El poder de llamarse Lola

En la postrimería de los locos años 20 una profunda crisis económica azotaba España. Eran días oscuros. En Andalucía el hambre y la desesperación paseaban por las calles de pueblos y ciudades a sus anchas. Un día de esos daba a luz la que sería la matriarca de una dinastía de mujeres fuertes, mágicas y tan fieras que solo podían llamarse Lola, pronunciado casi como si dijeras leona. Y ese nombre puso a su hija mayor, Lola.

La pequeña se crió con el ejemplo de su madre, una mujer adelantada a su tiempo. De terso rostro y mirada profunda. Dulce, sabia y moderna incluso en los años de vejez. Siempre tenía un consejo, unas palabras de consuelo y guía. Pero dura con sus hijos, de los que esperaba que se curtieran para poder enfrentarse a un tiempo cruel y convulso como el que se estaba viviendo en el país. Más aún cuando el horror de la guerra alcanzó la puerta de su casa y en los crueles años de la posguerra y la dictadura.

Nuestra Lola fue creciendo y se convirtió en toda una mujer de pelo negro como el azabache, encrespado y abundante. Una joven de figura contundente y con una mirada mágica que la ha acompañado siempre. Parecía destinada, como tantas otras muchachas, a ser costurera. Y lo fue, pero Lola siempre quiso más. Pasional y tenaz, aprendió a leer y escribir cuando apenas ninguna mujer de su entorno lo hacía. Como tenía un hermano que era maestro y de gran prestigio eso ayudó a su propósito de formarse para ser independiente. Una mujer de armas tomar como ella no podía consentir no saber, no conocer, tener que depender de otros para acceder al conocimiento.

Lola se casó, claro. Al filo de los 30 años. Su maternidad fue extremadamente tardía para la época. Tuvo tres hijos, dos niños que eran su perdición y una niña a la que también llamó Lola. La mediana. Aquella que tuvo que llevar en brazos siendo bebé al refugio del Prado de San Sebastián cuando la «riá» de 1961 dejó a la familia sin su hogar. A la que siempre ha considerado tan fuerte y fiera como ella, con la que siempre ha sido dura e inflexible. A la que prácticamente nunca ha alabado. Excepto cuando no estaba, entonces se deshacía en halagos y solo entonces se refiere a ella como «mi niña». Esa niña de la que contaba anécdotas repetidas, como cuando la profesora de la guardería la sentó en los escalones de entrada al centro para contarle lo especial y lo inteligente que era su hija.

Lola era una mujer fuerte en un mundo de hombres. Porque el mundo, y más aún España, era terreno de hombres durante la dictadura. E incluso hoy. Pero entonces más. Ella tenía dos varones, el grande y el pequeño. Los niños de sus ojos. Hoy no entenderíamos que les tratara de manera diferente, pero ella creía que necesitaban más cuidados, más mimos, más atención y afecto. Que tenía que protegerles como una leona. Especialmente a su mayor, el que más la necesitaba, el más sensible, el que ella creía que peor se iba a poder desenvolver solo en la vida por la fragilidad de su alma.

En cambio Lola siempre ha sabido que las mujeres de su familia son felinas, como lo era su madre, como lo es su hija y como lo son sus cinco nietas. Lola se convirtió en abuela pasados los 50 y a ese rol se entregó en cuerpo y alma desde el primer momento. Su primer nieto llegó un caluroso día de verano de 1980 y su primera nieta el mismo día en que el Guernica regresó a España. Algo estaba cambiando en el país, la transición comenzaba a quedar atrás. Pero Lola era ajena a todo eso, lo único que le preocupaba era no poder tener cerca a sus pequeños nietos. Por entonces perdió a su madre y tuvo que ver cómo su hija de 20 años comenzaba una nueva vida en la otra punta del país.

