El pasajero

a brisa helada arrastraba unas hojas grises y secas sobre el andén. El ruido crujiente que producían al rozar el duro pavimento era el único que resonaba en la estación desierta. Miró la hora: era entrada la madrugada y aún no se percibía el más lejano rumor del tren, ya demorado más de lo razonable. Impaciente, dio media vuelta con la intención de recurrir a algún empleado de la estación pero se paró en seco; no había una sola alma a la vista y temía perder el tren mientras se alejaba buscando a alguien. No había tenido oportunidad de recorrer el lugar ya que la suya era una parada de tránsito y estaba allí únicamente para conectar con la próxima formación. La estación no parecía ser muy grande pero tampoco tenía idea dónde estaban las boleterías o algún puesto de guardia o un sitio para comer (que de todas maneras a esas horas ya habría cerrado). Tampoco ayudaba la escasa iluminación y esos inquietantes rincones oscuros que predominaban por doquier. Mejor era esperar en el mismo sitio.

Tosió y el vapor que expulsó de sus pulmones le recordó el frío glacial que hacía por aquellas horas. Se alegró de haber traído un buen abrigo y ajustó el cuello del sobretodo. La noche alrededor tenía una calidad casi material; espesa y negra, parecía tener una viscosidad latente y amenazante. Por más que esforzara la vista, no podía distinguir el entorno más allá de la estación de tren. Estaba parado bajo un farol que arrojaba un fulgor azul y mortecino, y tuvo la curiosa sensación de que si salía de su radio de luz, sería absorbido por aquella oscuridad extrema, convirtiéndose para siempre en una parte de esa noche absoluta.

Estaba perdido en sus pensamientos cuando escuchó, a la distancia, un sonido leve que se aproximaba. Al principio creyó que era un rumor del viento, pero al rato ya se podía atisbar una luz amarillenta que se acercaba por las vías. Casi dio un salto de alegría, en parte por el inminente fin de la angustiosa espera y también por la primera señal de vida o actividad humana en varias horas. Pero el alivio por esa visión del tan preciado carruaje ya próximo duró poco: el acercamiento se hacía eterno, con cambios imperceptibles en la intensidad de la luz o el rugido del motor. No sabía precisar si aún los separaban varios kilómetros de distancia o si era el tren que se acercaba con una lentitud exasperante, como burlándose de su interminable espera. Parecía que, como el límite matemático de una ecuación cuando tiende al infinito, la sucesión de vagones y él mismo no estaban destinados a convergir con sus respectivos espacios topológicos.

Ya estaba al borde de la desesperación cuando al fin la extensa formación comenzó a ingresar en la estación. No tenía mucho equipaje, tan solo un maletín compacto, pero procuró tener a mano el boleto del viaje. Cuando se detuvo el vehículo, se acercó a la entrada más próxima pero notó con sorpresa que no había ningún guarda a la vista. En un segundo de terror irracional, tuvo la extravagante idea de que el tren estaba vacío por completo, tal como la estación en la que había estado esperando durante horas. Subió dudando un par de escalones disponiéndose a ingresar al vagón y de inmediato respiró con alivio al abrir la puerta y constatar que había un cierto número de personas a bordo. Incluso, dadas las altas horas de la madrugada, le pareció demasiado elevada la concurrencia. ¿Tantos eran los viajeros que cruzaban esos inhóspitos parajes en plena noche? Su situación era inevitable: el viaje era largo y no tenía otra opción que hacer esa conexión en el medio de la nada. Pero el resto de los pasajeros… ¿qué necesidad tenían?

Sin prestarles mayor atención, pero agradeciendo en secreto la presencia de otras personas, caminó unos metros por el pasillo hasta un sector bastante vacío del vagón. Tampoco había buena iluminación dentro del tren (pareciera que los habitantes de esa región odiaban la luz) pero consiguió abrirse paso sin llevarse a nadie por delante hasta llegar a dos asientos libres. Decidió sentarse del lado de la ventanilla, depositando su maletín en el asiento contiguo. Acto seguido guardó el boleto que no necesitó mostrar, aunque siempre dejándolo a mano por si aparecía un inspector, y se relajó.

Iba a ser un viaje largo y aburrido y, pese al cansancio, estaba demasiado nervioso para dormir. Pensó en leer un poco y buscó en su maletín algún material de lectura: el periódico de ayer, una revista de variedades, folletos… Recordó entonces que había adquirido un curioso tomo antes de iniciar el viaje. Le había sorprendido encontrarlo en un puesto de diarios donde predominaban noticias sensacionalistas y revistas de crucigramas. Se trataba de una antología de cuentos de terror que le recordó tiempos de antaño cuando aún era común toparse a menudo con estas recopilaciones; hoy día eran una curiosidad, reliquias de un tiempo pasado, y por eso lo compró casi mecánicamente sin detenerse a estudiarlo mucho. Revolvió un poco más dentro en su maletín y allí estaba entre los folletos: era un librito bastante pequeño de color negro, con un rostro grotesco y sugerente en su tapa.

