis del futuro a fragmentos, inexistente y peligroso. Mi generación y la siguiente, crecimos en una atmósfera irrespirable, entre la amenaza y la constante desazón. Somos habitantes de un estado roto por la desidia y el dolor.

  • La generación sin esperanzas:

Pertenezco a la última generación de venezolanos que asumió su plan y proyecto de vida en la independencia. Fui educada bajo los valores del trabajo, el ahorro y el esfuerzo que eventualmente, me brindarían la libertad de escoger mi futuro. No obstante, durante los últimos dieciséis años, la percepción de la libertad del venezolano se transformó en una idea confusa, transformada por la doctrina ideológica y sobre todo, las restricciones y carencias. Un joven venezolano de mi generación no puede aspirar a un techo propio, bienes de fortuna y lujo. Los hombres y mujeres de la generación carecen de la posibilidad de obtener — a través de su trabajo, talento, capacidad profesional — lo que asumen como una meta adulta. La generación en la que crecí será eternamente adolescente.

La generación en la que crecí y la que está haciéndose adulta ahora mismo, no podrá en un futuro próximo y con toda probabilidad, tampoco en el distante, conocer la experiencia de comprar un lugar propio, de abandonar la casa familiar, de construir un proyecto de vida donde pueda procurarse lo que necesita para subsistir más allá del hogar paterno. La generación en que crecí no podrá aspirar a comprar un automóvil, a disfrutar de la tecnología, a seguir el paso de la rápida actualidad mundial. La generación en la que crecí, no puede permitirse lujos y tampoco, pequeñas satisfacciones esporádicas personales. La generación en la que crecí no puede ahorrar, carece de medios para valerse económica por si misma. La generación en que nací no puede realizar planes a futuros, tampoco proyectos personales. La generación donde nací vive en el inmediato, al cortísimo plazo. La generación donde nací no puede aspirar a lo que tradicionalmente podría disfrutar como parte un plan personal. La generación en que nací perdió las esperanzas hace casi una década y media atrás.

Cuando lo piensas de este modo, como un esquema social y cultural que te convierte en un ciudadano roto, resulta casi enloquecedor. Y sin embargo, se trata sólo de una percepción casi simple de lo que es algo mucho más profundo y doloroso. La perdida de la identidad elemental que nos une a la tierra donde nacimos, esa percepción de quienes somos como parte de un gentilicio. Y que traumático resulta, pienso mientras intento ordenar un paisaje de país desolado en mi mente, recrearlo en palabras e ideas, que seamos observadores frustrados de esa gran grieta histórica en que se desploma Venezuela, esa percepción del país a fragmentos irreconciliables que nos heredó casi una década de lucha superficial, de política de reacción y quizás, esa percepción del país a medias. Que no existe sino como una posibilidad, que se desploma como en una pesadilla.

El país ausente, el país arrasado. Un país sin nombre.

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