El sonido de los huesos que se trituran

Me asusta ver a los ojos. Pero con el tiempo uno aprende mañas, como apuntar la mirada justo donde empieza la nariz, así nadie nota la diferencia. También me incomoda cuando hay mucha gente cerca, siento que me roban el oxígeno, se me va la voz y sudo como un chancho. Con decir que llevo horas esperando un bus aunque ya pasaron siete que me podían llevar a mi casa, pero en todos había alguien ocupando uno de los dos campos de cada fila. El último venía desocupado, pero cuando puse el pie sobre la grada metálica, ella me tiró del brazo hasta devolverme a la acera, luego me miró a los ojos y me pidió que fuera su amigo.

¿Cómo alguien me pide a mí que sea su amigo? Si prefiero cruzar la calle cuando viene un conocido porque me toma demasiado tiempo decidir si doy la mano, doy un beso o digo hola. Me lo pide a mí, que siempre me quedo callado en las conversaciones para no decir estupideces, y cuando finalmente se me ocurre algo, la discusión ya va por otro lado. Me bloqueo, igual a como estoy ahora. Ella viéndome a los ojos, yo viéndola a la nariz, congelado en media acera como una estatua mal puesta.

Todos en la parada nos ven. ¡Yo así no puedo! ¿Qué le digo? O más bien, ¿cómo hago para decirle lo que sea que vaya a decirle? Si respondo que no, me va a odiar demasiado, y yo no quiero que me odie. Para ser honesto, a una parte de mí —una muy buena parte— le gustaría algo más. O no. Bueno no, no sé. Quizá si le digo que sí haya algún chance.

Pero ser amigos requiere tiempo, ¡y yo soy tan lento para hacer amigos!

Por eso no tengo.

Hay muchas cosas de mí que ella debería saber y solo con el tiempo podría descubrir. Pero entre ese montón de cosas, las más importantes son mis mierdas. Mierdas que solo con el tiempo podría tolerar.

Entonces se lo digo todo, o más bien, se lo advierto.

Que prefiero cruzar la calle porque no sé saludar. Que la gente que nos ve está respirando demasiado cerca mío y me está robando el aire. Que tengo la necedad de tronarme el cuello con tanta fuerza que el sonido de los huesos que se trituran podría darle asco. He visto a la gente retorcerse del escalofrío cuando me ve. No lo puedo evitar, creo que es un tic.

Mientras hablo, algo cambia. Siento que me desahogo y de a poquitos logro llevar la mirada hacia sus ojos. Lo suficiente como para darme cuenta que ahora ella me está viendo a la nariz. A veces baja la mirada, cierra los puños agarrándose el vestido y luego vuelve a mi nariz. Pero yo siento confianza, eso casi nunca pasa. Entonces sigo.

Le advierto que no me gusta invitar gente a mi casa porque siempre está hecha un desastre y no quiero que la vean así. Que si va a ir, que me avise una semana antes. Que cuando cuento chistes es para hacerme reír, pero si quiere puede reírse conmigo. Que le voy a compartir las historias que escribo y puede decirme que le parecen ridículas, forzadas o demasiado pretenciosas, ¡lo que quiera! Pero que de ninguna manera espere que se las lea antes de dormir.

Listo. Eso. Creo que hablé demasiado rápido porque me siento agitado. O quizá son todos mis miedos regresando a mí, reventándome en el pecho. Sí, definitivamente es eso. ¿¡Por qué esta gente nos sigue viendo!?

Me siento tan triste. Creo que ella también. Estamos en media acera tratando de ser amigos cuando podríamos ir juntos en el bus mientras le cuento estupideces para hacerla reír, como lo hacía antes. O hechos un puño en la cama mientras le cuento mis historias, porque le podrán parecer ridículas pero le encantaba que se las leyera para dormir. Por ella puedo apagar mis tics, olvidar que hay gente alrededor robándome el aire y verla solo a ella. Puedo hacer todo eso, por ella. Lo sé porque lo pude hacer antes. Pero ahora quiere que solo seamos amigos. Y este soy yo como amigo. Con todas las mierdas.

Ya se se fue, sin decir nada, y me dejó aquí solo con esta gente.

Quizá necesita más tiempo para pensar. A lo mejor, como ya sabe todo lo que hice por ella, se arrepienta de haberse ido. ¡Mierda! O me troné el cuello y no me di cuenta. Tal vez si vengo mañana, no sé, haga como que subo a un bus y ponga un pie sobre la grada metálica. Tal vez ella me tire del brazo y me diga que quiere volver.