Echó otro vistazo alrededor del vagón pero la situación no había cambiado demasiado: el tren avanzaba entre tinieblas y el resto de los pasajeros seguía en silencio. Abrió el libro y comenzó a leer…


Levantó la vista cuando ya iba por la mitad del libro, bastante cansado ya. No es que el material no era bueno — de hecho era atrapante — pero entre la luz tenue, el mecánico mecer del tren y suave ronroneo de su motor, ya estaban consiguiendo que el sueño gane terreno. Aun así, una cierta inquietud le impedía cerrar los ojos; se sentía alerta, como si algo indecible estuviera acechando en los rincones de aquel vagón sumido en tinieblas. Adjudicó esta sensación a la anterior experiencia en la estación de tren, donde su solitaria y angustiosa espera ya había comenzado a jugar con sus sentidos. Cualquier extraña aprensión que sintiese podía atribuirla a su estado emocional comprensiblemente alterado dados los acontecimientos de aquella noche. Demasiadas vueltas y horas de viaje.

Sin embargo hubo un detalle concreto que le llamó la atención, aunque lo desmereció en seguida dado lo trivial del suceso. Estaba muy cansado ya y había dejado de prestar atención al paisaje hacía rato, pero con todo no pudo evitar un ligero estremecimiento. El detalle en cuestión era el escenario que podía observar más allá de las ventanas a la débil luz de la madrugada; estaba seguro que ya había visto con anterioridad durante el viaje una formación de montañas en el horizonte muy llamativa. Pero no se trataba de una similitud simple, sino de las formas exactas en el mismo sitio vistas desde iguales distancia y perspectiva. Por supuesto que había una docena de explicaciones diferentes, desde su propia confusión hasta la posibilidad de que el tren hubiera estado bordeando ese cúmulo lejano de picos rocosos, creando así esa curiosa sensación de déjà-vu, pero algo oscuro e indefinido se agitó en su interior. Era evidente que aún seguía nervioso y en un estado de alerta inexplicable e infundado.

Observó el interior del vehículo con sus silenciosos pasajeros, sintiendo la monotonía generalizada del viaje, y decidió que no había nada fuera de lo normal: el vagón era bastante extenso, mucho más de lo que aparentaba visto desde el exterior, y sus acompañantes estaban desparramados por aquí y allá. Le costaba mucho discernir sus facciones dada la poca luz del entorno; por lo visto eran pasajeros solitarios como él ya que no se habían sentado en grupos. Tampoco se había sentado muy cerca de alguno de ellos; el pasajero más próximo se encontraba a dos asientos detrás del suyo y, si los fuertes ronquidos eran un indicador, durmiendo confortablemente. Amagó a girar para echarle un vistazo por mera curiosidad pero se inhibió; estaba todo muy quieto y silencioso y no quería llamar la atención.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando el tren arribó a una estación. La primera parada desde que subió, se dijo, o al menos eso recordaba; había estado muy ensimismado en la lectura, sin prestar demasiada atención al trayecto. Cuando el vehículo se detuvo por completo, se abrieron las puertas y una figura subió al interior. De nuevo notó que no había ningún guarda a la vista, aunque quizás esto era normal dado el viaje nocturno. El individuo que acababa de subir (dada su postura un hombre, asumió, ya que tampoco podía distinguir su rostro en las penumbras del coche) se quedó parado unos segundos mirando en ambas direcciones. Luego de esta breve inspección, resolvió caminar hacía una sección bastante vacía del vagón. No hubo nada peculiar en la escena y hasta celebró que hubiese sucedido algo diferente en ese viaje tan desolador, aunque siguió intranquilo hasta que el tren volvió a arrancar. Era un sentimiento similar al que experimentó al mirar por la ventana, una sensación de que algo no estaba del todo bien, de cierta irrealidad en todo lo que estaba sucediendo. Unos minutos más tarde se sintió bastante estúpido al respecto porque no había nada raro en el vagón, sus pasajeros o el paisaje. Se dijo a sí mismo, eso sí, que era última vez que viajaba de noche.

Cerró los ojos unos momentos pero no pudo conciliar el sueño. Maldijo a sus nervios inquietos y resolvió seguir leyendo otro rato, aunque pensó que la temática no era la más adecuada dado su estado de ánimo…


Al fin cerró el libro, satisfecho por la lectura. No supo decir cuánto tiempo había estado leyendo pero aún era madrugada y reinaban las penumbras. Era extraño que aún no se vislumbraran los primeros vestigios del sol, aunque sí pudo constatar que el cielo estaba encapotado de nubes densas y oscuras y no iban a facilitar el amanecer. Lo curioso era que aún no estaba tan cansado como para dormir y por ello decidió echar, por primera vez, un buen vistazo al vagón en el que se encontraba. Se había concentrado en los pasajeros y el monótono paisaje en la distancia pero todavía no había reparado en el estilo y la mano de obra del tren: era mucho más cálido y acogedor de lo que hubiera esperado, con su interior exquisitamente decorado con abundantes terminaciones de madera lustrada e impecable. Temió que, como el suyo era un viaje nocturno, las formaciones fueran avejentadas y desatendidas pero, todo lo contrario, al menos el interior de su coche estaba inmaculado. Los asientos acolchonados eran muy cómodos y sus apoyabrazos bañados en cobre resplandecían aún en las penumbras. La única crítica que tenía al respecto, eso sí, era la pobre luz eléctrica proveniente de unos apliques cromados — algo ostentosos pero hermosos — que estaban fijados a los tablones de madera en las paredes. Gracias a unas bombas de luz que conferían un color anaranjado y algo enfermizo a toda la escena, llegó a apreciar el exagerado estilo rococó de estos apliques. La superficie del más próximo de ellos era tan reluciente que pudo estudiar su propio reflejo durante unos segundos: como lo suponía, su rostro estaba demacrado y tenía los ojos rojos de cansancio. Lo primero que debía hacer cuando llegara a destino sin lugar a dudas era afeitarse.