Pero pocas cosas pueden frenar el entusiasmo de Lola. Los Reyes Magos a partir de entonces iban a Andalucía a finales de Junio. Justo cuando sus nietas catalanas se bajaban del Talgo Camas procedente de Barcelona en la estación de Córdoba. Quiso convertirse para ellas, y para los nietos que vendrían después, en una abuela mágica. Todos los años el mismo ritual, la llegada de los Magos de Oriente y una posterior visita a Casa Margarita. Margarita era otra mujer mágica, que tenía un establecimiento pequeño pero lleno de pasillos y puertas falsas que llevaban a un mundo oculto a ojos del resto de niños. Un paraíso de deseos infantiles: juguetes, libros, muñecas… Todo lo que pudieran soñar. Lola les decía las palabras mágicas: «podéis coger lo que queráis» y las niñas comenzaban a correr y gritar por los interminables pasillos de Margarita hasta que escogían un objeto cada una. «El Cheminova, abuela». «¿No prefieres una Barbie?» «Yo quiero una silla». «Y yo un telescopio». Después a ver a Berna, el fotógrafo. Vestidas iguales, en escalera.

Pero sus tres nietas «catalanas» crecían, y a ellas se unieron otros cuatro nietos. Dos niños y dos niñas. Lola se encargó de conocerles a todos al dedillo, de animarles siempre en sus locos anhelos. Se volvió una experta de las ocasiones, de cómo coger a cada uno de ellos a solas para aconsejarles y darles un dinerillo para sus cosas. O de ser su aliada ante sus padres para que les dejaran hacer esto o lo otro.

En su barrio todo el mundo conoce a Lola, esa matriarca dulce y fuerte a la que yo llamo abuela. Tengo ese honor. Y a mí me conocen como «la hija de Lolita» o directamente Lolita, porque asumen que siendo la hija primogénita de una Lola y nieta de otra llevo su mismo nombre. Pero está reservado para mujeres que están hechas de otra pasta.

Mi abuela siempre me ha animado a ser periodista, a ser independiente, a ser lo que quisiera ser. No se perdió ni uno de los informativos de Onda Cero en los que yo salía, incluso mi abuelo y ella sintonizaron por primera vez en sus vidas la radio del Sevilla FC para escucharme. Cuando en esa casa son más béticos que el escudo. Mi abuela, Lola, siempre me ha repetido que tenía que trabajar en Canal Sur y que para lograrlo era tan sencillo como hablar con Jesús Vigorra. Porque ese hombre lo arregla todo, según ella, así que sabrá como conseguirlo. La radio ha sido un pilar del mundo mágico que hemos compartido desde mi más tierna infancia mis abuelos y yo. Especialmente mi abuela. No olvidaré nunca el día en que me llamó asustada porque estaba escuchando una dramatización radiofónica de La Guerra de los Mundos (gracias por el susto, Orson Wells). Si puede existir una encarnación de la radio, es ella. Cómo sentirla, cómo vivirla, cómo sumergirte en las hondas hertzianas hasta que parezca que ahí tiene lugar tu existencia.

Aquel día hacía mucho frío y tardé en armarme de valor para dirigirme al control de acceso de Canal Sur. Vigorra me estaba esperando en la redacción de informativos. Me enseñó todo aquello y yo le hablaba de mi abuela Lola. De su vida, de su personalidad, de cómo le admiraba. Hablaba de él casi como quien habla de un profeta. Ella, que también habla con los santos a diario. Pero con ninguno como con su Fray Leopoldo. Jesús agradeció mucho mi relato y hablamos durante unos minutos de sus inicios en Barcelona, de Radio Tele Taxi y Justo Molinero. Aquel que acercaba Andalucía a tantos y tantos que tuvieron que buscar su porvenir en tierras catalanas. Jesús quiso conocer a mi abuela, hablar con ella. Fue idea suya sorprenderla por el Viernes Dolores. Personalizar en ella el agradecimiento a tantas otras Lolas fuertes y poderosas que le siguen.

Y ¿sabéis qué? Espero tener alguna vez en la vida la lucidez, el carisma y la claridad al expresarme que demostró en El Público mi abuela Lola. Ella, que estaba temblando a sus ochenta y muchos pegada al teléfono como una adolescente esperando que llamara su novio. Que cuando terminó su intervención sacó una caja de bombones para que brindáramos con ellos por lo bien que había salido. Que se estuvo riendo el resto de la tarde. La que me enseñó que cuando tus ojos se cruzan con otro par de ojos lo que hay que hacer es sonreír. Y siempre que la he mirado me ha sonreído. Pero para muestra de cómo de inmensa es Lola la mejor manera de terminar este relato es que lo termine ella, que lo terminen sus palabras: