El partido de nuestras vidas

Lo reconozco. Yo no creía en este equipo. Estaba desilusionado por el fracaso de la pasada Copa del Mundo en España, sorprendido por la actitud soberbia de nuestros jugadores, las decisiones ególatras de los directivos y la actitud de un entrenador inexperto. A pesar de ser un poco escéptico con el juego de nuestra selección, este año volvía a ver al Equipo Nacional como si fuera la primera vez. Sinceramente, los primeros partidos no presagiaban nada bueno. Ni siquiera la gomina del encanecido pelo del siempre infravalorado Sergio Scariolo nos guiaba por el buen camino. La ausencia de jugadores clave y la falta de carácter de los que estaban, ofrecían un grupo desigual, poco cohesionado, y lo que es peor, un equipo sin alma.

Y de nuevo, cuando todo parecía perdido, apareció ÉL. Siempre con una apariencia de tipo políticamente correcto, ayer Pau Gasol desencadenó un vendaval de carácter y clase, con una buena dosis de mala leche. Llama especialmente la atención en un país huérfano de líderes, la eclosión de este talento veterano que nos indica el camino a seguir. Un líder respetado en una nación donde se tiende a ridiculizar al que destaca.

Un líder que salió de su zona de confort en Los Ángeles para, con años a su espalda y amplia experiencia, buscar una segunda vida en Chicago.

Un líder admirado por sus compañeros, que nunca se rinde, al que sigue el grupo hasta el fin del mundo; esto sólo ocurre cuando tu lado profesional sólo es reflejo de tu actitud personal.

Un líder en estado de flow, en racha pese al cansancio y las lesiones.

Un líder que transmite emoción más allá de sus puntos, orgullo por encima de sus mates, compromiso por encima de su ego.

Un líder con alma, con valores de otros tiempos.

Por eso, recordaremos este encuentro aunque no ganemos el título. Porque cuando logran tocar tu lado emocional, la sensación es inolvidable y ese instante en el tiempo será para siempre. Todo esto, y mucho más, ocurrió en El partido de nuestras vidas.