Gabo en su estudio, derechos reservados: Biblioteca Nacional de Colombia + Guillermo Angulo

Retrato del ausente

Helo ahí. La foto apareció con motivo del lanzamiento de la Gaboteca hace unos días. Todo lo relacionado con su nombre ha devenido en marca. En producto cultural consumible. Pienso que lo hizo de manera consciente, intencionada. Astuta. Cuando alguno acuñó de esos cachacos apolillados le motejó el nombre para burlarse de su estatura, de su bigote amostachado, de sus intentos precoces de ser poeta en un país donde lanzas una moneda y caen cien estros del cielo, de su corronchería tornasolada en camisetas abiertas y pantalones de campana antes que llegaran los caleños empericados a ponerlos de moda, de todo lo que en esa fría capital hacía ruido y no era precisamente por lo que corrían los muertos río arriba fuera de ella y terminó siendo, gracias a él mismo, una marca. En producto cultural consumible. De la forma en que otros te llaman así serás nombrado. El lo supo, siempre. Y lo volvió su santo y seña para entrar en los salones de la burguesía y la plutocracia, para estrechar la mano a Fidel y a Clinton, para patrocinar las guerrillas comunistas de América y África, para charlar con Pablo y con López Michelsen, para montar en primera clase y ver bellas durmientes morosas en vuelos trasatlánticos, para negociar con Kataraín el torcido de sus libros pirateados —todos esos trochos que firmó después de Cien años de soledad—. También le fue útil el mote para esconder su proverbial y legendaria timidez (nadie la cree pero a qué viene desmontar mitos en la Era de la Atención); consciente de su poder hizo de su misma rúbrica material icónico para ambientar la llegada de las mariposas amarillas que lo acompañarían hasta su velatorio doble tanto en el país que lo acogió como en el que lo expulsó. Mariposas amarillas de ceniza. Toda una taimada estrategia de marketing.

Flores amarillas para el difunto.

Aprendió a mimetizarse entre todos para luego alzarse con el diploma a Mejor Escritor del 82 y mirá ve por donde su nombre sirvió hasta para bautizar sopas instantáneas en Seúl. El poder de su nombre, como el de toda marca poderosa, quedó registrado en la memoria colectiva y sirvió de inspiración para bautizar bibliotecas y modelar la mente de todos los pichones de escritores de este lado del Ecuador que pretenden emularlo de una forma u otra sin lograr siquiera alcanzar la suficiente fama como para olvidar las afugias del cotidiano gana pan.

La rúbrica del ausente, derechos reservados.

Helo ahí detrás de sus libros. De su suntuosa biblioteca. Gramáticas. Diccionarios. Los primeros CD. Los libros. Los demasiados libros que copió con arte porque buen ladrón sí fue. Helo ahí, presuntuoso, sentencioso, piedracielista. Mira al futuro con el puño en la mesa. Mirándote a vos ahora que lo recreás en la lectura de esta nota. Mirándonos. Hasta se atrevió con Kawabata el cabrón. Y si hubiera podido le metía el diente a Balzac, pero le faltaron negros y se lo llevó el olvido que él mismo prefiguró en boca de personajes descritos a imagen y semejanza suya y de su gente, de ésos que todavía se encuentran a la orilla del hilacho de río que hoy es el Magdalena, o de esas caricaturas vistas en las señales nacionales de televisión —imagen bendita en el altar de guionistas que no leen—. Es de asombro como su sombra planea en tantas cosas, tantos lugares, tantas lecturas. No más ese día, en borradores, hablaba de los muchos libros y salgo a la calle para encontrarme con ese gran mural en el corazón de esta urbe y que decido fotografiar de inmediato siendo que, tantas veces que pasé por ahí, había decidido no hacerlo. Evadir el legendario lugar común que no pude lograr.

#Macondá x @0hd

Aquí en #Macondá aparece intempestivo pero cercano, como si quisiera ejercer algún acto de condescendencia posterior con la urbe que se burló de él, lo aclamó y luego lo persiguió para someterlo a las tinieblas de las caballerizas turbayistas.

#Macondá en el día 77 de 2016 x @0hd

Le creo, aunque nunca lo conocí, cuando afirmó que vivir en este país era una mierda. Y también le creo sus hambres de estudiante. Le creo el desengaño porque ya no pudo plagiar más y otros le fueron ganando el pulso por saber quién la tenía más grande: como Vargas Llosa, por ejemplo. O la extraña suerte de ser un bestseller y pretender ser un autor de culto. O de ver el arrodillamiento académico y creativo de toda la camada de colombianos que vinieron después de él con semejantes trochos titulados poéticamente porque cierto es que acá, en el país de la mierda, se titulan jodidamente mal los libros y mejor me callo porque me acabo de hundir en el ostracismo de ser alguien que escribe pero nadie lee o tiene interés en publicar. El caso del escritor que se compara a sí mismo. O que vive en una extraña pelea con la soledad y la sociedad, el escritor, ese extraño energúmeno pegado a un enorme y fláccido pena —love ya, María.

Gabo en una nota de El Heraldo, derechos reservados.

Pero entonces uno recuerda que antes de #Macondá había tiempos felices en los que pensaba que la literatura salvaría al mundo y soñaba con que algún día una foto de ese tipo (el sujeto en actitud sentenciosa, mirando al futuro, a los émulos, a los rivales, a los críticos, a los editores y a los lectores) sería tomada en algún lugar aunque el escenario fuera del lente era mutable, pero los libros siempre iban a estar ahí, atrás, como Q, el pérfido Eclesiastés, de Luther Blisset, dando perspectiva, tirando una línea de fuga, y los libros, mis libros en este caso no se habían transformado en esos montones de hojas dispersas en las librerías del centro de esta ciudad que lo amaba pero también lo detestaba hasta el punto de que lo velan en la capillesca catedral primada de Bogotá; esos mismos libros pero cada vez cambiando el personaje, a veces sin barba, a veces sin afro, unas veces con bigote, nunca con cabello azul eso sí, y los distintos amores que han venido pasando por esta autobiografía, para que, al final, considerar que un escritor no necesita de esa foto pero ésa, más que cualquier otra, es la marca de su gloria: la de los libros ansiados, leídos, comprados en la bonanza de sus derechos, al lado de su máquina, toda esa imaginería que determina que eres real más allá de las páginas que te alejaron de la vida.

Pero esa foto aún no ocurre y los libros desaparecen, el escenario muta, todo es borroso. Porque la verdadera gloria, no la de los libros, está en la captura de la imagen. En la posibilidad del ícono. En repetir, ante cualquier estantería que todos esos libros, todas esas palabras, robadas, alardeadas, desperdiciadas (a veces) te mencionaron de una forma u otra, describiendo algo que fuiste, o creíste ser. Y nada más queda, ni siquiera tú o yo. Tan sólo una mirada que va y vuelve, anónima.

#52semanas

Mariposas amarillas en el suelo de un centro comercial 18/04/2014 Crédito 0hd


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