Lo distrajo otra parada del tren, la segunda según sus cálculos. De nuevo la formación se detuvo con un lento y espantoso rechinar de sus motores en una estación desierta sin mucho que destacar. Miró a su alrededor y, por lo pronto, el coche seguía relativamente poblado: habría unas dos docenas de pasajeros desperdigados por los asientos. No se escuchaba un solo murmullo por lo que suponía que varios de ellos estarían durmiendo. Volvió a observar la distribución de los mismos y concluyó que los viajes nocturnos eran el dominio de los solitarios.

Al cabo de unos momentos subió un nuevo pasajero con un único maletín. Como ya era costumbre en aquel maldito viaje, la poca luz no le permitió ver mucho excepto cómo el recién llegado inspeccionaba el interior del coche buscando algún sitio donde desensillar. Tuvo dos contradictorios deseos: primero, que el nuevo integrante del vagón se sentara a su lado y así al fin tener contacto real con otro ser humano. Al mismo tiempo, que no se acercara ya que sentía la imperiosa necesidad de pasar desapercibido. Para su alivio (o no), el flamante viajero resolvió sentarse en un asiento libre próximo a la entrada, dejándolo así con su demoledora soledad.

Ahora si ya podía sentir cómo el cansancio le estaba venciendo y entrecerró los ojos. Nada más sucedió; la monotonía del viaje en tinieblas siguió su curso normal: se cerraron las puertas, el tren dio una fuerte sacudida y, poco a poco, fue acelerando. Lo mismo de siempre. Mientras la formación iba dejando la estación, abrió los ojos y le asaltó una extraña sensación de familiaridad. Algo no estaba bien. Debía ser su imaginación porque todo lo que sucedía a su alrededor era, al menos en apariencia, normal. Sintió que un instinto bajo, casi animal, lo puso en alerta. Se irguió en el asiento y miró a su alrededor: el tren seguía avanzando, los pasajeros seguían en sus propios asuntos, ya sea durmiendo o leyendo algo, y él parecía ser el único preocupado e inquieto. ¿Acaso era la falta de sueño o las historias de terror que estaban jugando con su cabeza? Se sentía muy tonto y asustado al mismo tiempo; una parte le decía que debía dormir de una buena vez por todas y punto, y otra casi le urgía a bajarse del tren de un salto antes de que fuera a toda velocidad.

Decidió recostarse y respirar hondo. Puso la mente en blanco. Expiró e inspiró con lentitud durante un largo rato. Al poco tiempo comenzó a sentirse mejor y se animó a abrir los ojos: todo seguía igual; demasiado igual, pero prefería eso a descubrir algún terror oculto en los oscuros rincones de aquel odioso vagón. Siguió mirando a su alrededor hasta que su vista volvió a toparse con aquel aplique de luz cromado próximo a su asiento. Examinó su reflejo bajo la luz lánguida: su rostro cada vez se veía peor, tomando ya un tinte cadavérico, y se obligó a controlarse para no perder los estribos. Lo estás imaginando todo, se dijo una y otra vez…

Estaba por cerrar los ojos e intentar dormir de una buena vez cuando cayó en la cuenta de un sutil detalle que había pasado por alto, tan simple pero a la vez tan aterrador que sintió su mente y alma caer en las profundidades de un mar de negrura infinita. Con ojos desbordados y un miedo atroz entendió lo que estaba sucediendo y se rindió ante el destino que enfrentaba, condenado a vagar por aquellas vías de muerte con el andar interminable del tren y sus mudos acompañantes. Había estado errado en su suposición y el aplique cromado que aún estaba mirando tenía una cierta inclinación con un ángulo que reflejaba la sección del vagón a sus espaldas. Viviría ese momento una y otra vez, sufriendo esa ráfaga de entendimiento angustioso hasta perder la cordura al fin, cuando cayó en la cuenta de que aquel reflejo en la superficie cromada era el de otro pasajero.

Agustín Cordes es el diseñador de la aclamada aventura gráfica Scratches y actualmente está trabajando en su sucesora espiritual — Asylum — con el equipo de Senscape. Creció fascinado por el género de horror, acompañado por H. P. Lovecraft y la mítica Biblioteca Universal de Misterio y Terror de Ediciones UVE. La portada de este relato es un trabajo propio. Ilustraciones decorativas por Victoriano Briasco.

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